domingo, 13 de mayo de 2012

Soledad en compañía

Foto: Marcos Bolaños
La paciencia es su gran virtud, aunque no siempre fue así; cuando era cachorro reclamaba tu atención a todas horas. Luego aprendió que ninguna de tus amantes le iba a hacer sombra. Ya había ganado tu amor y nunca lo traicionarías. Ahora anda un poco enfadado con ese nuevo móvil que te mantiene ausente incluso cuando estás junto a él. Si no estás hablando con alguien, andas deslizando tu dedo índice sobre su pantalla y apenas le miras a los ojos. Espera tu caricia pacientemente. Sabe que ningún contacto virtual puede competir con el contacto físico que él te ofrece. Y tú también lo sabes. Cuando sales de esa abducción digital, no hay nada que te guste más que tirarte al suelo y huir de sus besos en tu oreja. Es una huida ficticia. Das vueltas con él sobre el césped, o en el suelo de casa, y finges enojarte; él parece calcular sus fuerzas para no hacerte daño. Terminas exhausto y dejas que sus besos te alcancen finalmente. Esta tarde mirabas a esas minúsculas viviendas que hay frente al parque y pensabas en las vidas detrás de esas paredes. Cientos de hombres y mujeres con preocupaciones parecidas, miedos similares y un anhelo común: el contacto, físico o virtual. Sabes que por eso es tan importante la soledad. Disfrutas del silencio, del placer con tu propio cuerpo, de tus monólogos para después entregarte al ruido, al placer del otro, al diálogo. Lo has conseguido: disfrutas de la soledad en compañía.

lunes, 7 de mayo de 2012

Viviendo Recuerdos

Foto: María Brito
Se miraban a los ojos e inconscientemente grababan en sus retinas aquella mañana lluviosa de mayo. El paseo en barca había sido organizado la noche anterior desde sus WhatsApps  y ningún parte meteorológico les hizo cambiar de planes. La lluvia recién caída había espantado al violinista que cada domingo amenizaba a los remeros desde la orilla del lago. A ellos les bastaba con los acordes del agua batiendo contra su barca. Su inocencia les impedía predecir cualquier final. No eran capaces de intuir la monotonía, la mentira, el hastío. Sus neuronas sí lo sabían y por ello se esmeraban en retener el sonido del agua, el olor del champú de su pelo, el intercambio de sueños, el sabor a pepinillos en vinagre que juntos habían aprendido a saborear. Lo vivían y lo guardaban en ese espacio del cerebro donde iban acumulando los buenos recuerdos. Tirarían de ellos cuando los días nublados se tornaran de nuevo grises o cuando la lluvia volviera a resultarles molesta. La discreción les impediría compartir estos recuerdos con los amantes que llegarían más tarde. La mayoría de esas memorias se irían difuminando para ser sustituidas por otras; algunas se salvarían del olvido gracias a otro día gris, a otra lluvia, a otro pepinillo que les devolvería aquella mañana lluviosa de mayo y les arrancaría una sonrisa. Aquella era la clave: vivir con intensidad los recuerdos de mañana.

miércoles, 25 de abril de 2012

Carta desde Estambul

Foto: Todd Winters

Querida amiga:
Apenas llevo tres días por estas calles de Estambul y, como siempre, te veo en cada rincón. Ayer volvimos a cruzar el puente del Bósforo al atardecer. En la sonrisa de Álvaro se adivinaba el poema que horas después escribiría. Ya, ya sé que te alegras de verme tan feliz. A veces me cuesta creer que esté viviendo este sueño. Entonces te imagino observándonos y siento tu alegría sobre nuestros pasos. Hoy fuimos al Bazar de las Especias y me compré el molinillo de pimienta que te llevé la última vez que estuve aquí. De repente, tengo la sensación de que todo pasó hace mucho tiempo. Sé que soy tonta, pero ¡cómo me cuesta respirar sin oír tu voz! Me resulta muy fácil imaginar tu rostro, escuchar tu risa, pero no logro oír tu voz. Hago esfuerzos por recordarla y, cuando parece que viene, se termina escapando de nuevo en mi memoria. Te escribo desde el hotel. Álvaro también está escribiendo junto a la ventana. Tenemos vistas a la Mezquita Azul y a Santa Sofía. Aunque es mi tercera visita a esta ciudad, y la adoré desde el primer minuto, solo ahora he sido capaz de percibir todos sus colores. Esta mañana amaneció nublado y ya sabes cómo odio los días grises. Pues bien, aquí me parecen bellísimos. Nos levantamos muy temprano (ya conoces a Álvaro: tiene que oír el canto de los primeros pájaros) y fuimos a pasear por el barrio de OrtaKöy; los pescadores llegaban de faenar en ese momento. Hemos visto chicharros y mújoles. En un ratito saldremos a cenar y, sí, pediremos pescado. Estarás sentada junto a nosotros en la mesa. Siempre estás. Un beso enorme, amiga.

domingo, 22 de abril de 2012

La mar

Foto: Marcos Bolaños
La ciudad celebraba el fin de semana. Se olvidaba de la crisis, o discutía sobre ella frente a unas cervezas. Marcos repasaba su agenda de contactos en el i-Phone, su lista de amigos en facebook; no se le ocurría a quién llamar para compartir aquella velada. La mayoría de sus noches en solitario habían sido voluntarias. Le gustaba disfrutar de su soledad después de una semana frenética de discusiones telefónicas, correos devastadores y reuniones inútiles. Hoy, sin embargo, necesitaba compañía. Desde las tres de la tarde del viernes se había encerrado en casa. Llevaba casi treinta horas sin escuchar salir de su boca un solo sonido. No era nuevo para él. Eran muchos los lunes que se sorprendía al oír su “buenos días” dirigido al chófer de la guagua. Su voz sonaba ronca y quebrada. El chófer se reía con un “Hubo juerga este fin de semana, ¿eh?”. Marcos le respondía con una sonrisa. Los meses de aquel aislamiento elegido habían terminado por dejarlo solo de verdad. La playa se había convertido en su única compañera. En el paseo a primera hora de la mañana eran muchos los solitarios que, como él, buscaban en el sonido de las olas al interlocutor deseado. El baño nocturno era distinto. El murmullo de las conversaciones en las terrazas del paseo de la playa competía con el rugir de las olas. Los pocos transeúntes de la orilla iban en compañía y aquella imagen le dolía. Entonces se adentraba en el mar y le hablaba. Primero, susurrándole; luego, a gritos. En unos segundos aquellas olas desaparecían llevándose con ellas sus secretos. Entendía a los marineros: el mar era mujer.

miércoles, 18 de abril de 2012

Entre aguaceros

Foto: María Brito
Se ha levantado como el día: gris y melancólico. Observa a su nieto poner los libros a salvo de la lluvia. Esta maldita agua siempre ha sido su gran enemiga. No se siente culpable por maldecirla: sabe que ha inspirado tantas palabras como ha hecho desaparecer. En algún lugar de esta ciudad hay en este instante un poeta que, iluminado por estas gotas deslizándose en su ventana, anda uniendo sonidos. Sin embargo, aquí, en su vieja librería, todos esos sonidos volverían a convertirse en pasta de celulosa si se descuidase, y la tinta con la que fueron dibujados, vulgares nubes grises como las que hoy cubren Madrid. Algunos, los agoreros de siempre, le dicen que no se preocupe por ponerlos a salvo, que los libros tienen los días contados; él no se lo cree. Dijeron lo mismo del cine cuando apareció la televisión y ahí sigue Hollywood, llenándose los bolsillos de dólares. “Que no, que la informática también se va a cargar al cine y la música”, le replican. De tanto oírlo se lo empieza a creer, aunque sabe que él no va a tener tiempo para verlo. Mira a su nieto y siente lástima. No entiende por qué se empeña en seguirle los pasos a pies juntillas. Al igual que él, no quiere saber nada de tecnologías: ni de móviles, ni de ordenadores, ni mucho menos de blogs o redes sociales. Le explica que negarse a los cambios es cosa de viejos y no son propias de alguien de su edad, y le recuerda que las batallas se ganan desde dentro. Y si no, mírenlo a él, convertido en personaje de ficción en un blog de una aficionada a las palabras.
Nota: efectivamente, cualquier parecido entre el personaje de este texto y el señor de la fotografía es pura coincidencia. Al verdadero él lo pueden encontrar en la entrañable Librería San Ginés, en el Pasadizo de San Ginés, 2, Madrid. Por cierto, si supieran que no es de su agrado aparecer en este blog, solo tienen que decírmelo.

domingo, 15 de abril de 2012

Magnolias

Foto: María Brito
No fue una simple casualidad que se cruzaran delante del objetivo de mi cámara. Tampoco que eligieran vestirse de amarillo limón y verde pasto. Y que las dos se encontraran en la calle Montera no era en absoluto fruto del azar. Sus vidas se habían ido cruzando intermitentemente desde que eran adolescentes, pero hasta hoy no fui consciente de sus ‘magnolias’. Suelo usar este término para definir esos encuentros que se van entrelazando en el espacio y el tiempo sin que, a priori, veamos la conexión entre ellos: lo tomé de la película de Paul Thomas Anderson que, por cierto, las dos vieron en el cine Bogart, no muy lejos de aquí, en la calle Cedaceros, unos meses antes de que lo cerraran y cuando aún soñaban con encontrar al amor de sus vidas. La elección de esa sala tampoco fue casual. Las dos eran fans de Humphrey y eran capaces de ver Casablanca una y otra vez y emocionarse en cada ocasión. Al igual que Ingrid, se metían en historias de amor con final anunciado. Y ya sé que todas las historias de amor tienen un final, pero los suyos los predecía hasta el romántico más totorota. Aunque ahora no lo recuerdan, las dos coincidieron por primera vez en el Instituto “Ciudad de los Poetas”, un centro situado en un barrio de Madrid que carecía de toda lírica hasta que en él coincidió la promoción del 82. Estaban en primero de BUP cuando fueron, junto a su profesor de historia, al mitin de Felipe González en la Complutense, y en COU organizaron la quedada para ir al entierro de Tierno Galván. Incluso a ellas les cuesta rememorar aquel cielo azul antes de que la gaviota blanca empezara a defecar sobre sus cabezas. Tampoco ninguna de las dos visualizó su cuerpo al servicio de los transeúntes de Madrid. Ni estos que pudieran contar con dos mujeres que supieran hacer su trabajo con tanta profesionalidad y galantería. Estoy tentada a recordarles esas magnolias para que me cuenten todas las que me perdí. Estoy segura de que sus vidas llenarían las páginas del mejor best-seller.

domingo, 8 de abril de 2012

Joven, proactivo y resolutivo

Foto: María Brito
El hombre del traje negro pasa de largo. No reconoce en el adiestrador de conejos al “joven con buena presencia, proactivo, que empatice fácilmente y resolutivo” que anda buscando. Esta mañana, como cada mañana desde hace tres años, el propietario del conejo consultó las páginas de empleo en Internet, leyó esas mismas palabras y tampoco se reconoció en ellas. Es cierto que ya no es joven, pero, antes de que el hambre le dibujara esos surcos en la cara, podía presumir de buena presencia. Lo de proactivo no ha sido capaz de encontrarlo en el diccionario; debe de ser un sinónimo del dinámico de los años ochenta. Entonces también buscaba trabajo; eran los años de su incorporación al mundo laboral; consultaba las páginas anaranjadas de El País, seleccionaba las ofertas que le interesaban, sacaba fotocopias de su curriculum y los enviaba por correo postal. Antes, le pedía a su madre que acariciara los sobres y pronunciara aquella “suerte mulana” que durante toda su formación tan buena fortuna le había traído. Se trataba de una expresión aprendida en los años que vivieron en el Sáhara; jamás se presentaba a un examen o a una entrevista de trabajo sin antes oír esas dos palabras. Había estudiado electrónica en un instituto de formación profesional. Su primer trabajo consistió en colocar cámaras anti-robo en empresas y particulares de Puerta de Hierro y Mirasierra. La crisis también golpeaba fuerte y los robos estaban a la orden del día. En los noventa trabajó para Telemadrid  y le gustaba alardear de ser uno de los testigos del atentado de los GRAPO. Luego llegó el contrato con “laTelefónica” –con  artículo- y los bancos le pusieron la alfombra roja al cuasi-funcionario. Todo eso le parece ahora parte de la prehistoria. Hace tiempo que dejó de creer en la suerte. No recuerda cómo le vino a la memoria aquel gitano de la cabra y la escalera de su adolescencia, pero fue lo que le animó a echarse a la calle con su conejita. Buscó un hueco en la calle Arenal, frente a un comercio con los surcos del fracaso dibujados en sus ventanas, y ahí la colocó; Mulana sí que empatiza fácilmente con los transeúntes. Para el hombre del traje negro son invisibles. Sin embargo, él, resolutivo, que yo recuerde, siempre fue.

sábado, 31 de marzo de 2012

Roces

Foto de Todd Winters

El narrador omnisciente de Madame Bovary  no se atrevió a entrar en el carruaje en el que Emma y su amante León saciaban su apetito sexual mientras el chófer recorría a galope las calles de la ciudad de Rouen. Apenas se aventuró a descubrirnos una mano desnuda que asomaba por unas cortinas amarillas para dejar caer unos pedacitos de papel. Lo que allí dentro sucedió lo dejó en manos del lector. La narradora de esta fotografía no tiene cortinas tras las que esconder a estos inminentes amantes. Ellos aún desconocen el desenlace de ese roce de piernas que la estrechez del espacio les obliga a mantener. El conductor, un alcahuete de carretera, observa la escena desde el retrovisor y procede a aumentar la velocidad que, sabe bien, facilitará el devenir de los acontecimientos. Esta repentina aceleración obliga al pasajero de la izquierda a apoyar su pie en el armazón del vehículo, y pasa su brazo derecho por detrás de la espalda de su compañero. Advierte entonces que éste también comparte su temor a caerse y siente su torso acercarse al suyo. Se habían prometido a sí mismos que nada iba a suceder en este viaje; conforme se acercan al hotel, saben que no van a poder cumplir esa promesa. Ahora no quieren pensar en arrepentimientos. Puestos a lamentarse, prefieren hacerlo sobre lo que está a punto de suceder.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Miradas extraviadas

Foto: familia Brito (La Güera, 1973)
Pasan a mi lado, subimos a la misma guagua para ir al trabajo, nos acaricia la misma brisa de mar y hasta es muy posible que compremos el té en la misma tienda; aun así, no somos capaces de reconocernos. Perdí sus miradas hace más de tres décadas y encontrarlas se vuelve complicado. Sí sería capaz de reconocer el azul de los ojos de Aleua, el padre de Jeresquina, la mediana de las tres. Pasados los años, solíamos encontrarnos paseando por la playa de Las Canteras. Recuerdo con toda claridad nuestro intercambio de Salam Alikum, el abrazo emocionado con mi padre y cómo me besaba la frente mientras me transmitía bendiciones que yo nunca logré entender. Aleua vestía siempre un deraa azul, el traje tradicional saharaui, y llevaba turbante blanco, lo que contrastaba maravillosamente con su piel canela y el azul de sus ojos; cuando se cruzaban con los ojos verdes de mi padre, aguados de emoción, parecían competir con el mar que los enmarcaba. Los dos marcharon hace tiempo y ninguna heredamos el color de sus iris que tal vez podría haber facilitado nuestro encuentro. Jeresquina sigue viviendo en nuestra isla y estoy segura de que vive porque su madre, Fatima (con acento en la segunda sílaba), después de haber perdido varios bebés, la llamó así por el significado de su nombre: “la que nunca muere”. Jaddama, la más alta, es la hija de Deidí y Buba y también es muy posible que caminemos por las mismas calles. Ya saben que me gusta soñar. Sueño que alguno de los que están leyendo estas Palabras reconoce esta foto, o que incluso haya visto una muy parecida: la versión que se apoderó de nuestras miradas. Sueño que nos encontramos frente al mar, que viajamos a La Güera, que volvemos a unir nuestras manos y que nuestras miradas extraviadas vuelven a dejarse retratar.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Mientras tanto (2)

Foto de Joe C. Moreno
Hay silencios que se leen y escuchan con más claridad que las palabras. Los hay bellos y también dañinos. Una cama deshecha, un olor, una prenda olvidada, una mirada -o incluso su omisión- y creamos un rompecabezas que bien puede reconstruir o quebrantarnos el alma. Hicimos un pacto de silencio y funcionó durante un tiempo. Cuando me propuso no prometernos fidelidad supe que no era mi imagen acompañada de un amante la que tenía en mente. Por eso sugerí callar; entonces pensé que esas elipsis lograrían alargar el ‘mientras tanto’, pero me equivoqué. O igual no. Igual de haber hablado antes ya le habríamos puesto fin. Lo cierto es que durante meses ninguno de los dos necesitó mirar para otro lado. El deseo por poseernos solo respetaba el horario laboral y, alguna vez, ni eso. Redujimos las salidas con los amigos, los encuentros familiares, las horas en el gimnasio -bien es verdad que de ejercicio físico íbamos bien servidos- y hasta las lecturas. Maldije la experiencia que me ponía en alerta de que aquello tenía fecha de caducidad. Y llegó la calma y con ella sus compromisos laborales fuera de la isla. Al principio, la distancia aumentó el deseo; luego, lo fue apagando. Los dos mantuvimos el silencio pactado, pero con el tiempo se ha vuelto ensordecedor; por eso ya no me molesto en hacer la cama, ni en esconder las prendas olvidadas. El silencio habla a gritos y solo es cuestión de que uno de los dos quiera pararse a escucharlo.

domingo, 18 de marzo de 2012

Mientras tanto


Foto de Joe C. Moreno
Hacía rato que había perdido el hilo de lo que leía pero fingí seguir leyendo. La conversación de la pareja que se había sentado enfrente era mucho más entretenida. Deduje que se trataba de una relación reciente que intentaba acordar ciertos pactos. Escuché cómo ella sugirió no entrar en los detalles de relaciones anteriores, excepto para contar alguna que otra anécdota de índole humorístico. A él le pareció una buena idea. Entonces, y sin anestesia de por medio, él le propuso no prometerse fidelidad. Levanté la cabeza para ver la reacción en la cara de la mujer; apoyó su mentón en ambas manos y, mientras seguía escuchando, se daba pequeños golpes con los dedos en los labios; pude deducir que aquella propuesta no era del todo de su agrado. Él argumentó que los dos tenían la experiencia suficiente como para saber que la monogamia era un invento que jamás había funcionado y que empeñarse en compartir tu cuerpo con una sola persona era quimérico. Luego matizó que tan solo se trataba de no vetarse la posibilidad de mantener relaciones físicas con otras personas; añadió que la ausencia de esa prohibición les llevaría, casi con toda probabilidad, a mantener menos relaciones que esos otros hipócritas que han prometido fidelidad eterna y a la primera de cambio andan metiéndose entre las sábanas de otra. Hubo un pequeño silencio –a mí se me hizo eterno- y habló ella: “De acuerdo, pero haremos como con las relaciones pasadas; no nos las contaremos. Sabremos que existen pero ni tú me hablarás sobre ellas, ni yo a ti.” El eco de sus últimas palabras se leía en la mente de él: "ni yo a ti...". Pensé que sería otra relación abocada al fracaso; antes, tenían por delante el mientras tanto y se podía adivinar que iban a saber disfrutarlo.

lunes, 12 de marzo de 2012

Anónima

Foto de Todd Winters
Entró en el bar sola. Se sentó en una de las mesas centrales y pidió una cerveza. Nada le gustaba más que perderse en una gran ciudad saboreando su anonimato, alerta a todo lo que sus sentidos percibían sin las distracciones de una compañía. Apenas había clientes  y aprovechó para sacar esta foto, pero en cuestión de minutos las sillas se fueron ocupando. Empezó entonces a ponerle voz a los que desde ellas la observaban con miradas soslayadas. Y escuchó la de los más inocentes: apuesto a que el novio se retrasa porque está viendo el partido de fútbol. La de los pragmáticos: debe de ser una erudita en música clásica que hoy no encontró un cómplice. A las que se veían reflejadas en ella: no hay duda, divorciada, con hijos adolescentes y resentida con la vida. A los inseguros: fijo que es solterona, demasiado segura de sí misma, a esa no hay quien se acerque; mírala, ni sonríe. A los turistas: otra extranjera, italiana o española; el marido se ha quedado durmiendo una borrachera en el hotel. A los más torpes: ese huevo quiere sal; le voy a entrar en cuanto me vuelva a cruzar la mirada con ella. A los solitarios: otra de mi gremio, a ratos deleitándose, a ratos maldiciendo su soledad. La de los románticos: una poeta en busca de inspiración; seguro que está anotando un verso roto en su bloc de notas. En ese momento decidió silenciar sus voces, soltó el bloc y se deslizó en aquella sonata número 5 de Primavera.

jueves, 8 de marzo de 2012

El perfume de las flores

Foto de Todd Winters
Si solo prestara atención a su aspecto físico, apenas me reconocería en ella. A su edad, mi piel siempre andaba bronceada por el sol, jamás tuve el pelo largo y rara vez vestía falda. Con tres hermanos varones, la sección de niñas de los grandes almacenes siempre quedaba a desmano. Sin embargo, aun con mi envoltorio varonil, sí me reconozco en su delgadez, en su desparpajo, en su coquetería. En esa preadolescencia yo soñaba con ser presentadora de telediario. Me sentaba a los pies de la cama de mis padres, justo enfrente del armario de luna, y mirando al espejo leía en voz alta algún artículo de periódico. El reto consistía en hacer el mayor número posible de contactos visuales con mi propia mirada y lograr que se alargaran en el tiempo. Para complicarlo, a veces cogía una montura de unas viejas gafas de mi madre y jugaba a ponérmelas y quitármelas, al puro estilo Rosa María Mateo. Este sueño, como otros muchos, nunca se cumplió. La mayoría ni siquiera los recuerdo; otros vuelven de vez en cuando para intentar mellar mi alma. Entonces, paso unos días espantándolos hasta que logro deshacerme de ellos. Lucía también sueña con verse frente a una cámara, aunque lo suyo es la interpretación y sus horas frente al espejo superan con creces las mías. No obstante, si hay un aspecto en el que nos diferenciamos absolutamente, ese es en la manera de lidiar con los sentimientos. Ella apenas los esconde y me hace partícipe de su tiovivo afectivo de amores y desamores sin el mínimo rubor: hoy, caballito arriba cuando recibe un gesto de esperanza; mañana, caballito abajo cuando percibe un desplante. A mi tiovivo subía yo sola y en el más absoluto de los silencios. Me pregunto si será esa la razón por la que no logro oler el perfume de las flores.

domingo, 4 de marzo de 2012

Estacionando recuerdos

Foto de Todd Winters
En su estado no debía manejar y su destino jugó la baza de extraviarle las llaves del carro. Estaba a unas ocho cuadras de su departamento, sin lana y sin llaves; no le quedó otra que echarse a caminar. Cuando tenía unos tequilas de más encima, cualquier prohibición se le antojaba una provocación. Así que decidió estacionar su cuerpo frente al primer cartel que le retaba a restringir sus libertades.
Sus cuates se habían retirado apenas vieron asomar los primeros rayos del sol. Lo dejaron abrazado a una güerita cuyo hedor no se escapaba ni a sus olfatos atrofiados por el trago. Intentaron convencerle, sin éxito alguno, de que se retirara con ellos. Tampoco insistieron demasiado; lo conocían bien. Se sentía un miserable, buscaba tocar fondo y estaba a punto de conseguirlo. Una vez en casa comenzaría el proceso de pasar la cruda recordando cada una de las babosadas poéticas de las que había platicado durante toda la noche; desgraciadamente, de amnesia etílica nunca había padecido. Repasaría también su periplo por las cantinas de mala muerte en las que había pernoctado y le vendría a la memoria la güerita maloliente cuyo olor adherido a su camisa competía ahora con el zotal de la banqueta sobre la que yacía. Eso, no obstante, sería más tarde. Ahora cerraba los ojos y, agarrándose el corazón, intentaba estacionar los recuerdos que le habían llevado hasta allí. Una vez bailado el tango, conocía el proceso: se levantaría, daría un paso, luego otro, y otro, y uno más…

miércoles, 29 de febrero de 2012

Feeling blue

Foto de Todd Winters
Se topó con esta foto y no necesitó buscar la etimología de esa expresión anglosajona que encontraba tan contradictoria: feeling blue. Lo tenía: el azul también podía evocar melancolía. Ella siempre había asociado este color, su color desde que era niña, a ese cielo velazquiano de Madrid o al azul atlántico de su orilla. Y lo que ambas imágenes le sugerían estaba muy lejos de cualquier sentimiento de tristeza. Sin embargo, el mismo embarcadero que ayer le evocaba un maravilloso sueño, hoy, teñido de azul, le afligía una profunda sensación de quebranto, de pena. ¡Oh, cómo detestaba esa palabra! Hay pocos términos tan pusilánimes como ese. Pero era justo el que se le venía a la cabeza cuando veía las agujas de reloj correr frente a otro azul, el azul que rodeaba a la letra ‘f’ de esa red social. Cuando lograba zafarse de ella, ese espacio lo ocupaban los libros, el cine o la escritura. Se trataba de un simple cambio de personajes. Unos reales, que se manifestaban a través de una fotografía, y otros ficticios a los que tenía que poner cara o creérselos si los hallaba en una película. Sin dudarlo, se sentía más acompañada por estos últimos. Estando con ellos nunca se sentía blue. Pero, si alguna vez lo estaba, seguía los consejos de una gran dama, Ella Fitzgerald, y volvía a crear un sueño.

domingo, 26 de febrero de 2012

Soñando

Foto de Todd Winters
Mi sueño acelera el paso cuando escucha mi respiración avanzar detrás de él, tal y como hace mi hijo cuando oye mis pisadas acercándose a las suyas. Noah adora este juego; corre huyendo de mí mientras ríe a carcajadas y todo su cuerpo se tambalea sin que sus pequeños pies apenas toquen el suelo. Mi sueño ni siquiera llega a rozar ninguna superficie y, precisamente por eso, sé que, al igual que hago con Noah, debo seguirle de cerca. Puede que no le dé alcance y esa es la razón por la que intento disfrutar de esta persecución. Es más rápido que mi hijo y al mínimo despiste desaparece de mi vista. Son solo unos segundos, pero la angustia me invade hasta dejarme sin respiración. Cuando vuelvo a divisarlo, acelero mi paso y él, por fin, parece ralentizar el suyo. Es entonces cuando creo en la posibilidad de alcanzarlo y mi imaginación lo reproduce con todo detalle: oigo el sonido del agua golpeando contra un embarcadero; Noah corre hacia su padre, que se encuentra pescando al final del mismo junto a la atenta mirada de nuestra perra Lua. El sol se está poniendo y yo voy unos pasos por detrás, siguiendo las huellas mojadas que dejan sus pisadas. En mi fantasía no existen terceros cuya desdicha ensombrece mi felicidad. No están en esta escena, aunque los imagino viviendo otro sueño igualmente bello. Luego, cuando vuelvo al mundo real, me alejo unos metros de él y lo observo con perspectiva. Mi realidad es probablemente el sueño de alguien que camina unos pasos por detrás de mí. La vivo consciente de ello, lo que no me impide construir en mi imaginación nuevas proposiciones, y procuro hacerlo aun cuando me asalta el cansancio de tanto soñar.

viernes, 24 de febrero de 2012

Mira, es gratis

Foto: María Brito (Nueva York, 2011)
Ha visto una inmensa pared con unas nubes pintadas y una pequeña ventana y la curiosidad ha podido con ella. Mi ordenador se llena a lo largo del día de ventanas a las que, a priori, no tenía pensado asomarme. La mayoría muestra productos en los que no estoy interesada, pero de vez en cuando me topo con diamantes como los que exhibe este escaparate de Tiffany (no todos son perlas). No deja de sorprenderme la generosidad de los cibernautas. Tanto egoísmo ahí fuera y tanto altruismo por estos lares. Hay quien piensa que se trata de otra forma de narcisismo y que ese afán por compartir no es más que una necesidad de ser visto u oído. No seré yo quien contradiga esta afirmación. Me preocupan más los que opinan que el que escribe no debe ser remunerado porque su actividad no es un trabajo sino una necesidad vital de expresarse. Además, mantienen, si sufre penurias económicas (o amorosas, o políticas) seguro que de ahí sale un mejor poeta. Estos mismos deben pensar que los actores, los músicos, o los maestros que ejercen su trabajo con pasión no deberían recibir un sueldo. Están a favor de las donaciones que reciben por los que encuentran su trabajo gratificante o productivo; piensan que se les debe pagar a posteriori, cuando uno sienta que su obra le ha aportado algo, o cuando el estudiante de filosofía encuentre trabajo en su campo. Los que ejercemos nuestra ocupación con pasión o, simplemente, por sentirnos bien con nosotros mismos, andamos callados. Algunos incluso nos quejamos y mostramos desgana, no vaya a ser que a alguien se le ocurra el sistema de las propinas, como el que siguen los camareros americanos.  Ya sabemos lo que ocurre en la Gran Manzana: oyen nuestro acento español y nos incluyen la propina en la cuenta. Te conozco, Mascarita.

lunes, 20 de febrero de 2012

Vuelos

Foto de Todd Winters
Es muy posible que el pasajero sentado detrás de mí, y que observa a través de su ventanilla esta misma imagen, ande imaginando el más allá. Mi más allá está al final de este vuelo. Adoro sobrevolar la Tierra, pero, sin remedio, soy terrenal. Nunca he necesitado imaginar otro mundo porque este en el que vivo me sigue ofreciendo una gran gama de atractivas realidades. Y, cuando una me ha sido adversa, no he tenido pereza para coger un avión y plantarme en otra. Soy una privilegiada: jamás he barajado la patera como medio de transporte. Además, suelo embarcarme en estos viajes sin desgarros, como lo hizo mi abuelo en su momento y luego mi padre. Uno puede echarle todo el dramatismo que desee y pensar en lo que deja atrás. Pero mi abuelo me enseñó a poner la mirada en la proa. Nuestros viajes han estado siempre cargados de ilusión. Hay también quien ve en ellos una huida: del miedo, de un desamor, de la soledad, del paro, de la monotonía. No le faltará razón, pero yo prefiero verlos como vuelos de búsqueda. Y cuando uno va con esa actitud, suele hallar lo que busca y se deja acariciar por esa brisa que le devuelve una libertad sisada. Mis vuelos más frecuentes, no obstante, son los imaginarios -mi yo terrenal nunca ha estado reñido con el soñador-. De unos y otros siempre vuelvo. Entonces la popa se hace proa y navega sobre otro mar de nubes. El pasajero a mi espalda evoca de nuevo el mundo celestial; mientras, yo confío en aterrizar en uno muy parecido al que dejé. Las diferencias las llevo en mi mirada renovada.

martes, 14 de febrero de 2012

Mirando atrás

Foto de Todd Winters
Y no comimos perdices, ni fuimos felices. No después de ese día. Pero si hay una razón por la que me gusta conservar fotos es precisamente esta: rescatar un momento feliz de un pasado que ya no recuerdo con tanto cariño. Y estas son palabras mayores, teniendo en cuenta lo sucedido. Ahora, con la perspectiva necesaria, miro esta foto y sé que mi gesto no era una pose para el puto fotógrafo. En ese momento creo que sentí una inmensa felicidad (o igual me engaño y solo me sentí liberado por el final de aquella absurda ceremonia). En fin, lo que sí es cierto es que lo de certificar nuestra unión fue idea de ella. Yo ya me sentía casado después de diez años juntos, pero supongo que, después de haberme aguantado tanto, se lo debía. Sin que ninguno de los dos pudiéramos preverlo, o igual también me autoengaño en esto, la boda marcó el principio del fin. Nos separamos a los tres meses. Hoy hubiéramos cumplido doce años de casados. Soy un desastre para las fechas, pero ella se aseguró de que no se me olvidara eligiendo el 14 de febrero del 2000. Los grandes almacenes se encargarían de recordarme cada aniversario. Si ya le tenía manía a este día del amor comercial, a partir de nuestra separación le cogí aún más coraje. Ella volvió a casarse y ya tiene dos hijos. Mi estado civil sigue siendo el de divorciado, aunque he tenido otras dos relaciones que acabaron en cuanto empecé a escuchar campanas de boda. Ahora vuelvo a estar enamorado y me ha dado tan fuerte que incluso dudo si habría sentido esto mismo con anterioridad. Solo llevamos seis meses y no me reconozco. Por primera vez en mi vida he comprado un gran ramo de rosas en el día de los enamorados y no, no lo he hecho solo porque a ella le haga ilusión. Es más, con Lucía me casaría mañana mismo (y no lo hago hoy porque estaría feo repetirme). En serio, con ella sí me veo envejeciendo. Y si me equivocase, siempre podría mirar atrás y rescatar esa foto que me recordara que hubo un día en que así lo creí. Por cierto, el que miraba a través del retrovisor de la limusina, ese puto fotógrafo, es el padre de los hijos de mi ex.

sábado, 11 de febrero de 2012

Enmascarando el miedo

Madrid, 1976 (Foto: familia Brito)
No es un abrazo de hermana mayor, o sí, pero es una hermana mayor buscando protección. Él es tres años más pequeño, conocía mis miedos y  asumió el rol de protector.
Las fobias son casi siempre infundadas, producto de la imaginación de quien las sufre y tan reales como el aire que respira. Consciente de la antipatía que mi fobia a los animales despertaba, siempre intenté disimularla como pude. Me cruzaba de acera cuando veía acercarse un perro; los murales en equipo para el colegio se realizaban en mi casa, libre de animales, y, cuando tocaba la tortuosa visita a la casa-jungla de la tía Yolanda, siempre llevaba pantalones largos y botas, fuera invierno o verano. Además, escondía las manos en los bolsillos de la chaqueta evitando así que un solo centímetro de mi piel se expusiera al roce con los múltiples seres vivos, y muertos, que encontraba en aquella casa veguetera. Mi pavor era el mismo al chihuahua y al pastor alemán que nos recibían en el zaguán que a las aves disecadas que reposaban sobre las estanterías; el loro parlanchín que revoloteaba a sus anchas por el patio de palmeras me provocaba el mismo terror que la alfombra de piel de cebra que se encontraba en el recibidor. La incomprensión estaba servida. Si no lograban entender por qué no acariciaba a su precioso gato persa, cómo iban a concebir que el mero roce del abrigo de piel de camello de tío Chano -otra de las excentricidades de aquella casa de los horrores- me hiciera saltar como un resorte ignorando el Cola-Cao caliente en mis manos o el primito gateando a mis pies.
A base de tantas situaciones embarazosas -y peligrosas-, mi hermano pequeño, aun dolido por no poder tener una mascota en casa, terminó por ponerse de mi lado. Por eso, en esta foto, recuerdo de nuestra primera visita al Parque de Atracciones de Madrid, tomó las riendas. Pude así mantenerme alejada de la piel de ese poni que, seguramente, tampoco quería estar ahí. Y hasta fui capaz de sonreír porque, ante todo, había que enmascarar el miedo.