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domingo, 25 de enero de 2026

Sincericidio Voluntario

 

La sentencia fue clara: sincericidio voluntario, con el agravante de reincidencia y de no asumir el delito. Él sigue afirmando que su única intención fue mantenerse fiel a su promesa de no tener secretos con su mujer. Ese fue su único argumento de defensa, pero no le sirvió de nada.

Lo peor no es la pena que le ha caído. El arresto domiciliario con malas caras y ausencia de sexo durante al menos tres o cuatro semanas –dependerá de su comportamiento y de la libido de ella– es un mal menor. El verdadero castigo está en la certeza de que ese delito no prescribirá por más que cumpla su condena. Su relato de los hechos será utilizado como munición en futuros momentos de conflicto. Veintidós años juntos y sigue sin aprender la lección. ¿Qué necesidad tenía de contarle que se había tomado un café con su ex y encima entrar en detalles que no le pedía? 

Se habían encontrado de casualidad en el metro. La idea del café no fue ni siquiera suya. Su ex, utilizando ese encanto innato que la caracteriza, le convenció de ir al Café Manuela y ponerse al día con sus vidas –lo tenían a tiro de piedra y siempre estuvo entre sus favoritos–. Para él fue muy fácil resumir sus últimas dos décadas: el mismo trabajo, los gemelos a punto de cumplir su mayoría de edad –los ojos le brillaban de orgullo al mostrar sus fotos en el móvil– y los mismos amigos. Ella se extendió un poco más: cuatro cambios de empresa que le habían llevado a residir en tres países, unas cuantas parejas (no especificó el número), cero hijos y, desde hace tres años, vida rural en un pueblecito costero de su Cádiz natal (el sueño, que una vez fue de los dos, cumplido). 

Ella sintió entonces que había hablado demasiado y pasó a hacerle la pregunta del millón: “¿Cómo haces para mantener la llama del amor viva tras tantos años de matrimonio?” Él tiró de su profesión de físico y pasó a explicarle que es muy similar a mantener la llama de una hoguera encendida: se alimenta añadiendo de manera progresiva troncos de mayor tamaño sobre las brasas y manteniendo el flujo de aire adecuado para una combustión constante. Añadió que lo más complicado es encontrar troncos grandes cuando atraviesas tramos del camino que se asimilan a una sabana. Entonces era esencial el trabajo en equipo: entre dos es más sencillo encontrar esos troncos y mantener la llama encendida. En esos momentos ella no pudo evitar sentir algo de celos, pero se esmeró en disimularlo, sonrió y se limitó a felicitarle por ello.

Luego pasaron a repasar su pasado juntos y, aunque eran conscientes de que podían estar cruzando una línea peligrosa, no se frenaron. Afloraron recuerdos que creían prácticamente borrados. No estaban seguros de si algunos de ellos ocurrieron como los recordaban o si el tiempo se había encargado de edulcorarlos. No podían dejar de sonreír e incluso, por momentos, sus ojos se volvieron vidriosos, pero de pronto, y sin previo aviso, los dos se pusieron muy nerviosos. Aquel café (ya reconvertido en tres pacharanes) les estaba llevando por un camino de no retorno y les entró el pánico: él seguía amando a su mujer y en los planes de ella nunca ha entrado convertirse en amante. Al unísono, y de manera abrupta, decidieron dar fin a aquel reencuentro y, tras pagar la cuenta a medias, como siempre habían hecho, se despidieron en la puerta del Café con dos cándidos besos en las mejillas; en el segundo él no pudo evitar dar un pequeño giro de cuello y rozar sus labios. Sabían exactamente igual a como los recordaba.

Al llegar a casa, su mujer le preguntó distraídamente por qué llegaba tan tarde –en la mente de ella solo cabía el nuevo proyecto del laboratorio que últimamente le tenía desbordado de trabajo–. Sin embargo, él se subió al estrado y comenzó a contarle toda la verdad, y nada más que la verdad. La experiencia no le ha enseñado que la discreción es autoprotección. 

Bien es cierto que nunca le ha contado que el aroma del gel Tulipán negro que alguna vez compran le sigue trasladando a aquellas maravillosas vacaciones con su ex en Zahara de los Atunes; ni tampoco le ha dicho que evita los paseos por el Parque del Oeste porque, aun en compañía de los gemelos, a él le viene a la mente aquellas primeras caricias clandestinas con las que descubrieron sus cuerpos; aquellas que según subían de temperatura y caía la noche, escondían bajo su plumas azul, talla XXL, para ocultarse de los voyeristas que les espiaban tras los árboles. Aunque en alguna ocasión se enfrentó verbalmente con alguno de ellos, casi siempre el calor del momento les volvía distraídos. No parece entender que al igual que oculta esos pensamientos, bien podía haberse ahorrado la confesión de los hechos de aquella tarde; a fin de cuentas, no habían cruzado ninguna línea roja. Ni se plantea que esos pensamientos no verbalizados también pueden ser otra forma de infidelidad.

Ahora sabe que tras haberle sido leída la sentencia se encuentra en la casilla de salida: una vez más debe convencerla de que es a ella a quien ama, de que es a ella a quien ha elegido como compañera de vida y es así como quiere que siga siendo. La otra, la zorra de la otra (le duele que su mujer la llame así, pero igual se lo merece después del tsunami que les ha provocado) es “sólo pasado, un bonito pasado y nada más”. Efectivamente, este adjetivo también podría haberlo omitido. 

El supremo se ratifica: sincericidio voluntario y le advierte que, de repetirse el delito, la próxima vez pisa cárcel.


sábado, 30 de julio de 2022

El helado

Foto: María Brito

Según tu hija, en esta foto me parezco a un personaje de Edward Hopper. Yo no sé quién es ese Hopper ni esa señora mayor de la foto, pero este helado de tuno indio está buenísimo. Hoy hemos venido a Agaete; me dicen que es el pueblo donde nací, pero para mí que están equivocados. Eso sí, no saben bien lo que les agradezco que me saquen de la residencia y poder ver rostros sin surcos. Ya sabes que les pedí que no me llevaran a ninguna residencia hasta que perdiera la cabeza. ¡Ay, los pobres, han estado años intentando decidir cuándo sería ese momento! Y no fue cuando encontraron las mandarinas en la mesa de noche convertidas en fruta deshidratada, ni cuando les hice reír a carcajadas al ponerme la rebeca por los pies; ni siquiera cuando mi cerebro empezó a elegir de forma aleatoria las palabras que salían de mi boca (las de hoy salen de corrido; debo tener un buen día). Te contaré que durante un buen tiempo estuve repasando parte de la geografía latinoamericana gracias a mujeres que, de la noche a la mañana, empezaron a decidir por mí lo que tenía que comer, la ropa que debía vestir o cuándo podía ir a pasear. ¡Qué martirio! Yo solo deseaba que llegara la noche o el fin de semana para que fuera uno de nuestros hijos quien me acompañara. Pero entonces empecé a confundirlos: a veces creía que el mayor eras tú o que la niña era mi madre. Nuestra casa de siempre empezó a parecerme un lugar ajeno en el que me incomodaba estar. Y llegó el momento. 


Ahora en la residencia me cuidan unas señoritas muy simpáticas; se ve que les caigo bien; les oigo susurrar que tengo el “Alzheimer bueno”. Al parecer hay uno bueno. ¡Qué suerte que me tocara a mí! Siempre me supe afortunada. Desde hace unos días, o quizás sean ya meses, llevan mascarillas, pero yo adivino sus sonrisas en los ojos. Les robo besos aunque me dicen que ahora están prohibidos. Nuestros chicos siguen viniendo cuando les dejan. Hoy me han traído a este puerto maravilloso que parece que me quiere sonar. Lo que más me gusta de estos paseos son los abrazos clandestinos que nos damos. Huelen a ti. De eso no me olvido.


sábado, 26 de enero de 2013

All Stars y tacones de aguja (reedición)

Foto: niño zapatería china Edición: María Brito
Pasé mi adolescencia en el Madrid de los años ochenta, en esos años en los que muchas mujeres renunciamos a nuestra feminidad. Llevaba el pelo corto y mi armario poco se diferenciaba del de mis hermanos: all stars en verde o azul, petos vaqueros que cada verano adquiría en Casa Ruperto y pulóveres holgados que escondían mis minúsculas curvas de entonces. Mi primer trabajo remunerado lo conseguí poco después de cumplir los quince. Mi patrona era mi nueva vecina Araceli, antítesis de mi imagen: grandes senos, trajes ceñidos y siempre subida a unos tacones de aguja. Marco, su bebé de ocho meses, era mi nueva responsabilidad. Mi horario laboral no entorpecía mis estudios; se limitaba a viernes y sábados y siempre a partir de las nueve de la noche. Araceli trabajaba en una barra americana de la calle Orense, no muy lejos de la Glorieta de Cuatro Caminos donde vivíamos. Aunque no tenía muy claro lo que era una barra americana, enseguida supe que debía ocultar información a mis padres si quería conservar aquel trabajo. Mis servicios de canguro pronto se vieron ampliados por los de asesora de imagen; pese a mi aspecto, Araceli confiaba en mí para elegir el trozo de tela en el que debía embutirse cada noche y nunca se iba de casa sin que antes maquillara su blanca espalda desde el cuello hasta llegar a las tiras de aquellos tangas que yo veía por primera vez. Mi jornada acababa sobre las siete de la mañana, cuando Araceli regresaba a casa, casi siempre acompañada de algún varón y con algunas copas de más. Adormilada, me apresuraba a recordarle que se descalzara y bajara la voz para evitar las ya innumerables quejas de los vecinos; ella no lograba retener esa información más allá de lo que yo tardaba en cruzar el umbral de su puerta. Marco empezaba a dar sus primeros pasos cuando una noche el casero se presentó, destornillador en mano, a cambiar la cerradura de la puerta. Me obligó a recoger las pertenencias de Araceli e irme con las maletas y el bebé a mi casa. La esperé ocho largas horas sin lograr conciliar el sueño. Cuando llegó, y sin tiempo a dar detalles, su nuevo acompañante agarró las maletas, ella cogió al bebé y, dándome las gracias, desaparecieron escalera abajo. Aún sonaba el eco de sus tacones cuando desde mi ventana les vi desaparecer en un Austin blanco.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Preguntas sin hacer


Foto: Emiliano Brito


Ayer tarde encontré esta fotografía en un viejo álbum de mi padre. De inmediato su ausencia se hizo aún más palpable. De él heredé mi pasión por la fotografía; podíamos pasar horas enteras releyendo fotos de su infancia a orillas de Las Canteras, de sus años de actor en el viejo Cine Bahía, de los que pasamos en el entonces llamado "Sáhara Español", de nuestras vidas vividas. No recuerdo, sin embargo, habernos detenido nunca a releer esta imagen. Reconozco a Tuisi de otras muchas fotos familiares; él solía cuidarnos cuando mis padres tenían algún compromiso y es quien sujeta la mano de mi hermano. Confieso que tardé en percatarme de la presencia de ese niño blanco sonriente. Los rostros serios de los otros seis hombres me distrajeron. Y surgieron las preguntas: ¿Están serios o tristes? ¿Estaban cansados o asustados? ¿Quiénes eran y por qué mi padre quiso retratarles ese día? Me inquietan sus posturas rígidas y, especialmente, el gesto cabizbajo de quien lleva el traje saharaui. De estar mi padre, sé que me sacaría de estas dudas que hoy me incomodan. Me diría que el sol les estaba cegando, que acababan de descargar las cajas de El Correíllo que esa mañana había llegado al puerto de La Güera y que, seguramente, estaban cansados; se reiría de mi imaginación y me recordaría que su cámara Leica no tenía pantalla LSD con la que poder mostrarles la imagen y asegurarles que su espíritu no quedaba atrapado en aquella caja negra. Su risa me tranquiliza.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Azul oscuro



Foto: Tato Gonçalves
"Get a room!” les gritó un turista inglés que caminaba con su familia por el paseo marítimo. Ellos, bien por el desconocimiento de esta lengua, o por lo enredados que andaban con las suyas propias, ignoraron el imperativo. Yo les observaba desde hacía rato. Disimulaba mirando al ocaso mientras que de soslayo intentaba comprobar si efectivamente se trataba del padre de Alejandra, mi alumna mexicana de primero B, al que había visto en un par de ocasiones a la salida del colegio. En las aulas de primero de primaria no existen secretos. La historia de los papás de Alejandra nos la contó ella misma en la clase de ciencias sociales. Hablábamos de los distintos tipos de familia: las que tienen una mamá, las que tienen una mamá y un papá, las que tienen dos papás. Alejandra levantó la mano para exponer la suya. Desde que cumplió cinco años, nos dijo, tiene dos mamás y un papá: “Verá, maestra, es que mi papá se enamoró de una amiga de mi mamá; al principio mi mamá se enojó mucho y le botó de casa, pero mi mamá se quedó sin trabajo y le dijo que volviera; ahora mi papá duerme con mi segunda mamá en la recámara grande y mi mamá-mamá duerme conmigo en la chiquita; a veces hacen mucho ruido cuando duermen y nos despiertan; entonces a mi mamá le da la alergia y no para de sonarse; hay días que se levanta súper enojada y vuelve a pedirles que se vayan, pero siempre vuelven.” Acabada la detallada exposición, les entregué los botes de plastilina y cada uno comenzó a moldear a sus papás, mamás y hermanitos en colores amarillos, verdes, azules, rojos y naranjas. Alejandra se apoderó del azul oscuro. Por eso creo que tienen que ser ellos; son muy azul oscuro.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Antes de morir


Fotos: Joe C. Moreno


No siempre tengo fuerzas para enfrentarme a los nubarrones, así que son muchas las ocasiones en que opto por ignorarlos. Las nubes siempre terminan por pasar, aunque sé que detrás vienen otras. Cuando más orgullosa de mí misma me siento es cuando me levanto, las sonrío y las observo transitar. Son parte del juego de la vida y combatirlas o ningunearlas no son siempre la solución. No he plantado un árbol, ni he tenido un hijo, ni he escrito un libro. Tampoco creo que esas tres acciones sean esenciales para afirmar que una ha vivido, aunque no desecho realizar una de ellas antes de morir; como tampoco descarto construirme una cabaña frente al mar - con mi aguacatero en el jardín -, o ir a la India como voluntaria, o practicar sexo en el Salar de Uyuni.  Miro atrás y no puedo evitar la sonrisa, miro adelante y me invade la emoción. Me miro el ombligo y veo un ombligo. Happy birthday to me!

domingo, 23 de septiembre de 2012

Hojas muertas


Foto: Todd Winters

Otoño azul entre hemisferios, mareas extremas, calor viscoso, mañanas de playa para desempleados y jubilados, patios de colegio en ebullición, tardes de playa infantiles, puestas de sol que te atrapan en la arena, abueeeela, abueeelaaaa, mira cómo nado, bañadores en el tendedero, prendas imposibles en el escaparate, lluvia torrencial, bochorno, domingos con la tarea sin hacer, uniformes escolares planchados, polos blanco nuclear, mochilas de olores adictivos, nostalgia del verano que aún no se ha ido, anhelo de cartas con sellos postales e Yves Montand susurrándome al oído Les Feuilles Mortes.


lunes, 7 de mayo de 2012

Viviendo Recuerdos


Foto: María Brito
Se miraban a los ojos e inconscientemente grababan en sus retinas aquella mañana lluviosa de mayo. El paseo en barca había sido organizado la noche anterior desde sus WhatsApps  y ningún parte meteorológico les hizo cambiar de planes. La lluvia recién caída había espantado al violinista que cada domingo amenizaba a los remeros desde la orilla del lago. A ellos les bastaba con los acordes del agua batiendo contra su barca. Su inocencia les impedía predecir cualquier final. No eran capaces de intuir la monotonía, la mentira, el hastío. Sus neuronas sí lo sabían y por ello se esmeraban en retener el sonido del agua, el olor del champú de su pelo, el intercambio de sueños, el sabor a pepinillos en vinagre que juntos habían aprendido a saborear. Lo vivían y lo guardaban en ese espacio del cerebro donde iban acumulando los buenos recuerdos. Tirarían de ellos cuando los días nublados se tornaran de nuevo grises o cuando la lluvia volviera a resultarles molesta. La discreción les impediría compartir estos recuerdos con los amantes que llegarían más tarde. La mayoría de esas memorias se irían difuminando para ser sustituidas por otras; algunas se salvarían del olvido gracias a otro día gris, a otra lluvia, a otro pepinillo que les devolvería aquella mañana lluviosa de mayo y les arrancaría una sonrisa. Aquella era la clave: vivir con intensidad los recuerdos de mañana.

miércoles, 25 de abril de 2012

Carta desde Estambul

Foto: Todd Winters

Querida amiga:
Apenas llevo tres días por estas calles de Estambul y, como siempre, te veo en cada rincón. Ayer volvimos a cruzar el puente del Bósforo al atardecer. En la sonrisa de Álvaro se adivinaba el poema que horas después escribiría. Ya, ya sé que te alegras de verme tan feliz. A veces me cuesta creer que esté viviendo este sueño. Entonces te imagino observándonos y siento tu alegría sobre nuestros pasos. Hoy fuimos al Bazar de las Especias y me compré el molinillo de pimienta que te llevé la última vez que estuve aquí. De repente, tengo la sensación de que todo pasó hace mucho tiempo. Sé que soy tonta, pero ¡cómo me cuesta respirar sin oír tu voz! Me resulta muy fácil imaginar tu rostro, escuchar tu risa, pero no logro oír tu voz. Hago esfuerzos por recordarla y, cuando parece que viene, se termina escapando de nuevo en mi memoria. Te escribo desde el hotel. Álvaro también está escribiendo junto a la ventana. Tenemos vistas a la Mezquita Azul y a Santa Sofía. Aunque es mi tercera visita a esta ciudad, y la adoré desde el primer minuto, solo ahora he sido capaz de percibir todos sus colores. Esta mañana amaneció nublado y ya sabes cómo odio los días grises. Pues bien, aquí me parecen bellísimos. Nos levantamos muy temprano (ya conoces a Álvaro: tiene que oír el canto de los primeros pájaros) y fuimos a pasear por el barrio de OrtaKöy; los pescadores llegaban de faenar en ese momento. Hemos visto chicharros y mújoles. En un ratito saldremos a cenar y, sí, pediremos pescado. Estarás sentada junto a nosotros en la mesa. Siempre estás. Un beso enorme, amiga.

jueves, 8 de marzo de 2012

El perfume de las flores


Foto de Todd Winters

Si solo prestara atención a su aspecto físico, apenas me reconocería en ella. A su edad, mi piel siempre andaba bronceada por el sol, jamás tuve el pelo largo y rara vez vestía falda. Con tres hermanos varones, la sección de niñas de los grandes almacenes siempre quedaba a desmano. Sin embargo, aun con mi envoltorio varonil, sí me reconozco en su delgadez, en su desparpajo, en su coquetería. En esa preadolescencia yo soñaba con ser presentadora de telediario. Me sentaba a los pies de la cama de mis padres, justo enfrente del armario de luna, y mirando al espejo leía en voz alta algún artículo de periódico. El reto consistía en hacer el mayor número posible de contactos visuales con mi propia mirada y lograr que se alargaran en el tiempo. Para complicarlo, a veces cogía una montura de unas viejas gafas de mi madre y jugaba a ponérmelas y quitármelas, al puro estilo Rosa María Mateo. Este sueño, como otros muchos, nunca se cumplió. La mayoría ni siquiera los recuerdo; otros vuelven de vez en cuando para intentar mellar mi alma. Entonces, paso unos días espantándolos hasta que logro deshacerme de ellos. Lucía también sueña con verse frente a una cámara, aunque lo suyo es la interpretación y sus horas frente al espejo superan con creces las mías. No obstante, si hay un aspecto en el que nos diferenciamos absolutamente, ese es en la manera de lidiar con los sentimientos. Ella apenas los esconde y me hace partícipe de su tiovivo afectivo de amores y desamores sin el mínimo rubor: hoy, caballito arriba cuando recibe un gesto de esperanza; mañana, caballito abajo cuando percibe un desplante. A mi tiovivo subía yo sola y en el más absoluto de los silencios. Me pregunto si será esa la razón por la que no logro oler el perfume de las flores.

lunes, 20 de febrero de 2012

Vuelos


Foto de Todd Winters

Es muy posible que el pasajero sentado detrás de mí, y que observa a través de su ventanilla esta misma imagen, ande imaginando el más allá. Mi más allá está al final de este vuelo. Adoro sobrevolar la Tierra, pero, sin remedio, soy terrenal. Nunca he necesitado imaginar otro mundo porque este en el que vivo me sigue ofreciendo una gran gama de atractivas realidades. Y, cuando una me ha sido adversa, no he tenido pereza para coger un avión y plantarme en otra. Soy una privilegiada: jamás he barajado la patera como medio de transporte. Además, suelo embarcarme en estos viajes sin desgarros, como lo hizo mi abuelo en su momento y luego mi padre. Uno puede echarle todo el dramatismo que desee y pensar en lo que deja atrás. Pero mi abuelo me enseñó a poner la mirada en la proa. Nuestros viajes han estado siempre cargados de ilusión. Hay también quien ve en ellos una huida: del miedo, de un desamor, de la soledad, del paro, de la monotonía. No le faltará razón, pero yo prefiero verlos como vuelos de búsqueda. Y cuando uno va con esa actitud, suele hallar lo que busca y se deja acariciar por esa brisa que le devuelve una libertad sisada. Mis vuelos más frecuentes, no obstante, son los imaginarios -mi yo terrenal nunca ha estado reñido con el soñador-. De unos y otros siempre vuelvo. Entonces la popa se hace proa y navega sobre otro mar de nubes. El pasajero a mi espalda evoca de nuevo el mundo celestial; mientras, yo confío en aterrizar en uno muy parecido al que dejé. Las diferencias las llevo en mi mirada renovada.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Deseos

Foto de Todd Winters

Pedir deseos es gratis, o casi. Si se los pides a alguna imagen católica, la santa institución te invita a que compres una vela o deposites la voluntad cuando pasan el cepillo (siempre barriendo para casa). Luego están esas fuentes emblemáticas donde puedes solicitar el cumplimiento de un sueño a cambio de una pequeña moneda que arrojas al fondo de sus aguas. Cuando era adolescente, y los deseos se me acumulaban, imitaba este lanzamiento de moneda en los pantanos cercanos a Madrid; usaba pequeñas piedras cuidadosamente preseleccionadas, lo cual salía mucho más económico y, ahora que lo pienso, ecológico. Si conseguía que rebotaran tres veces sobre la superficie del agua tenía el convencimiento de que aquel deseo se me iba a cumplir. Hace tiempo que perdí esta destreza de convertir a las piedras en saltamontes acuáticos, probablemente a base de batacazos de anhelos incumplidos. Ahora me dejo llevar por el destino que, todo hay que decirlo, no me ha tratado mal. Sin embargo, se ve que mi educación católica hizo mella en mí porque, en ocasiones, me veo hablando con él como si del propio Jesús de Medinaceli se tratara. Ya no le pido que intervenga en situaciones relacionadas con amores no correspondidos, ni pretendo ambiciones materiales; son deseos de vida, de mediar ahí donde la ciencia médica desahucia a un amigo o a un familiar. Pero nada, mi destino está tan sordo como esos santos de piedra o madera policromada.

viernes, 3 de febrero de 2012

Rey mar. Pinteratura mixta. Pintura- J. Paz. Texto- María Brito.


Pinteratura de J. Paz

Acababa de salir a cubierta a encenderse la cachimba y, de pronto, un golpe de mar lo deja en mitad del océano. Rafael Florimpo (como lo conocían en su Agaete natal por llevar siempre una flor en la solapa de su chaqueta) no tuvo tiempo de pedir auxilio y ninguno de sus marineros se percató de la caída. Enseguida supo que necesitaría un milagro para salir de aquella inmensidad. Era patrón de un barco de cabotaje que cubría la ruta Gran Canaria-La Palma transportando sacos de carbón. Hacía solo unos minutos había dejado en el puente de mando a su hijo mayor; sabía que tardaría en echarlo de menos. Era la víspera de Reyes y tenía previsto llegar a puerto antes del anochecer, a tiempo para colocar las almendras garapiñadas junto a los zapatos de sus hijos más pequeños. Mientras veía el barco alejarse se encomendó a su dios; le recordaba que tenía esposa y nueve hijos y que el décimo estaba en camino. Le rogó que fuera misericordioso y no permitiera que sus pichones vivieran asociando la noche de Reyes con el día en que desapareció su padre. Sabía nadar bien, pero el mar comenzaba a volverse bravo y a tomar el color de esas nubes negras que se posaban sobre él. Pasaron casi tres horas, pero, justo cuando las fuerzas  le flaqueaban y su ánimo se rendía, divisó su barco. Agradecido, hizo la promesa de ponerle a su próximo hijo el nombre del santo correspondiente al cinco de enero.
    Nació en primavera. Fue niña y, como había prometido, la bautizó con dos de los nombres que aparecían en su almanaque santoral para aquel día: Telesfora Amelia. Transcurridos los años, los funcionarios de la comisaría donde Amelia acudía a renovar el carnet de identidad, le informaban de que, si lo deseaba (se ve que ellos sí), podía prescindir de su primer nombre. Pero ella no iba a permitir que una sola tecla de esos nuevos ordenadores borrara la promesa de su padre. El carbón nunca llegó a los zapatos de ningún niño de la isla de Gran Canaria; a su casa sí llegó el Rey Mago, con la corona mojada y fría, y disfrutó de él por muchos años.

domingo, 22 de enero de 2012

Mamá, dame danke


La Güera, 1972 (foto: familia Brito)

Mi padre me pide que mire a la cámara; el sol no me deja ver y me cuesta mantener los ojos abiertos. Además, la arena está caliente y me está quemando las piernas. Pero, bueno, hoy es un día especial. Hemos venido al aeropuerto a recoger unas cajas que trae el avión del ejército que viene de Las Palmas. Llega tarde porque se ha parado a coger gasolina en Villa Cisneros y se han dado cuenta de que las ruedas estaban desinfladas. Así que no llegará a La Güera hasta dentro de una hora. Para 'matar el tiempo' (así dice mi padre; a mí me suena mejor 'vivir el tiempo') hemos comprado un carrete Kodak de 36 y nos hemos puesto a sacar fotos. Hoy tengo muchas ganas de que llegue ese avión porque es mi cumpleaños y sé que en las cajas que manda maye hay regalos para mí. Siempre manda fruta, verduras y huevos –la mitad llegan rotos-, pero seguro que hoy me manda algún coche, o un rompecabezas, o una bolsa de indios y vaqueros. Esta tarde vamos a hacer una fiesta para todos los niños del pueblo. Madame Clós también va a hacer otra fiesta para los grandes en el Casino y así despedir a esos alemanes que llegaron hace quince días en una roulotte. ¡El primer día los mirábamos todos asombrados! Una roulotte es un camión que es como una casa por dentro. La aparcaron justo enfrente de mi casa y mi madre les dejó usar nuestro baño. Esta noche, como es la última, los dos hijos, Markus y Sophie, van a dormir con nosotros. A mi tía Pino le han contado que son muy ricos; tienen una fábrica que pela papas para los restaurantes y, solo con eso, se han hecho riquísimos. Y por eso ahora se recorren África en esa súper roulotte. Hoy todos se han reído cuando he dicho “mamá, dame danke”. Todavía no sé muy bien por qué se han reído; Markus y Sophie siempre dicen 'danke' cuando estiran la mano para coger manises.

miércoles, 11 de enero de 2012

Mar de invierno

Foto: María Brito

Me he alejado de él en múltiples ocasiones, pero no siempre necesito el contacto para sentirlo próximo. Por eso, cuando nos volvemos a cruzar, solo nos lleva unos segundos reconocernos. Cuando era niña, y nos separaban casi tres horas de vuelo, lo imaginaba en la línea del horizonte y, si me esforzaba, conseguía incluso convertir el ruido del tráfico en su añorado sonido. Su atractivo es aún mayor en invierno. Era en esta estación cuando, aprovechando las vacaciones de navidad, veníamos a disfrutar de él y, en un abrir y cerrar de ojos, trocábamos la bufanda y el gorro por el bañador y las cholas. Es coqueto, así que entre menos observado se siente, mayor es su encanto. Su susurro me resulta arrebatador, incluso cuando simula estar enojado, y nada me reconforta más que su tacto. El sabor que deja en mis labios después de rozarme durante apenas unas décimas de segundos supera cualquier delicatessen elaborada. Casi siempre lo disfruto a solas, pero reconozco que las evocaciones más recurrentes son en compañía. Aquellos baños pueriles con los primos en el Puerto de Las Nieves, con los amantes en las calas más recónditas, y en Las Canteras, siempre Las Canteras: los paseos matutinos con papá, los  picnics al atardecer con los amigos y, ahora, con el deseo de volverlo a compartir.

martes, 3 de enero de 2012

El fotógrafo


Foto: María Brito
Tiene la capacidad de ver la belleza allí donde los demás apenas reposamos la mirada. Se mueve rápido y sigiloso, sin dar tiempo a que el objeto de su fotografía se percate de su presencia. Cuando retrata a una persona desconocida le pide permiso tras realizar un primer disparo, y le vuelve a fotografiar, a sabiendas de que la imagen que busca ya la tiene. Aquí nos encontrábamos en tierras peruanas. Los demás turistas enfocaban a indígenas modelos, a las ruinas y a sí mismos, sobre todo a sí mismos. Decidí perseguir su mirada y empezó a bajarla hasta dejarla a ras de suelo.
Perú cuenta con el mayor número de perros callejeros que yo jamás haya visto. Los conductores circulan atentos a la aparición repentina de estos canes y ellos se mueven como si se dirigieran a un destino concreto. Cruzan calles, entran en mercados, en restaurantes, duermen al calor de sus iguales y el lugar donde defecan es todo un misterio. Quizás fue el color rojizo de su pelaje, que tan oportunamente contrastaba con la piedra y la madera, el que llamó su atención, o tal vez fuera su expresión corporal: la cola caída, la mirada ausente y ese sentirse abandonado. Yo les retraté unos segundos antes. Todd Winters lo hizo en el momento exacto para captar su alma, pero esa es una instantánea que, por esta vez, dejaré que imaginen.

martes, 20 de diciembre de 2011

El camino

 

Foto de Todd Winters
Tal vez esta línea del tiempo marque la mitad de mi camino; me tomo unos minutos para hacer un pequeño receso. Sin mirar atrás dejo que los recuerdos anden conmigo. Son parte de quien soy y dejarlos a la zaga sería negarme a mí misma. Con tantas gratas memorias a veces temo que esta otra mitad del recorrido no me resulte tan emocionante. A las memorias ingratas las he logrado almacenar en una pequeña faltriquera; de vez en cuando abro su cremallera y descubro que la biodegradación las está transformando en moléculas casi imperceptibles. Ahora sé que esta carretera tiene bifurcaciones inesperadas. He recorrido millas que no entraban en mi plan de viaje; muchas las he hecho siguiendo el paso de otros viandantes, otras veces he encontrado caminantes que se han unido al mío. Extraño especialmente a los que llegaron a la meta antes de tiempo, o antes de que yo pudiera o quisiera divisarla, y es con ellos con quienes charlo cuando me siento especialmente feliz, o desgraciada. Saben que las carreteras largas se me hacen tediosas y que no hay nada que me guste más que encontrar nuevos caminos. Fin del receso.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

En compañía de Apolo


Foto de Todd Winters
Cuando mis padres se independizaron de mí yo acababa de cumplir los veinte. Se volvían a su tierra tras veinticinco años fuera y mis hermanos les acompañaron. Madrid les había tratado bien, pero nunca terminaron de acostumbrarse al anonimato de la gran ciudad, precisamente la razón por la que yo no podía alejarme de ella. Ocupé la habitación matrimonial, la única que daba a la calle, y rodé la cama junto al balcón, en mis ansias por tocar la luz que durante años me fue arrebatada. Para ayudarme con los gastos de la casa, por las otras dos habitaciones dejé que empezaran a desfilar gremios. El primer año fueron dos canarios estudiantes de periodismo y con ellos llegó el contrabando de tabaco y equipos electrónicos. El segundo año descubrí las ventajas de compartirla con estudiantes peninsulares que me dejaban disfrutar de mi soledad en cada puente o fiesta familiar. Los primeros fueron dos aprendices a meteorólogos y la casa se llenó de líneas isobaras, masas de viento y ciclones. Les siguieron dos futuros psicólogos, adheridos a otros cuatro compañeros de clase, y me encomendé a Apolo para nunca necesitar de sus servicios -no había un solo cuerdo entre aquellos amantes del psicoanálisis. El cuarto año pasaron los artistas, algo más cabales pero dejando huella - no quedó un mueble sin una salpicadura de pintura, el lavabo se volvió azul grisáceo y en la ‘Avenida Marítima’ (el nombre que los canariones habían dado al largo y helado pasillo que cruzábamos enfundados en mantas de Iberia) no cabía un círculo más de Kandinsky, las boquitas de piñón de Modigliani practicaban el boca a boca y los periódicos de los bodegones de Juan Gris salían por la ventana. Con ellos me planté. Ya tenía trabajo y podía hacer frente a las facturas. Fue entonces cuando empecé a enamorarme de la soledad. Apolo III, no obstante, sigue de mi lado y cuando se vaya llegará otro. Al fin, Magerit es una ciudad de gatos.



martes, 29 de noviembre de 2011

El tirachinas


Madrid (1976). Foto: familia Brito.
Después del Sáhara nos mudamos al distrito de Tetuán, pero no el del continente africano. De la arena del desierto pasamos a la tierra de unas calles madrileñas aún sin asfaltar. En el 76, cerca de la línea uno de metro de la capital, podíamos correr por calles a las que el hormigón y el alquitrán todavía no habían llegado. Tenía a mi disposición cientos de metros cuadrados de tierra donde poder dar sepultura a los pájaros víctimas de los tirachinas de mis vecinos. Una de aquellas armas homicidas cayó un desafortunado día en manos de mi hermano pequeño. Apuntaba hacia un pájaro que, distraído, gravitaba sobre unos cables de luz. Unos metros por encima, en un balcón de un tercer piso, mi vecina Laura cantaba desafiante “¿A que no me alcanzas, a que no me  alcanzas?”. Aquellas zetas aún nos sonaban arrogantes.  Mi hermano cambió entonces el ángulo de su trayectoria.
Pasé las siguientes tardes de una eterna semana sentada en una silla de escay del hospital de “La Paz”. En silencio, con la mirada puesta en mis botas camperas recién estrenadas, pretendía no escuchar los comentarios de las visitas que condenaban al gamberro que a punto estuvo de cegar a “nuestra Laurita”. Solo cuando se desvelaba mi parentesco, después de múltiples muecas con las que la madre de Laura intentaba acallar los insultos, aquellas condenas pasaban a ser "cosas de niños.”

jueves, 24 de noviembre de 2011

Memorias de un cuadro


Cuadro: Cándido Conde (La Güera, 1965). Foto: María Brito (Gran Canaria, 2011)

Cambiamos de ángulo porque de tanto verlo se ha vuelto invisible. Mis recuerdos son más suyos que míos. Hoy los repasamos. Vemos al abuelo saliendo de su Land Rover, a los marineros descargando cajas de langostas, a Laika esperando a una distancia prudencial, conocedora de los pellizcos del crustáceo y, aunque no se ve, vemos a abuela observándoles con prismáticos desde nuestra casa, al otro lado de la bahía. Está esperando a que llegue la carga para poner olor a nuestra memoria, que tiene aroma a paella de langosta. Pero lo que mi paladar se empeña en recordar, sin encontrar apoyo en la memoria de los demás, son aquellos perfectos boliches de yema del tamaño de un bocado pueril, tibios y dulzones, que Dialó nos preparaba a la sombra de una jaima. Y escuchen, se puede oír las bocinas de los barcos avisando de su llegada a puerto, el silbido monótono del viento, los cantos de las saharauis haciendo vibrar sus lenguas, los gritos de los primos yendo al alcance de una gacela. Y lo que palpo es la arena en las orejas, en las fosas nasales, entre los dedos de los pies. La misma arena que, ayudada por el tiempo, se empeña en enterrar nuestros recuerdos y que desde Google Earth observamos, derrotados, cómo lo cubre todo. La azotea de nuestra casa y la carretera a Nouadhibou aún se dejan ver. No tardarán en desaparecer pero conservaremos el cuadro; seguirá recorriendo las paredes de otras ciudades que nos acogen y lo miraremos de frente, de lado, desde abajo, del revés, buscando cualquier perspectiva que nos despierte un recuerdo olvidado.