domingo, 16 de diciembre de 2012

Primeras impresiones


Foto: Todd Winters
Le llevó tres semanas darse cuenta de que no era tan sosegado como parecía; dos meses tardó en comprobar que no era tan tolerante como alardeaba; cuatro en notar que los preliminares sexuales le aburrían; pasaron seis meses antes de advertir que criticaba películas que nunca había visto y casi nueve tardó en percatarse de que carecía de sentido del humor. Aun así el día de su primer aniversario se empeñó en sorprenderlo y le citó en el hotel más caro de la ciudad. Se tomó el día libre y se fue a comprar ropa interior para la ocasión. Llegó al hotel una hora antes de la acordada con él, se dio una ducha y se arregló el pelo con esmero; utilizó la loción de cuerpo de siempre –no soportaba los perfumes artificiales- y lo esperó. Recibió dos mensajes advirtiéndole de que se atrasaba por motivos de trabajo. Estaba casi a punto de quedarse dormida cuando oyó que intentaban abrir la puerta; se incorporó, metió vientre y puso su mejor sonrisa. Ahora no es capaz de recordar si le llegó a besar. En su mente solo quedó grabado el hedor a sudor ácido del que ya se había percatado levemente en aquel primer abrazo frente al lago. Le tomó de los hombros y, apartándolo medio metro, le aseguró que acababa de reparar en que no podía más.


sábado, 8 de diciembre de 2012

Preguntas sin hacer


Foto: Emiliano Brito


Ayer tarde encontré esta fotografía en un viejo álbum de mi padre. De inmediato su ausencia se hizo aún más palpable. De él heredé mi pasión por la fotografía; podíamos pasar horas enteras releyendo fotos de su infancia a orillas de Las Canteras, de sus años de actor en el viejo Cine Bahía, de los que pasamos en el entonces llamado "Sáhara Español", de nuestras vidas vividas. No recuerdo, sin embargo, habernos detenido nunca a releer esta imagen. Reconozco a Tuisi de otras muchas fotos familiares; él solía cuidarnos cuando mis padres tenían algún compromiso y es quien sujeta la mano de mi hermano. Confieso que tardé en percatarme de la presencia de ese niño blanco sonriente. Los rostros serios de los otros seis hombres me distrajeron. Y surgieron las preguntas: ¿Están serios o tristes? ¿Estaban cansados o asustados? ¿Quiénes eran y por qué mi padre quiso retratarles ese día? Me inquietan sus posturas rígidas y, especialmente, el gesto cabizbajo de quien lleva el traje saharaui. De estar mi padre, sé que me sacaría de estas dudas que hoy me incomodan. Me diría que el sol les estaba cegando, que acababan de descargar las cajas de El Correíllo que esa mañana había llegado al puerto de La Güera y que, seguramente, estaban cansados; se reiría de mi imaginación y me recordaría que su cámara Leica no tenía pantalla LSD con la que poder mostrarles la imagen y asegurarles que su espíritu no quedaba atrapado en aquella caja negra. Su risa me tranquiliza.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Sin voz

Foto: María Brito
Llevan meses esperando que les ponga voz; sus ropas veraniegas ya tienen olor a trastero. Recuerdo que unos minutos antes de retratarlas yo también estaba inmersa en una historia escrita por otro. Las observaba desde una hamaca puesta al servicio de los clientes en una terraza del parque berlinés de James-Simon, justo bajo los raíles de la estación de metro de Hackescher Markt -añadan, pues, el ruido ensordecedor de trenes frenando y acelerando-. Por la postura de la más joven, al principio pensé que se conocían entre sí; enseguida supe que su inclinación solo obedecía a un mero movimiento de girasol. Ha llegado diciembre y hoy las imagino en la misma postura, con un libro en su regazo, aunque es muy probable que ahora lean desde el sofá de sus casas y tengan una manta cubriéndoles las piernas. Las he hecho esperar meses para nada. Acabo de percatarme de que no podré ponerles voz; sus mentes andan ocupadas con palabras que no son suyas. Reconstruyen vidas ajenas que alguien inventó para ellas. Y no seré yo quien las saque de sus libros para hablarles de su soledad.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Lo escribiré al oído


Foto: Tato Gonçalves
Sé lo que estás pensando y no me atrevo a escribirlo en alto. Si lo hago, dirán que escriben mis pensamientos y no los tuyos. No vale esconderme detrás de tu mirada para ponerle palabras a ese deseo que hoy ocultas bajo el agua. Miras al objetivo de la cámara e intentas imaginar sus ojos detrás del visor, o mirando a la fotografía que luego llegará a su ordenador. Quieres sentirte deseada. No te importa desnudar tu cuerpo, pero te resistes a relajar la mirada por temor a dejar tus sentimientos al desnudo. Aunque tu piel reacciona a la temperatura del agua, hay una parte de ti que no sabe de fríos. Tímida dirás que te sientes como una mujer con el agua al cuello. Risas mientras, impacientes, aguardan a que la escena más explícita tenga lugar. Está bien, lo escribiré al oído. Me concentraré en el lector anónimo y dejaré que sea él/ella quien imagine dónde reposan tus manos, que adivine dónde quieres que se detengan las suyas. Le pediré que no se acerque, que te espere en las rocas, y que desde allí te mire salir del agua. Primero tus hombros, luego tus pechos, tu vientre, tu pubis, tus piernas. Entonces les dejaré a solas. 

sábado, 17 de noviembre de 2012

Azul oscuro



Foto: Tato Gonçalves
"Get a room!” les gritó un turista inglés que caminaba con su familia por el paseo marítimo. Ellos, bien por el desconocimiento de esta lengua, o por lo enredados que andaban con las suyas propias, ignoraron el imperativo. Yo les observaba desde hacía rato. Disimulaba mirando al ocaso mientras que de soslayo intentaba comprobar si efectivamente se trataba del padre de Alejandra, mi alumna mexicana de primero B, al que había visto en un par de ocasiones a la salida del colegio. En las aulas de primero de primaria no existen secretos. La historia de los papás de Alejandra nos la contó ella misma en la clase de ciencias sociales. Hablábamos de los distintos tipos de familia: las que tienen una mamá, las que tienen una mamá y un papá, las que tienen dos papás. Alejandra levantó la mano para exponer la suya. Desde que cumplió cinco años, nos dijo, tiene dos mamás y un papá: “Verá, maestra, es que mi papá se enamoró de una amiga de mi mamá; al principio mi mamá se enojó mucho y le botó de casa, pero mi mamá se quedó sin trabajo y le dijo que volviera; ahora mi papá duerme con mi segunda mamá en la recámara grande y mi mamá-mamá duerme conmigo en la chiquita; a veces hacen mucho ruido cuando duermen y nos despiertan; entonces a mi mamá le da la alergia y no para de sonarse; hay días que se levanta súper enojada y vuelve a pedirles que se vayan, pero siempre vuelven.” Acabada la detallada exposición, les entregué los botes de plastilina y cada uno comenzó a moldear a sus papás, mamás y hermanitos en colores amarillos, verdes, azules, rojos y naranjas. Alejandra se apoderó del azul oscuro. Por eso creo que tienen que ser ellos; son muy azul oscuro.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Otro abrazo

Foto: Tato Gonçalves
Palabras acaba de cumplir un año. Doce meses buscando términos que unas veces me ayudaran a convertir en ficción alguna verdad y otras, haciendo el camino inverso, tratando de convertir en verdadera alguna ficción. Ha sido un año de navegación sin brújula, de ahí que en ocasiones nos hayamos perdido durante semanas. En mi primer texto, Commuters, les conté cómo nació mi interés por la escritura. Fue precisamente el escritor real al que daba vida el personaje principal de ese relato, Santiago Gil, quien me animó a hacer públicos mis primeros textos. No lo pensé demasiado (¡cómo si no!) y creé este blog sin terminar de entender la razón que me empujaba a compartir mis Palabras. Meses más tarde, Rosa Montero en su columna de El País  me brindaba las suyas para Gustificar mi atrevimiento: "Para eso se escribe, se pinta, se compone una sonata. Para escapar del encierro de nuestra individualidad. Y para eso se lee, se va al cine, se escucha la música. Para unirnos a los demás, para saber que no estamos solos."
Hoy, aprovechando este aniversario, quisiera compartir con ustedes algunas de las curiosidades que las estadísticas de la plataforma de este blog me ofrecen. Una de ellas es la “clave de búsqueda” más utilizada, esa palabra que conduce a los internautas hasta este blog, y que no es otra que “abrazos”. A priori, puede parecer gratificante que un término tan afectuoso haya llevado al aterrizaje de 623 personas (¿?) a uno de mis textos; la mala noticia es que aterrizan en uno de los menos recomendables. Sin embargo, No se enamore, una de las cuatro historias que salvaría de este primer año, no aparece en la lista de las diez entradas más leídas (¿mi gusto no coincide con el de mis lectores?). Me cuesta interpretar también el reciente interés de los alemanes (!!) por mi relato favorito, No respires, lo que la ha convertido en la tercera entrada más  leída /visitada del año. Sí aparece en esa lista otra historia que superaría mi criba, Mujer en la bañera (¿buscadores de Antonio López cabreados?). Finalmente, Mimetismo, uno de mis últimos textos que podría leer en alto sin avergonzarme, lo ha leído apenas medio centenar de personas, aunque a mí me vale con que a Antonio Jiménez Paz y a otros ocho desconocidos sospechosos les guste. 
No puedo acabar esta entrada sin nombrar a los que ilustran e inspiran mis palabras, esos fotógrafos profesionales que me fían generosamente sus imágenes. Me ofrecen no solo inspiración, sino la tranquilidad de saber que si mis textos no son del agrado del lector, al menos podrá recrear la vista con sus obras: Marcos Bolaños, Alfonso Elvira, Joe C. Moreno y Todd Winters (mi gran inspirador), y una gran pintora, Judit Paz. Hoy me estreno con otro grande, Tato Gonçalves. Hace unos días la osada que hay en mí recurrió a él para pedirle otro abrazo, un abrazo dirigido a ustedes, lectores conocidos y anónimos, y el sabio que hay en él me mandó abrazar al mar. 
Un abrazo, marino, azul, cargado de Palabras. 
P.D. No, no me olvido. Gracias, Mar.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Miradas (historia en construcción)


Foto: María Brito



Yo lo miro.
Él la mira.
Ella las mira.
Otro los miró.
Ellos se miraban.
Tú los miras.
¿Me miran?

sábado, 27 de octubre de 2012

Vidas paralelas


Foto: María Brito
Hasta que ella se cruzó en mi camino esta iba a ser una historia con un solo personaje: mi historia -en primera persona y sin secundarios-. Me dirigía con retraso a mi clase de yoga cuando divisé este entrante de luz por la calle Kant. No llevaba la cámara encima, así que busqué apresuradamente mi móvil en el bolso. En honor al filósofo que dio nombre a la calle, decidí unir empirismo y racionalismo y experimentar con la luz y mi soledad (esta pedantería, obviamente, no la pensé entonces sino que ha surgido mientras escribo). Lo que sí tenía claro en aquel momento es que deseaba hacer un autorretrato sin más compañía que la mía propia. Con este fin, me situé matemáticamente en medio de aquel río de luz, levanté el móvil a la altura de mi boca, separé las piernas para dejar que el destello fluyera entre ellas e intenté esconder el bolso que deformaba mi silueta. A través de la cámara la vi entrar en el encuadre por el lado izquierdo, caminaba despacio; intenté ignorar esa lentitud del paso del tiempo que surge cuando uno está en modo espera. Esta historia era mía, hablaba de mi soledad, de la inmensidad del universo y mi yo. El sol alargaba sus rayos para imprimir mi sombra en la arena. Ella, desafiante, se paró frente a mí, no tenía intención de moverse; hice un único disparo. Luego pude comprobar que sus cálculos fueron erróneos; le faltaron veinte centímetros para situarse en el medio de la imagen. Lo que sí logró fue cambiar los créditos de mi película. No obstante, esta historia nunca hubiera visto la luz de no ser por un tercer personaje. No fue hasta que él apareció, ocho meses después, que decidí ponerle palabras a esta imagen. Presiento un complot: esta era mi historia.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Antes de morir


Fotos: Joe C. Moreno


No siempre tengo fuerzas para enfrentarme a los nubarrones, así que son muchas las ocasiones en que opto por ignorarlos. Las nubes siempre terminan por pasar, aunque sé que detrás vienen otras. Cuando más orgullosa de mí misma me siento es cuando me levanto, las sonrío y las observo transitar. Son parte del juego de la vida y combatirlas o ningunearlas no son siempre la solución. No he plantado un árbol, ni he tenido un hijo, ni he escrito un libro. Tampoco creo que esas tres acciones sean esenciales para afirmar que una ha vivido, aunque no desecho realizar una de ellas antes de morir; como tampoco descarto construirme una cabaña frente al mar - con mi aguacatero en el jardín -, o ir a la India como voluntaria, o practicar el sexo en el Salar de Uyuni.  Miro atrás y no puedo evitar la sonrisa, miro adelante y me invade la emoción. Me miro el ombligo y veo un ombligo. Happy birthday to me!

domingo, 23 de septiembre de 2012

Hojas muertas


Foto: Todd Winters

Otoño azul entre hemisferios, mareas extremas, calor viscoso, mañanas de playa para desempleados y jubilados, patios de colegio en ebullición, tardes de playa infantiles, puestas de sol que te atrapan en la arena, abueeeela, abueeelaaaa, mira cómo nado, bañadores en el tendedero, prendas imposibles en el escaparate, lluvia torrencial, bochorno, domingos con la tarea sin hacer, uniformes escolares planchados, polos blanco nuclear, mochilas de olores adictivos, nostalgia del verano que aún no se ha ido, anhelo de cartas con sellos postales e Yves Montand susurrándome al oído Les Feuilles Mortes.


domingo, 16 de septiembre de 2012

Afortunados



Foto: María Brito
Se saben afortunados. Él perdió su empleo en febrero después de doce años de trabajo tedioso en una entidad bancaria y en marzo ella se incorporaba a su instituto tras un año de baja por un cáncer de mama. Él ha retomado sus estudios de Bellas Artes; las tasas por las dos asignaturas que le quedan para completar la licenciatura ascienden este año académico a mil cuatrocientos euros, exactamente la misma cantidad de la paga extraordinaria que estas Navidades ella no recibirá; las piensa pagar con el dinero que ha sacado esta semana de vender unos cuadros que ha pintado en los últimos meses. No ha sido la única buena nueva de la semana: el exmarido de ella, que seguía acosándola dos años después de haberse separado, solicita ahora el divorcio; al parecer se ha enamorado este verano de una veinteañera. También les han llegado noticias del mejor amigo de él, sumido en una depresión desde que a ambos los despidieran del banco; le manda un correo desde Alemania e incluye esta foto; ha encontrado trabajo en Amazon.com empaquetando libros y se ha enamorado de una compañera de trabajo turca; augura un invierno cálido. Cuando a finales de julio ella supo que el aumento de horas lectivas la desplazaba de su destino definitivo a un centro a ochenta kilómetros de su domicilio, nunca pensó que iba a ser capaz de sacarse el carné de conducir en tan solo seis semanas. Hoy también ha sido un gran día: han recogido los resultados de los análisis de oncología. Este fin de semana se van a celebrarlo a una casa rural en el norte de la isla. Conduce ella. No creen en la suerte, pero se saben afortunados.


domingo, 2 de septiembre de 2012

Mimetismo

Foto: María Brito
Fue cumplir los treinta y cinco y a Olivia le entraron las prisas por ser madre. A su vida no había llegado ningún embarazador que quisiera quedarse, así que decidió acudir a una clínica de infertilidad, así mal llamada. Como tenía pánico a que su cuerpo diera un cambio brusco, acudió previamente a una perrera y adoptó a Flaco, un galgo que le aseguraría, por esa ley del mimetismo, que su delgadez permanecería intacta. Después de cinco inseminaciones artificiales y cuatro fecundaciones in vitro infructuosas, terminaron de sablear su cuenta bancaria al proponerle utilizar óvulos de una donante. Ella, que siempre se había negado a la adopción porque nada le hacía más ilusión que colgar fotos de la evolución de su barriguita en facebook, se convirtió así en el vientre de alquiler del que sería su hijo adoptivo, que en realidad fue hija, por más que se encomendó a la Virgen de la Dulce Espera para que pusiera un hombrecito en su vida. En la primera visita al pediatra fue incapaz de confesar la falta de conexión biológica entre ella y aquella hermosura de bebé que era ya su vivo retrato (la ley del mimetismo se cumplía a rajatabla), así que en el historial médico quedaron archivadas todas las enfermedades que por el lado materno su pequeña Jimena podría heredar; en el lado paterno se añadió un simple “desconocido”. El pediatra, un cuasi sesentón, se quedó prendado de la belleza de Olivia que, apenas una semana después de dar a luz, ya lucía una esbelta figura (Flaco aún seguía a su lado) y se preguntaba cuán ciegos estaban los jóvenes de hoy en día para dejar que una joven así tuviera que acudir a clínicas de fertilización, así bien llamadas. No estaba en los planes de Olivia, pero tras su cuarta visita al pediatra, y con sus hormonas aún revolucionadas, terminó por sucumbir a las miradas lascivas del doctor. Aquel hombre entrado en años la sorprendió con un polvo de los que se quedan en la memoria y también en el útero, pues no hizo falta más que un lingotazo de esperma cuasi sesentero para quedarse de nuevo embarazada. Este embarazador sí ha querido quedarse a su lado y como ya son muchos en casa ha decidido devolver a Flaco a la perrera. Solo está embarazada de cuatro meses, pero, para mí, que se está engordando a toda velocidad.

domingo, 26 de agosto de 2012

Un atardecer más

Foto: María Brito
Es un atardecer más, pero este no le coge por sorpresa. El sol es el protagonista y él, como los que le rodean, se ha asegurado de llegar a tiempo. Un compatriota suyo, expresidente de su país, puso este lugar en las guías turísticas al afirmar que la puesta de sol desde este rincón era la más bella que había visto hasta entonces. Los granadinos ya habían incluido un parangón similar en su refranero. Sabe que no existen comparaciones justas y, pese a ello, se adentra en su memoria para repasar los lugares que ha visitado antes de llegar aquí e intenta recordar otros crepúsculos que se ha parado a admirar. Ciertamente este lugar y la luz que lo acompaña son hermosos. Aun así, piensa que la belleza de un lugar no está solo en la generosidad de la naturaleza que lo rodea, o en la destreza del hombre para mejorarla, o en la luz que lo ilumina; sabe que en muchas ocasiones la hallamos en nuestro propio estado de ánimo. Planeó venir a Granada años atrás. No recuerda por qué no lo hizo, aunque sí tiene presente quién le iba a acompañar. Ella ya no está y por eso esta luz le hiere. Consciente de ello, intenta mirar este atardecer desde otros ojos. Busca a su alrededor - muchos andan distraídos por capturar este momento con sus cámaras - hasta que logra encontrar una mirada que se deja contagiar de la belleza del lugar, de la luz, de su compañía. Esa hubiese sido su mirada.

sábado, 18 de agosto de 2012

Inconsciente


Foto: María Brito
Estaban de luna de miel y ningún monumento a judíos asesinados iba a estropearles el posado. Cierto que hay pocos enamorados que piensen en las víctimas de Napoleón I cuando posan bajo el Arco del Triunfo parisino, o en las del almirante Nelson cuando se acercan a Trafalgar Square. Claro que el monumento de esta imagen aún carece de ese tiempo que todo lo cura con el que cuentan estas dos últimas obras. El cine occidental, además, ha contribuido a que los muertos de esta barbarie del siglo pasado nos resulten más cercanos que los que ayer mismo eran bombardeados en Siria y veíamos casi en directo desde el sofá de nuestras casas. Entender la razón de esta sinrazón no es tarea fácil. Así que tampoco nos termina de extrañar la actitud de esta pareja víctima del amor. A él fue precisamente las películas de la segunda guerra mundial lo que le llevó hasta Berlín; ella hubiera preferido algo más romántico, Mónaco o Venecia; sin duda, ciudades que también cuentan con asesinos a sus espaldas, pero cuyos fantasmas han tenido el tiempo suficiente para esfumarse. Ese hombre con chaqueta oscura que se acerca a mano izquierda es uno de ellos. El enamorado, ajeno a su presencia, le pide a su amada que sonría, pero ella, que lo ha visto, es incapaz de hacerlo; corrige su postura cruzando las piernas y hace un ademán de encoger los hombros. Ya es tarde. Hay otra cámara que los ha inmortalizado. De vuelta a su país su osadía y el destino harán que ella termine compartiendo celda con las chicas de Pussy Riot. Y él, bueno, él sueña con que existan cárceles mixtas y un día pueda compartir catre con las cuatro. ¡Inconsciente!

domingo, 12 de agosto de 2012

Nido vacío

 
Foto de Todd Winters


 
No entendió qué hacía aquel nido vacío entre cursos de memoria, de lectura o de taichí. Fue un funcionario de la Concejalía de Servicios Sociales quien le explicó el significado de la locución. Ella era soltera y su nido nunca había estado lleno, pero se aseguró de no pestañear al solicitar plaza para aquel grupo de terapia. Se había mudado a España hacía apenas unos meses. María había sido una de las niñas vascas refugiadas en Inglaterra durante la guerra civil española: “los olvidados”, así los llamaban. Pensó que si durante tantos años se habían olvidado de ella, por qué no iba ahora a ser ella quien relegara su pasado al olvido e inventara uno nuevo. Así fue cómo conoció a Carmen, a Manuela y a su tocaya. Tampoco ellas se conocían entre sí, a pesar de haber vivido siempre en la misma localidad. Fueron deshojando una a una los episodios de sus vidas y explicando su desazón al ver volar a sus polluelos – les gustaba explotar la metáfora –. Dos ya eran viudas y la tercera aún conservaba marido. María la rubia, así la distinguían, quiso ser la última en participar. Les advirtió que su perfil distaba algo del de ellas ya que llevaba sufriendo de nido vacío desde hacía muchos años. Les contó que tuvo marido y una hija, quien tras un divorcio agitado había quedado bajo la custodia del padre, y que hacía más de cuarenta años que no había vuelto a saber de ninguno de los dos. Su condición de medio inglesa hizo que no dudaran ni por un segundo de su historia - los ingleses siempre habían sido más modernos para esas cosas -. Ahora comparte con ellas paseos por la playa. La escuchan ensimismadas, especialmente cuando les relata los amoríos que siguieron a su divorcio ficticio, cuando aún estaba de buen ver. Conforme pasan los días se vuelve más desinhibida. Mantiene que sus senos caídos no son fruto de haberle dado el pecho a su hija sino del nutrido número de amantes fervorosos que han disfrutado de su cuerpo, aunque a ninguno supo retener. Le gusta sentirse escuchada y pone tanto sentimiento en lo que cuenta que ella misma empieza a dudar entre lo real y lo ficticio. Sabe que también se puede añorar lo que nunca se tuvo.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Don't feel like writing!

Foto: María Brito

Don’t feel like writing lately. Don’t write, then. But I feel better when I write. Then, write! You never listen to me, do you? Why don’t you write poetry instead? You need to feel miserable to write poetry. Just find a good photo and write, or take one of yourself. Half nude? You’d never publish it! I would! Would you? But I still need a text. Get that piece of paper on the night table and write anything. Wait, first the pic. Mmm... with this photo nobody will care about the text. Now, let me write down this conversation before I forget it; it could be a good start. Will you translate it into Spanish? As you said, nobody will care about the text.

lunes, 4 de junio de 2012

Commuters II

Foto de Todd Winters
Las palabras habían dejado de fluir. Obligaciones laborales y familiares la habían apartado del teclado y le costaba volver a él. Y no es que le faltaran historias que contar. Las ficciones verdaderas no dejaban de cruzarse en su camino. Hacía tan solo unos días la ejecutiva de minifaldas imposibles se había sentado justo detrás de ella. Ajena al volumen de su voz, confesaba a través del teléfono móvil cómo, días antes de separarse de su marido, había metido tijera a todos sus calzoncillos; le relataba a su entretenida interlocutora que, con gran esmero y siguiendo la costura de la cruz de la entrepierna, había hecho cortes de apenas cuatro centímetros: “lo justo para dejarlo con los huevos al aire”. También podía tirar de la historia del hindú envidioso. Cada mediodía, a la hora del cierre de los comercios, le observaba paseando a su perro delante de la perfumería de un compatriota; delante de la puerta principal, sin percatarse del paso de la guagua, dejaba caer el millo que llevaba en los bolsillos: conseguía así atraer la presencia de aquellas palomas que tanta facilidad mostraban para comer y defecar a un mismo tiempo. Personajes resentidos con el mundo, pero también reconciliados. Octavio, el chófer de la guagua, ya no escondía su amor por la pasajera misteriosa y la besaba fogosamente antes de empezar el viaje de las nueve y diez. Nunca faltaban historias, solo tiempo. Una tarde de domingo logró sentarse frente al teclado, leyó su primer texto, Commuters, y volvió a dejar que de sus dedos surgieran nuevas palabras.

domingo, 20 de mayo de 2012

No se enamore


Foto: María Brito
Pasé a su lado cuando sonaban las primeras notas de Suzanne en su guitarra. Me asombró el parecido de su voz con la del canadiense. Decidí sentarme en el banco de piedra que estaba a su derecha -se sentía helado en este frío día de primavera-. Le escuchaba con los ojos cerrados cuando oí caer las primeras monedas en la funda de su guitarra y, a continuación, esas tres palabras: “no se enamore”. Abrí los ojos y alcancé a ver la sonrisa del hombre que acababa de depositar las monedas. Pensé que aquellas palabras habían sido producto de mi subconsciente, que no pasaba por su mejor momento. Al gran Cohen le siguió otro grande, Elvis Costello, y otro nombre de mujer: Alison. Esta vez le escuché con los ojos abiertos y comprobé que, cada vez que un hombre se le acercaba, interrumpía por unos segundos la canción para susurrar esas mismas palabras: “no se enamore”. La rapidez con la que las pronunciaba las hacía incomprensibles al oído de sus receptores, que parecían interpretarlas como un “gracias”  y respondían asintiendo con la cabeza. Me quedé para una tercera canción. Los primeros acordes sonaban a Nirvana. No recordaba que estos tuvieran ninguna canción con nombre de mujer y así era; se trataba de su versión de Where did you sleep last night? Esta vez fue un joven el que procedió a agradecerle aquella maravillosa interpretación con un billete de cinco euros; pude entonces escuchar con toda claridad un “no te enamores”. El muchacho, sorprendido, respondió con una corta y sonora carcajada. Esperé a que acabara la canción y entonces me acerqué. Le sonreía con mis ojos, con mi boca y, antes de que pudiera soltar mis monedas, me cerró la mano con fuerza y dijo: “No dejes que se enamoren de ti”. Me alejé deprisa, un poco aturdida; casi estaba en la Puerta del Sol cuando me percaté de que seguía con el puño cerrado; mi contribución a aquel improvisado concierto se había pegado a la palma de mi mano. Sin meditarlo mucho me metí en el primer locutorio que encontré y utilicé aquellas monedas para hacer la llamada que llevaba días queriendo hacer, desafiando así el consejo del viejo guitarrista.

domingo, 13 de mayo de 2012

Soledad en compañía

Foto: Marcos Bolaños
La paciencia es su gran virtud, aunque no siempre fue así; cuando era cachorro reclamaba tu atención a todas horas. Luego aprendió que ninguna de tus amantes le iba a hacer sombra. Ya había ganado tu amor y nunca lo traicionarías. Ahora anda un poco enfadado con ese nuevo móvil que te mantiene ausente incluso cuando estás junto a él. Si no estás hablando con alguien, andas deslizando tu dedo índice sobre su pantalla y apenas le miras a los ojos. Espera tu caricia pacientemente. Sabe que ningún contacto virtual puede competir con el contacto físico que él te ofrece. Y tú también lo sabes. Cuando sales de esa abducción digital, no hay nada que te guste más que tirarte al suelo y huir de sus besos en tu oreja. Es una huida ficticia. Das vueltas con él sobre el césped, o en el suelo de casa, y finges enojarte; él parece calcular sus fuerzas para no hacerte daño. Terminas exhausto y dejas que sus besos te alcancen finalmente. Esta tarde mirabas a esas minúsculas viviendas que hay frente al parque y pensabas en las vidas detrás de esas paredes. Cientos de hombres y mujeres con preocupaciones parecidas, miedos similares y un anhelo común: el contacto, físico o virtual. Sabes que por eso es tan importante la soledad. Disfrutas del silencio, del placer con tu propio cuerpo, de tus monólogos para después entregarte al ruido, al placer del otro, al diálogo. Lo has conseguido: disfrutas de la soledad en compañía.

lunes, 7 de mayo de 2012

Viviendo Recuerdos


Foto: María Brito
Se miraban a los ojos e inconscientemente grababan en sus retinas aquella mañana lluviosa de mayo. El paseo en barca había sido organizado la noche anterior desde sus WhatsApps  y ningún parte meteorológico les hizo cambiar de planes. La lluvia recién caída había espantado al violinista que cada domingo amenizaba a los remeros desde la orilla del lago. A ellos les bastaba con los acordes del agua batiendo contra su barca. Su inocencia les impedía predecir cualquier final. No eran capaces de intuir la monotonía, la mentira, el hastío. Sus neuronas sí lo sabían y por ello se esmeraban en retener el sonido del agua, el olor del champú de su pelo, el intercambio de sueños, el sabor a pepinillos en vinagre que juntos habían aprendido a saborear. Lo vivían y lo guardaban en ese espacio del cerebro donde iban acumulando los buenos recuerdos. Tirarían de ellos cuando los días nublados se tornaran de nuevo grises o cuando la lluvia volviera a resultarles molesta. La discreción les impediría compartir estos recuerdos con los amantes que llegarían más tarde. La mayoría de esas memorias se irían difuminando para ser sustituidas por otras; algunas se salvarían del olvido gracias a otro día gris, a otra lluvia, a otro pepinillo que les devolvería aquella mañana lluviosa de mayo y les arrancaría una sonrisa. Aquella era la clave: vivir con intensidad los recuerdos de mañana.

miércoles, 25 de abril de 2012

Carta desde Estambul

Foto: Todd Winters

Querida amiga:
Apenas llevo tres días por estas calles de Estambul y, como siempre, te veo en cada rincón. Ayer volvimos a cruzar el puente del Bósforo al atardecer. En la sonrisa de Álvaro se adivinaba el poema que horas después escribiría. Ya, ya sé que te alegras de verme tan feliz. A veces me cuesta creer que esté viviendo este sueño. Entonces te imagino observándonos y siento tu alegría sobre nuestros pasos. Hoy fuimos al Bazar de las Especias y me compré el molinillo de pimienta que te llevé la última vez que estuve aquí. De repente, tengo la sensación de que todo pasó hace mucho tiempo. Sé que soy tonta, pero ¡cómo me cuesta respirar sin oír tu voz! Me resulta muy fácil imaginar tu rostro, escuchar tu risa, pero no logro oír tu voz. Hago esfuerzos por recordarla y, cuando parece que viene, se termina escapando de nuevo en mi memoria. Te escribo desde el hotel. Álvaro también está escribiendo junto a la ventana. Tenemos vistas a la Mezquita Azul y a Santa Sofía. Aunque es mi tercera visita a esta ciudad, y la adoré desde el primer minuto, solo ahora he sido capaz de percibir todos sus colores. Esta mañana amaneció nublado y ya sabes cómo odio los días grises. Pues bien, aquí me parecen bellísimos. Nos levantamos muy temprano (ya conoces a Álvaro: tiene que oír el canto de los primeros pájaros) y fuimos a pasear por el barrio de OrtaKöy; los pescadores llegaban de faenar en ese momento. Hemos visto chicharros y mújoles. En un ratito saldremos a cenar y, sí, pediremos pescado. Estarás sentada junto a nosotros en la mesa. Siempre estás. Un beso enorme, amiga.

domingo, 22 de abril de 2012

La mar



Foto: Marcos Bolaños
La ciudad celebraba el fin de semana. Se olvidaba de la crisis, o discutía sobre ella frente a unas cervezas. Marcos repasaba su agenda de contactos en el i-Phone, su lista de amigos en facebook; no se le ocurría a quién llamar para compartir aquella velada. La mayoría de sus noches en solitario habían sido voluntarias. Le gustaba disfrutar de su soledad después de una semana frenética de discusiones telefónicas, correos devastadores y reuniones inútiles. Hoy, sin embargo, necesitaba compañía. Desde las tres de la tarde del viernes se había encerrado en casa. Llevaba casi treinta horas sin escuchar salir de su boca un solo sonido. No era nuevo para él. Eran muchos los lunes que se sorprendía al oír su “buenos días” dirigido al chófer de la guagua. Su voz sonaba ronca y quebrada. El chófer se reía con un “Hubo juerga este fin de semana, ¿eh?”. Marcos le respondía con una sonrisa. Los meses de aquel aislamiento elegido habían terminado por dejarlo solo de verdad. La playa se había convertido en su única compañera. En el paseo a primera hora de la mañana eran muchos los solitarios que, como él, buscaban en el sonido de las olas al interlocutor deseado. El baño nocturno era distinto. El murmullo de las conversaciones en las terrazas del paseo de la playa competía con el rugir de las olas. Los pocos transeúntes de la orilla iban en compañía y aquella imagen le dolía. Entonces se adentraba en el mar y le hablaba. Primero, susurrándole; luego, a gritos. En unos segundos aquellas olas desaparecían llevándose con ellas sus secretos. Entendía a los marineros: el mar era mujer.


miércoles, 18 de abril de 2012

Entre aguaceros

Foto: María Brito
Se ha levantado como el día: gris y melancólico. Observa a su nieto poner los libros a salvo de la lluvia. Esta maldita agua siempre ha sido su gran enemiga. No se siente culpable por maldecirla: sabe que ha inspirado tantas palabras como ha hecho desaparecer. En algún lugar de esta ciudad hay en este instante un poeta que, iluminado por estas gotas deslizándose en su ventana, anda uniendo sonidos. Sin embargo, aquí, en su vieja librería, todos esos sonidos volverían a convertirse en pasta de celulosa si se descuidase, y la tinta con la que fueron dibujados, vulgares nubes grises como las que hoy cubren Madrid. Algunos, los agoreros de siempre, le dicen que no se preocupe por ponerlos a salvo, que los libros tienen los días contados; él no se lo cree. Dijeron lo mismo del cine cuando apareció la televisión y ahí sigue Hollywood, llenándose los bolsillos de dólares. “Que no, que la informática también se va a cargar al cine y la música”, le replican. De tanto oírlo se lo empieza a creer, aunque sabe que él no va a tener tiempo para verlo. Mira a su nieto y siente lástima. No entiende por qué se empeña en seguirle los pasos a pies juntillas. Al igual que él, no quiere saber nada de tecnologías: ni de móviles, ni de ordenadores, ni mucho menos de blogs o redes sociales. Le explica que negarse a los cambios es cosa de viejos y no son propias de alguien de su edad, y le recuerda que las batallas se ganan desde dentro. Y si no, mírenlo a él, convertido en personaje de ficción en un blog de una aficionada a las palabras.
Nota: efectivamente, cualquier parecido entre el personaje de este texto y el señor de la fotografía es pura coincidencia. Al verdadero él lo pueden encontrar en la entrañable Librería San Ginés, en el Pasadizo de San Ginés, 2, Madrid. Por cierto, si supieran que no es de su agrado aparecer en este blog, solo tienen que decírmelo.

domingo, 15 de abril de 2012

Magnolias


Foto: María Brito
No fue una simple casualidad que se cruzaran delante del objetivo de mi cámara. Tampoco que eligieran vestirse de amarillo limón y verde pasto. Y que las dos se encontraran en la calle Montera no era en absoluto fruto del azar. Sus vidas se habían ido cruzando intermitentemente desde que eran adolescentes, pero hasta hoy no fui consciente de sus ‘magnolias’. Suelo usar este término para definir esos encuentros que se van entrelazando en el espacio y el tiempo sin que, a priori, veamos la conexión entre ellos: lo tomé de la película de Paul Thomas Anderson que, por cierto, las dos vieron en el cine Bogart, no muy lejos de aquí, en la calle Cedaceros, unos meses antes de que lo cerraran y cuando aún soñaban con encontrar al amor de sus vidas. La elección de esa sala tampoco fue casual. Las dos eran fans de Humphrey y eran capaces de ver Casablanca una y otra vez y emocionarse en cada ocasión. Al igual que Ingrid, se metían en historias de amor con final anunciado. Y ya sé que todas las historias de amor tienen un final, pero los suyos los predecía hasta el romántico más totorota. Aunque ahora no lo recuerdan, las dos coincidieron por primera vez en el Instituto “Ciudad de los Poetas”, un centro situado en un barrio de Madrid que carecía de toda lírica hasta que en él coincidió la promoción del 82. Estaban en primero de BUP cuando fueron, junto a su profesor de historia, al mitin de Felipe González en la Complutense, y en COU organizaron la quedada para ir al entierro de Tierno Galván. Incluso a ellas les cuesta rememorar aquel cielo azul antes de que la gaviota blanca empezara a defecar sobre sus cabezas. Tampoco ninguna de las dos visualizó su cuerpo al servicio de los transeúntes de Madrid. Ni estos que pudieran contar con dos mujeres que supieran hacer su trabajo con tanta profesionalidad y galantería. Estoy tentada a recordarles esas magnolias para que me cuenten todas las que me perdí. Estoy segura de que sus vidas llenarían las páginas del mejor best-seller.

domingo, 8 de abril de 2012

Joven, proactivo y resolutivo


Foto: María Brito
El hombre del traje negro pasa de largo. No reconoce en el adiestrador de conejos al “joven con buena presencia, proactivo, que empatice fácilmente y resolutivo” que anda buscando. Esta mañana, como cada mañana desde hace tres años, el propietario del conejo consultó las páginas de empleo en Internet, leyó esas mismas palabras y tampoco se reconoció en ellas. Es cierto que ya no es joven, pero, antes de que el hambre le dibujara esos surcos en la cara, podía presumir de buena presencia. Lo de proactivo no ha sido capaz de encontrarlo en el diccionario; debe de ser un sinónimo del dinámico de los años ochenta. Entonces también buscaba trabajo; eran los años de su incorporación al mundo laboral; consultaba las páginas color sepia de El País, seleccionaba las ofertas que le interesaban, sacaba fotocopias de su curriculum y los enviaba por correo postal. Antes, le pedía a su madre que acariciara los sobres y pronunciara aquella “suerte mulana” que durante toda su formación tan buena fortuna le había traído. Se trataba de una expresión aprendida en los años que vivieron en el Sáhara; jamás se presentaba a un examen o a una entrevista de trabajo sin antes oír esas dos palabras. Había estudiado electrónica en un instituto de formación profesional. Su primer trabajo consistió en colocar cámaras anti-robo en empresas y particulares de Puerta de Hierro y Mirasierra. La crisis también golpeaba fuerte y los robos estaban a la orden del día. En los noventa trabajó para Telemadrid  y le gustaba alardear de ser uno de los testigos del atentado de los GRAPO. Luego llegó el contrato con “laTelefónica” –con  artículo- y los bancos le pusieron la alfombra roja al cuasi-funcionario. Todo eso le parece ahora parte de la prehistoria. Hace tiempo que dejó de creer en la suerte. No recuerda cómo le vino a la memoria aquel gitano de la cabra y la escalera de su adolescencia, pero fue lo que le animó a echarse a la calle con su conejita. Buscó un hueco en la calle Arenal, frente a un comercio con los surcos del fracaso dibujados en sus ventanas, y ahí la colocó; Mulana sí que empatiza fácilmente con los transeúntes. Para el hombre del traje negro son invisibles. Sin embargo, él, resolutivo, que yo recuerde, siempre fue.

sábado, 31 de marzo de 2012

Roces


Foto de Todd Winters
El narrador omnisciente de Madame Bovary  no se atrevió a entrar en el carruaje en el que Emma y su amante León saciaban su apetito sexual mientras el chófer recorría a galope las calles de la ciudad de Rouen. Apenas se aventuró a descubrirnos una mano desnuda que asomaba por unas cortinas amarillas para dejar caer unos pedacitos de papel. Lo que allí dentro sucedió lo dejó en manos del lector. La narradora de esta fotografía no tiene cortinas tras las que esconder a estos inminentes amantes. Ellos aún desconocen el desenlace de ese roce de piernas que la estrechez del espacio les obliga a mantener. El conductor, un alcahuete de carretera, observa la escena desde el retrovisor y procede a aumentar la velocidad que, sabe bien, facilitará el devenir de los acontecimientos. Esta repentina aceleración obliga al pasajero de la izquierda a apoyar su pie en el armazón del vehículo, y pasa su brazo derecho por detrás de la espalda de su compañero. Advierte entonces que éste también comparte su temor a caerse y siente su torso acercarse al suyo. Se habían prometido a sí mismos que nada iba a suceder en este viaje; conforme se acercan al hotel, saben que no van a poder cumplir esa promesa. Ahora no quieren pensar en arrepentimientos. Puestos a lamentarse, prefieren hacerlo sobre lo que está a punto de suceder.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Miradas extraviadas


Foto: familia Brito (La Güera, 1973)
Pasan a mi lado, subimos a la misma guagua para ir al trabajo, nos acaricia la misma brisa de mar y hasta es muy posible que compremos el té en la misma tienda; aun así, no somos capaces de reconocernos. Perdí sus miradas hace más de tres décadas y encontrarlas se vuelve complicado. Sí sería capaz de reconocer el azul de los ojos de Aleua, el padre de Jeresquina, la mediana de las tres. Pasados los años, solíamos encontrarnos paseando por la playa de Las Canteras. Recuerdo con toda claridad nuestro intercambio de Salam Alikum, el abrazo emocionado con mi padre y cómo me besaba la frente mientras me transmitía bendiciones que yo nunca logré entender. Aleua vestía siempre un deraa azul, el traje tradicional saharaui, y llevaba turbante blanco, lo que contrastaba maravillosamente con su piel canela y el azul de sus ojos; cuando se cruzaban con los ojos verdes de mi padre, aguados de emoción, parecían competir con el mar que los enmarcaba. Los dos marcharon hace tiempo y ninguna heredamos el color de sus iris que tal vez podría haber facilitado nuestro encuentro. Jeresquina sigue viviendo en nuestra isla y estoy segura de que vive porque su madre, Fatima (con acento en la segunda sílaba), después de haber perdido varios bebés, la llamó así por el significado de su nombre: “la que nunca muere”. Jaddama, la más alta, es la hija de Deidí y Buba y también es muy posible que caminemos por las mismas calles. Ya saben que me gusta soñar. Sueño que alguno de los que están leyendo estas Palabras reconoce esta foto, o que incluso haya visto una muy parecida: la versión que se apoderó de nuestras miradas. Sueño que nos encontramos frente al mar, que viajamos a La Güera, que volvemos a unir nuestras manos y que nuestras miradas extraviadas vuelven a dejarse retratar.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Mientras tanto (2)

Foto de Joe C. Moreno
Hay silencios que se leen y escuchan con más claridad que las palabras. Los hay bellos y también dañinos. Una cama deshecha, un olor, una prenda olvidada, una mirada -o incluso su omisión- y creamos un rompecabezas que bien puede reconstruir o quebrantarnos el alma. Hicimos un pacto de silencio y funcionó durante un tiempo. Cuando me propuso no prometernos fidelidad supe que no era mi imagen acompañada de un amante la que tenía en mente. Por eso sugerí callar; entonces pensé que esas elipsis lograrían alargar el ‘mientras tanto’, pero me equivoqué. O igual no. Igual de haber hablado antes ya le habríamos puesto fin. Lo cierto es que durante meses ninguno de los dos necesitó mirar para otro lado. El deseo por poseernos solo respetaba el horario laboral y, alguna vez, ni eso. Redujimos las salidas con los amigos, los encuentros familiares, las horas en el gimnasio -bien es verdad que de ejercicio físico íbamos bien servidos- y hasta las lecturas. Maldije la experiencia que me ponía en alerta de que aquello tenía fecha de caducidad. Y llegó la calma y con ella sus compromisos laborales fuera de la isla. Al principio, la distancia aumentó el deseo; luego, lo fue apagando. Los dos mantuvimos el silencio pactado, pero con el tiempo se ha vuelto ensordecedor; por eso ya no me molesto en hacer la cama, ni en esconder las prendas olvidadas. El silencio habla a gritos y solo es cuestión de que uno de los dos quiera pararse a escucharlo.


domingo, 18 de marzo de 2012

Mientras tanto



Foto de Joe C. Moreno
Hacía rato que había perdido el hilo de lo que leía pero fingí seguir leyendo. La conversación de la pareja que se había sentado enfrente era mucho más entretenida. Deduje que se trataba de una relación reciente que intentaba acordar ciertos pactos. Escuché cómo ella sugirió no entrar en los detalles de relaciones anteriores, excepto para contar alguna que otra anécdota de índole humorístico. A él le pareció una buena idea. Entonces, y sin anestesia de por medio, él le propuso no prometerse fidelidad. Levanté la cabeza para ver la reacción en la cara de la mujer; apoyó su mentón en ambas manos y, mientras seguía escuchando, se daba pequeños golpes con los dedos en los labios; pude deducir que aquella propuesta no era del todo de su agrado. Él argumentó que los dos tenían la experiencia suficiente como para saber que la monogamia era un invento que jamás había funcionado y que empeñarse en compartir tu cuerpo con una sola persona era quimérico. Luego matizó que tan solo se trataba de no vetarse la posibilidad de mantener relaciones físicas con otras personas; añadió que la ausencia de esa prohibición les llevaría, casi con toda probabilidad, a mantener menos relaciones que esos otros hipócritas que han prometido fidelidad eterna y a la primera de cambio andan metiéndose entre las sábanas de otra. Hubo un pequeño silencio –a mí se me hizo eterno- y habló ella: “De acuerdo, pero haremos como con las relaciones pasadas; no nos las contaremos. Sabremos que existen pero ni tú me hablarás sobre ellas, ni yo a ti.” El eco de sus últimas palabras se leía en la mente de él: "ni yo a ti...". Pensé que sería otra relación abocada al fracaso; antes, tenían por delante el mientras tanto y se podía adivinar que iban a saber disfrutarlo.

lunes, 12 de marzo de 2012

Anónima


Foto de Todd Winters

Entró en el bar sola. Se sentó en una de las mesas centrales y pidió una cerveza. Nada le gustaba más que perderse en una gran ciudad saboreando su anonimato, alerta a todo lo que sus sentidos percibían sin las distracciones de una compañía. Apenas había clientes  y aprovechó para sacar esta foto, pero en cuestión de minutos las sillas se fueron ocupando. Empezó entonces a ponerle voz a los que desde ellas la observaban con miradas soslayadas. Y escuchó la de los más inocentes: apuesto a que el novio se retrasa porque está viendo el partido de fútbol. La de los pragmáticos: debe de ser una erudita en música clásica que hoy no encontró un cómplice. A las que se veían reflejadas en ella: no hay duda, divorciada, con hijos adolescentes y resentida con la vida. A los inseguros: fijo que es solterona, demasiado segura de sí misma, a esa no hay quien se acerque; mírala, ni sonríe. A los turistas: otra extranjera, italiana o española; el marido se ha quedado durmiendo una borrachera en el hotel. A los más torpes: ese huevo quiere sal; le voy a entrar en cuanto me vuelva a cruzar la mirada con ella. A los solitarios: otra de mi gremio, a ratos deleitándose, a ratos maldiciendo su soledad. La de los románticos: una poeta en busca de inspiración; seguro que está anotando un verso roto en su bloc de notas. En ese momento decidió silenciar sus voces, soltó el bloc y se deslizó en aquella sonata número 5 de Primavera.

jueves, 8 de marzo de 2012

El perfume de las flores


Foto de Todd Winters

Si solo prestara atención a su aspecto físico, apenas me reconocería en ella. A su edad, mi piel siempre andaba bronceada por el sol, jamás tuve el pelo largo y rara vez vestía falda. Con tres hermanos varones, la sección de niñas de los grandes almacenes siempre quedaba a desmano. Sin embargo, aun con mi envoltorio varonil, sí me reconozco en su delgadez, en su desparpajo, en su coquetería. En esa preadolescencia yo soñaba con ser presentadora de telediario. Me sentaba a los pies de la cama de mis padres, justo enfrente del armario de luna, y mirando al espejo leía en voz alta algún artículo de periódico. El reto consistía en hacer el mayor número posible de contactos visuales con mi propia mirada y lograr que se alargaran en el tiempo. Para complicarlo, a veces cogía una montura de unas viejas gafas de mi madre y jugaba a ponérmelas y quitármelas, al puro estilo Rosa María Mateo. Este sueño, como otros muchos, nunca se cumplió. La mayoría ni siquiera los recuerdo; otros vuelven de vez en cuando para intentar mellar mi alma. Entonces, paso unos días espantándolos hasta que logro deshacerme de ellos. Lucía también sueña con verse frente a una cámara, aunque lo suyo es la interpretación y sus horas frente al espejo superan con creces las mías. No obstante, si hay un aspecto en el que nos diferenciamos absolutamente, ese es en la manera de lidiar con los sentimientos. Ella apenas los esconde y me hace partícipe de su tiovivo afectivo de amores y desamores sin el mínimo rubor: hoy, caballito arriba cuando recibe un gesto de esperanza; mañana, caballito abajo cuando percibe un desplante. A mi tiovivo subía yo sola y en el más absoluto de los silencios. Me pregunto si será esa la razón por la que no logro oler el perfume de las flores.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Feeling blue

Foto de Todd Winters
Se topó con esta foto y no necesitó buscar la etimología de esa expresión anglosajona que encontraba tan contradictoria: feeling blue. Lo tenía: el azul también podía evocar melancolía. Ella siempre había asociado este color, su color desde que era niña, a ese cielo velazquiano de Madrid o al azul atlántico de su orilla. Y lo que ambas imágenes le sugerían estaba muy lejos de cualquier sentimiento de tristeza. Sin embargo, el mismo embarcadero que ayer le evocaba un maravilloso sueño, hoy, teñido de azul, le afligía una profunda sensación de quebranto, de pena. ¡Oh, cómo detestaba esa palabra! Hay pocos términos tan pusilánimes como ese. Pero era justo el que se le venía a la cabeza cuando veía las agujas de reloj correr frente a otro azul, el azul que rodeaba a la letra ‘f’ de esa red social. Cuando lograba zafarse de ella, ese espacio lo ocupaban los libros, el cine o la escritura. Se trataba de un simple cambio de personajes. Unos reales, que se manifestaban a través de una fotografía, y otros ficticios a los que tenía que poner cara o creérselos si los hallaba en una película. Sin dudarlo, se sentía más acompañada por estos últimos. Estando con ellos nunca se sentía blue. Pero, si alguna vez lo estaba, seguía los consejos de una gran dama, Ella Fitzgerald, y volvía a crear un sueño.

domingo, 26 de febrero de 2012

Soñando

 
Foto de Todd Winters
Mi sueño acelera el paso cuando escucha mi respiración avanzar detrás de él, tal y como hace mi hijo cuando oye mis pisadas acercándose a las suyas. Noah adora este juego; corre huyendo de mí mientras ríe a carcajadas y todo su cuerpo se tambalea sin que sus pequeños pies apenas toquen el suelo. Mi sueño ni siquiera llega a rozar ninguna superficie y, precisamente por eso, sé que, al igual que hago con Noah, debo seguirle de cerca. Puede que no le dé alcance y esa es la razón por la que intento disfrutar de esta persecución. Es más rápido que mi hijo y al mínimo despiste desaparece de mi vista. Son solo unos segundos, pero la angustia me invade hasta dejarme sin respiración. Cuando vuelvo a divisarlo, acelero mi paso y él, por fin, parece ralentizar el suyo. Es entonces cuando creo en la posibilidad de alcanzarlo y mi imaginación lo reproduce con todo detalle: oigo el sonido del agua golpeando contra un embarcadero; Noah corre hacia su padre, que se encuentra pescando al final del mismo junto a la atenta mirada de nuestra perra Lua. El sol se está poniendo y yo voy unos pasos por detrás, siguiendo las huellas mojadas que dejan sus pisadas. En mi fantasía no existen terceros cuya desdicha ensombrece mi felicidad. No están en esta escena, aunque los imagino viviendo otro sueño igualmente bello. Luego, cuando vuelvo al mundo real, me alejo unos metros de él y lo observo con perspectiva. Mi realidad es probablemente el sueño de alguien que camina unos pasos por detrás de mí. La vivo consciente de ello, lo que no me impide construir en mi imaginación nuevas proposiciones, y procuro hacerlo aun cuando me asalta el cansancio de tanto soñar.

lunes, 20 de febrero de 2012

Vuelos


Foto de Todd Winters

Es muy posible que el pasajero sentado detrás de mí, y que observa a través de su ventanilla esta misma imagen, ande imaginando el más allá. Mi más allá está al final de este vuelo. Adoro sobrevolar la Tierra, pero, sin remedio, soy terrenal. Nunca he necesitado imaginar otro mundo porque este en el que vivo me sigue ofreciendo una gran gama de atractivas realidades. Y, cuando una me ha sido adversa, no he tenido pereza para coger un avión y plantarme en otra. Soy una privilegiada: jamás he barajado la patera como medio de transporte. Además, suelo embarcarme en estos viajes sin desgarros, como lo hizo mi abuelo en su momento y luego mi padre. Uno puede echarle todo el dramatismo que desee y pensar en lo que deja atrás. Pero mi abuelo me enseñó a poner la mirada en la proa. Nuestros viajes han estado siempre cargados de ilusión. Hay también quien ve en ellos una huida: del miedo, de un desamor, de la soledad, del paro, de la monotonía. No le faltará razón, pero yo prefiero verlos como vuelos de búsqueda. Y cuando uno va con esa actitud, suele hallar lo que busca y se deja acariciar por esa brisa que le devuelve una libertad sisada. Mis vuelos más frecuentes, no obstante, son los imaginarios -mi yo terrenal nunca ha estado reñido con el soñador-. De unos y otros siempre vuelvo. Entonces la popa se hace proa y navega sobre otro mar de nubes. El pasajero a mi espalda evoca de nuevo el mundo celestial; mientras, yo confío en aterrizar en uno muy parecido al que dejé. Las diferencias las llevo en mi mirada renovada.

martes, 14 de febrero de 2012

Mirando atrás

Foto de Todd Winters
Y no comimos perdices, ni fuimos felices. No después de ese día. Pero si hay una razón por la que me gusta conservar fotos es precisamente esta: rescatar un momento feliz de un pasado que ya no recuerdo con tanto cariño. Y estas son palabras mayores, teniendo en cuenta lo sucedido. Ahora, con la perspectiva necesaria, miro esta foto y sé que mi gesto no era una pose para el puto fotógrafo. En ese momento creo que sentí una inmensa felicidad (o igual me engaño y solo me sentí liberado por el final de aquella absurda ceremonia). En fin, lo que sí es cierto es que lo de certificar nuestra unión fue idea de ella. Yo ya me sentía casado después de diez años juntos, pero supongo que, después de haberme aguantado tanto, se lo debía. Sin que ninguno de los dos pudiéramos preverlo, o igual también me autoengaño en esto, la boda marcó el principio del fin. Nos separamos a los tres meses. Hoy hubiéramos cumplido doce años de casados. Soy un desastre para las fechas, pero ella se aseguró de que no se me olvidara eligiendo el 14 de febrero del 2000. Los grandes almacenes se encargarían de recordarme cada aniversario. Si ya le tenía manía a este día del amor comercial, a partir de nuestra separación le cogí aún más coraje. Ella volvió a casarse y ya tiene dos hijos. Mi estado civil sigue siendo el de divorciado, aunque he tenido otras dos relaciones que acabaron en cuanto empecé a escuchar campanas de boda. Ahora vuelvo a estar enamorado y me ha dado tan fuerte que incluso dudo si habría sentido esto mismo con anterioridad. Solo llevamos seis meses y no me reconozco. Por primera vez en mi vida he comprado un gran ramo de rosas en el día de los enamorados y no, no lo he hecho solo porque a ella le haga ilusión. Es más, con Lucía me casaría mañana mismo (y no lo hago hoy porque estaría feo repetirme). En serio, con ella sí me veo envejeciendo. Y si me equivocase, siempre podría mirar atrás y rescatar esa foto que me recordara que hubo un día en que así lo creí. Por cierto, el que miraba a través del retrovisor de la limusina, ese puto fotógrafo, es el padre de los hijos de mi ex.

sábado, 11 de febrero de 2012

Enmascarando el miedo

Madrid, 1976 (Foto: familia Brito)
No es un abrazo de hermana mayor, o sí, pero es una hermana mayor buscando protección. Él es tres años más pequeño, conocía mis miedos y  asumió el rol de protector.
Las fobias son casi siempre infundadas, producto de la imaginación de quien las sufre y tan reales como el aire que respira. Consciente de la antipatía que mi fobia a los animales despertaba, siempre intenté disimularla como pude. Me cruzaba de acera cuando veía acercarse un perro; los murales en equipo para el colegio se realizaban en mi casa, libre de animales, y, cuando tocaba la tortuosa visita a la casa-jungla de la tía Yolanda, siempre llevaba pantalones largos y botas, fuera invierno o verano. Además, escondía las manos en los bolsillos de la chaqueta evitando así que un solo centímetro de mi piel se expusiera al roce con los múltiples seres vivos, y muertos, que encontraba en aquella casa veguetera. Mi pavor era el mismo al chihuahua y al pastor alemán que nos recibían en el zaguán que a las aves disecadas que reposaban sobre las estanterías; el loro parlanchín que revoloteaba a sus anchas por el patio de palmeras me provocaba el mismo terror que la alfombra de piel de cebra que se encontraba en el recibidor. La incomprensión estaba servida. Si no lograban entender por qué no acariciaba a su precioso gato persa, cómo iban a concebir que el mero roce del abrigo de piel de camello de tío Chano -otra de las excentricidades de aquella casa de los horrores- me hiciera saltar como un resorte ignorando el Cola-Cao caliente en mis manos o el primito gateando a mis pies.
A base de tantas situaciones embarazosas -y peligrosas-, mi hermano pequeño, aun dolido por no poder tener una mascota en casa, terminó por ponerse de mi lado. Por eso, en esta foto, recuerdo de nuestra primera visita al Parque de Atracciones de Madrid, tomó las riendas. Pude así mantenerme alejada de la piel de ese poni que, seguramente, tampoco quería estar ahí. Y hasta fui capaz de sonreír porque, ante todo, había que enmascarar el miedo.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Deseos

Foto de Todd Winters

Pedir deseos es gratis, o casi. Si se los pides a alguna imagen católica, la santa institución te invita a que compres una vela o deposites la voluntad cuando pasan el cepillo (siempre barriendo para casa). Luego están esas fuentes emblemáticas donde puedes solicitar el cumplimiento de un sueño a cambio de una pequeña moneda que arrojas al fondo de sus aguas. Cuando era adolescente, y los deseos se me acumulaban, imitaba este lanzamiento de moneda en los pantanos cercanos a Madrid; usaba pequeñas piedras cuidadosamente preseleccionadas, lo cual salía mucho más económico y, ahora que lo pienso, ecológico. Si conseguía que rebotaran tres veces sobre la superficie del agua tenía el convencimiento de que aquel deseo se me iba a cumplir. Hace tiempo que perdí esta destreza de convertir a las piedras en saltamontes acuáticos, probablemente a base de batacazos de anhelos incumplidos. Ahora me dejo llevar por el destino que, todo hay que decirlo, no me ha tratado mal. Sin embargo, se ve que mi educación católica hizo mella en mí porque, en ocasiones, me veo hablando con él como si del propio Jesús de Medinaceli se tratara. Ya no le pido que intervenga en situaciones relacionadas con amores no correspondidos, ni pretendo ambiciones materiales; son deseos de vida, de mediar ahí donde la ciencia médica desahucia a un amigo o a un familiar. Pero nada, mi destino está tan sordo como esos santos de piedra o madera policromada.

viernes, 3 de febrero de 2012

Rey mar. Pinteratura mixta. Pintura- J. Paz. Texto- María Brito.


Pinteratura de J. Paz

Acababa de salir a cubierta a encenderse la cachimba y, de pronto, un golpe de mar lo deja en mitad del océano. Rafael Florimpo (como lo conocían en su Agaete natal por llevar siempre una flor en la solapa de su chaqueta) no tuvo tiempo de pedir auxilio y ninguno de sus marineros se percató de la caída. Enseguida supo que necesitaría un milagro para salir de aquella inmensidad. Era patrón de un barco de cabotaje que cubría la ruta Gran Canaria-La Palma transportando sacos de carbón. Hacía solo unos minutos había dejado en el puente de mando a su hijo mayor; sabía que tardaría en echarlo de menos. Era la víspera de Reyes y tenía previsto llegar a puerto antes del anochecer, a tiempo para colocar las almendras garapiñadas junto a los zapatos de sus hijos más pequeños. Mientras veía el barco alejarse se encomendó a su dios; le recordaba que tenía esposa y nueve hijos y que el décimo estaba en camino. Le rogó que fuera misericordioso y no permitiera que sus pichones vivieran asociando la noche de Reyes con el día en que desapareció su padre. Sabía nadar bien, pero el mar comenzaba a volverse bravo y a tomar el color de esas nubes negras que se posaban sobre él. Pasaron casi tres horas, pero, justo cuando las fuerzas  le flaqueaban y su ánimo se rendía, divisó su barco. Agradecido, hizo la promesa de ponerle a su próximo hijo el nombre del santo correspondiente al cinco de enero.
    Nació en primavera. Fue niña y, como había prometido, la bautizó con dos de los nombres que aparecían en su almanaque santoral para aquel día: Telesfora Amelia. Transcurridos los años, los funcionarios de la comisaría donde Amelia acudía a renovar el carnet de identidad, le informaban de que, si lo deseaba (se ve que ellos sí), podía prescindir de su primer nombre. Pero ella no iba a permitir que una sola tecla de esos nuevos ordenadores borrara la promesa de su padre. El carbón nunca llegó a los zapatos de ningún niño de la isla de Gran Canaria; a su casa sí llegó el Rey Mago, con la corona mojada y fría, y disfrutó de él por muchos años.

martes, 31 de enero de 2012

No ven, ni oyen, ni huelen

Foto de Todd Winters
Todos los días me repito que no lo volveré a hacer, pero vuelvo a caer. Incluso Canela ha desarrollado un buen olfato para localizar a las parejas más ardientes. Y eso que el número de amantes sin techo no hace más que crecer –otra consecuencia de la crisis, seguro-. Salgo con ella a última hora de la tarde y se va parando tras aquellos árboles desde donde puede divisarlos con cierta claridad, pero solo es capaz de evacuar cuando topa con amadores que ya tienen las serotoninas en ebullición. Entonces me apuro a recoger su deposición, la tiro en la primera papelera que encuentro y vuelvo rápidamente a casa para dejar a Canela. Y bajo solo. Siempre vuelvo a bajar, por más que me digo a mí mismo que debo parar. Y aun tengo la sangre fría de cambiarme de chaqueta a sabiendas de que con la negra logro camuflarme mejor. Vuelvo al árbol que Canela ha preseleccionado para mí. Ya el sol se ha puesto. La noche les vuelve desinhibidos. Los observo. Permanecen en el banco; ella se coloca sobre él y pasados unos minutos dejan de ver, de oír, de oler; son puro sentido del tacto. Ya me puedo acercar sin peligro de ser descubierto; me apodero del bolso que se halla a tan solo unos centímetros de sus cuerpos. Solo me quedo con el dinero; el resto lo dejo en la misma papelera donde deposité los excrementos de mi perra. Rara vez me hago con más de veinte euros. ¡Puta crisis!