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| Foto de Todd Winters |
domingo, 26 de febrero de 2012
Soñando
lunes, 20 de febrero de 2012
Vuelos
Es muy posible que el pasajero sentado detrás de mí, y que observa a través de su ventanilla esta misma imagen, ande imaginando el más allá. Mi más allá está al final de este vuelo. Adoro sobrevolar la Tierra, pero, sin remedio, soy terrenal. Nunca he necesitado imaginar otro mundo porque este en el que vivo me sigue ofreciendo una gran gama de atractivas realidades. Y, cuando una me ha sido adversa, no he tenido pereza para coger un avión y plantarme en otra. Soy una privilegiada: jamás he barajado la patera como medio de transporte. Además, suelo embarcarme en estos viajes sin desgarros, como lo hizo mi abuelo en su momento y luego mi padre. Uno puede echarle todo el dramatismo que desee y pensar en lo que deja atrás. Pero mi abuelo me enseñó a poner la mirada en la proa. Nuestros viajes han estado siempre cargados de ilusión. Hay también quien ve en ellos una huida: del miedo, de un desamor, de la soledad, del paro, de la monotonía. No le faltará razón, pero yo prefiero verlos como vuelos de búsqueda. Y cuando uno va con esa actitud, suele hallar lo que busca y se deja acariciar por esa brisa que le devuelve una libertad sisada. Mis vuelos más frecuentes, no obstante, son los imaginarios -mi yo terrenal nunca ha estado reñido con el soñador-. De unos y otros siempre vuelvo. Entonces la popa se hace proa y navega sobre otro mar de nubes. El pasajero a mi espalda evoca de nuevo el mundo celestial; mientras, yo confío en aterrizar en uno muy parecido al que dejé. Las diferencias las llevo en mi mirada renovada.
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| Foto de Todd Winters |
Es muy posible que el pasajero sentado detrás de mí, y que observa a través de su ventanilla esta misma imagen, ande imaginando el más allá. Mi más allá está al final de este vuelo. Adoro sobrevolar la Tierra, pero, sin remedio, soy terrenal. Nunca he necesitado imaginar otro mundo porque este en el que vivo me sigue ofreciendo una gran gama de atractivas realidades. Y, cuando una me ha sido adversa, no he tenido pereza para coger un avión y plantarme en otra. Soy una privilegiada: jamás he barajado la patera como medio de transporte. Además, suelo embarcarme en estos viajes sin desgarros, como lo hizo mi abuelo en su momento y luego mi padre. Uno puede echarle todo el dramatismo que desee y pensar en lo que deja atrás. Pero mi abuelo me enseñó a poner la mirada en la proa. Nuestros viajes han estado siempre cargados de ilusión. Hay también quien ve en ellos una huida: del miedo, de un desamor, de la soledad, del paro, de la monotonía. No le faltará razón, pero yo prefiero verlos como vuelos de búsqueda. Y cuando uno va con esa actitud, suele hallar lo que busca y se deja acariciar por esa brisa que le devuelve una libertad sisada. Mis vuelos más frecuentes, no obstante, son los imaginarios -mi yo terrenal nunca ha estado reñido con el soñador-. De unos y otros siempre vuelvo. Entonces la popa se hace proa y navega sobre otro mar de nubes. El pasajero a mi espalda evoca de nuevo el mundo celestial; mientras, yo confío en aterrizar en uno muy parecido al que dejé. Las diferencias las llevo en mi mirada renovada.
miércoles, 8 de febrero de 2012
Deseos
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| Foto de Todd Winters |
Pedir deseos es gratis, o casi. Si se los pides a alguna imagen católica, la santa institución te invita a que compres una vela o deposites la voluntad cuando pasan el cepillo (siempre barriendo para casa). Luego están esas fuentes emblemáticas donde puedes solicitar el cumplimiento de un sueño a cambio de una pequeña moneda que arrojas al fondo de sus aguas. Cuando era adolescente, y los deseos se me acumulaban, imitaba este lanzamiento de moneda en los pantanos cercanos a Madrid; usaba pequeñas piedras cuidadosamente preseleccionadas, lo cual salía mucho más económico y, ahora que lo pienso, ecológico. Si conseguía que rebotaran tres veces sobre la superficie del agua tenía el convencimiento de que aquel deseo se me iba a cumplir. Hace tiempo que perdí esta destreza de convertir a las piedras en saltamontes acuáticos, probablemente a base de batacazos de anhelos incumplidos. Ahora me dejo llevar por el destino que, todo hay que decirlo, no me ha tratado mal. Sin embargo, se ve que mi educación católica hizo mella en mí porque, en ocasiones, me veo hablando con él como si del propio Jesús de Medinaceli se tratara. Ya no le pido que intervenga en situaciones relacionadas con amores no correspondidos, ni pretendo ambiciones materiales; son deseos de vida, de mediar ahí donde la ciencia médica desahucia a un amigo o a un familiar. Pero nada, mi destino está tan sordo como esos santos de piedra o madera policromada.
viernes, 3 de febrero de 2012
Rey mar. Pinteratura mixta. Pintura- J. Paz. Texto- María Brito.
Acababa de salir a cubierta a encenderse la cachimba y, de pronto, un golpe de mar lo deja en mitad del océano. Rafael Florimpo (como lo conocían en su Agaete natal por llevar siempre una flor en la solapa de su chaqueta) no tuvo tiempo de pedir auxilio y ninguno de sus marineros se percató de la caída. Enseguida supo que necesitaría un milagro para salir de aquella inmensidad. Era patrón de un barco de cabotaje que cubría la ruta Gran Canaria-La Palma transportando sacos de carbón. Hacía solo unos minutos había dejado en el puente de mando a su hijo mayor; sabía que tardaría en echarlo de menos. Era la víspera de Reyes y tenía previsto llegar a puerto antes del anochecer, a tiempo para colocar las almendras garapiñadas junto a los zapatos de sus hijos más pequeños. Mientras veía el barco alejarse se encomendó a su dios; le recordaba que tenía esposa y nueve hijos y que el décimo estaba en camino. Le rogó que fuera misericordioso y no permitiera que sus pichones vivieran asociando la noche de Reyes con el día en que desapareció su padre. Sabía nadar bien, pero el mar comenzaba a volverse bravo y a tomar el color de esas nubes negras que se posaban sobre él. Pasaron casi tres horas, pero, justo cuando las fuerzas le flaqueaban y su ánimo se rendía, divisó su barco. Agradecido, hizo la promesa de ponerle a su próximo hijo el nombre del santo correspondiente al cinco de enero.
Nació en primavera. Fue niña y, como había prometido, la bautizó con dos de los nombres que aparecían en su almanaque santoral para aquel día: Telesfora Amelia. Transcurridos los años, los funcionarios de la comisaría donde Amelia acudía a renovar el carnet de identidad, le informaban de que, si lo deseaba (se ve que ellos sí), podía prescindir de su primer nombre. Pero ella no iba a permitir que una sola tecla de esos nuevos ordenadores borrara la promesa de su padre. El carbón nunca llegó a los zapatos de ningún niño de la isla de Gran Canaria; a su casa sí llegó el Rey Mago, con la corona mojada y fría, y disfrutó de él por muchos años.
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| Pinteratura de J. Paz |
Acababa de salir a cubierta a encenderse la cachimba y, de pronto, un golpe de mar lo deja en mitad del océano. Rafael Florimpo (como lo conocían en su Agaete natal por llevar siempre una flor en la solapa de su chaqueta) no tuvo tiempo de pedir auxilio y ninguno de sus marineros se percató de la caída. Enseguida supo que necesitaría un milagro para salir de aquella inmensidad. Era patrón de un barco de cabotaje que cubría la ruta Gran Canaria-La Palma transportando sacos de carbón. Hacía solo unos minutos había dejado en el puente de mando a su hijo mayor; sabía que tardaría en echarlo de menos. Era la víspera de Reyes y tenía previsto llegar a puerto antes del anochecer, a tiempo para colocar las almendras garapiñadas junto a los zapatos de sus hijos más pequeños. Mientras veía el barco alejarse se encomendó a su dios; le recordaba que tenía esposa y nueve hijos y que el décimo estaba en camino. Le rogó que fuera misericordioso y no permitiera que sus pichones vivieran asociando la noche de Reyes con el día en que desapareció su padre. Sabía nadar bien, pero el mar comenzaba a volverse bravo y a tomar el color de esas nubes negras que se posaban sobre él. Pasaron casi tres horas, pero, justo cuando las fuerzas le flaqueaban y su ánimo se rendía, divisó su barco. Agradecido, hizo la promesa de ponerle a su próximo hijo el nombre del santo correspondiente al cinco de enero.
Nació en primavera. Fue niña y, como había prometido, la bautizó con dos de los nombres que aparecían en su almanaque santoral para aquel día: Telesfora Amelia. Transcurridos los años, los funcionarios de la comisaría donde Amelia acudía a renovar el carnet de identidad, le informaban de que, si lo deseaba (se ve que ellos sí), podía prescindir de su primer nombre. Pero ella no iba a permitir que una sola tecla de esos nuevos ordenadores borrara la promesa de su padre. El carbón nunca llegó a los zapatos de ningún niño de la isla de Gran Canaria; a su casa sí llegó el Rey Mago, con la corona mojada y fría, y disfrutó de él por muchos años.
martes, 31 de enero de 2012
No ven, ni oyen, ni huelen
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| Foto de Todd Winters |
Todos los días me repito que no lo volveré a hacer, pero vuelvo a caer. Incluso Canela ha desarrollado un buen olfato para localizar a las parejas más ardientes. Y eso que el número de amantes sin techo no hace más que crecer –otra consecuencia de la crisis, seguro-. Salgo con ella a última hora de la tarde y se va parando tras aquellos árboles desde donde puede divisarlos con cierta claridad, pero solo es capaz de evacuar cuando topa con amadores que ya tienen las serotoninas en ebullición. Entonces me apuro a recoger su deposición, la tiro en la primera papelera que encuentro y vuelvo rápidamente a casa para dejar a Canela. Y bajo solo. Siempre vuelvo a bajar, por más que me digo a mí mismo que debo parar. Y aun tengo la sangre fría de cambiarme de chaqueta a sabiendas de que con la negra logro camuflarme mejor. Vuelvo al árbol que Canela ha preseleccionado para mí. Ya el sol se ha puesto. La noche les vuelve desinhibidos. Los observo. Permanecen en el banco; ella se coloca sobre él y pasados unos minutos dejan de ver, de oír, de oler; son puro sentido del tacto. Ya me puedo acercar sin peligro de ser descubierto; me apodero del bolso que se halla a tan solo unos centímetros de sus cuerpos. Solo me quedo con el dinero; el resto lo dejo en la misma papelera donde deposité los excrementos de mi perra. Rara vez me hago con más de veinte euros. ¡Puta crisis!
sábado, 28 de enero de 2012
No respires
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| Foto de Todd Winters |
miércoles, 25 de enero de 2012
Perdido
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| Foto de Todd Winters |
Intenta tranquilizarse adelantándose a lo peor. Si la nieve cubriera la carretera hasta hacerla desaparecer, siempre estaría el GPS y, si este fallase, tendría esos cables eléctricos como guía. Pero va a llegar, lo sabe bien. Tiene el depósito lleno de gasolina, los pronósticos del tiempo son favorables a pesar de la espesa nieve y, por encima de todo, están sus deseos de encontrarse con ella. En sus veinticinco años de matrimonio nunca habían pasado tantos días separados. Cuando le ofrecieron este intercambio académico lo dudó mucho. Además de esas cuatro semanas privándose de su tacto, estaba el largo viaje -casi diez horas de vuelo transoceánico más cuatro horas de viaje en carretera por el Illinois profundo-. Ella tuvo que convencerlo con las ventajas laborales que este intercambio le traería. A la ida se sintió más nervioso, pero le elaboraron las instrucciones con tanto cuidado que no tuvo ningún problema en encontrar la pequeña localidad a la que se dirigía. La vuelta debía de ser más fácil, aunque no contó con esta nieve en pleno mes de octubre. Para relajarse, piensa en el momento de la llegada a casa, en el abrazo cálido, en el sabor de su boca, en el olor de su pelo, en sus caderas. ¡Cómo desea llegar! No obstante, decide parar el coche. Empieza a alejarse de él: veinte metros; el aire frío le hace lagrimear; cuarenta; las lágrimas comienzan a solidificarse entre sus pestañas sin tiempo a que la gravedad haga su trabajo; cincuenta; comienza a perder la sensibilidad en los dedos de los pies; sesenta metros. Se detiene, saca la cámara del bolsillo interior de su abrigo, mira por el ocular y coloca el coche en el centro del encuadre del tercio inferior, entonces dispara. Ahora tiene la imagen que ilustra cómo se sintió al alejarse de ella.
domingo, 22 de enero de 2012
Mamá, dame danke
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| La Güera, 1972 (foto: familia Brito) |
Mi padre me pide que mire a la cámara; el sol no me deja ver y me cuesta mantener los ojos abiertos. Además, la arena está caliente y me está quemando las piernas. Pero, bueno, hoy es un día especial. Hemos venido al aeropuerto a recoger unas cajas que trae el avión del ejército que viene de Las Palmas. Llega tarde porque se ha parado a coger gasolina en Villa Cisneros y se han dado cuenta de que las ruedas estaban desinfladas. Así que no llegará a La Güera hasta dentro de una hora. Para 'matar el tiempo' (así dice mi padre; a mí me suena mejor 'vivir el tiempo') hemos comprado un carrete Kodak de 36 y nos hemos puesto a sacar fotos. Hoy tengo muchas ganas de que llegue ese avión porque es mi cumpleaños y sé que en las cajas que manda maye hay regalos para mí. Siempre manda fruta, verduras y huevos –la mitad llegan rotos-, pero seguro que hoy me manda algún coche, o un rompecabezas, o una bolsa de indios y vaqueros. Esta tarde vamos a hacer una fiesta para todos los niños del pueblo. Madame Clós también va a hacer otra fiesta para los grandes en el Casino y así despedir a esos alemanes que llegaron hace quince días en una roulotte. ¡El primer día los mirábamos todos asombrados! Una roulotte es un camión que es como una casa por dentro. La aparcaron justo enfrente de mi casa y mi madre les dejó usar nuestro baño. Esta noche, como es la última, los dos hijos, Markus y Sophie, van a dormir con nosotros. A mi tía Pino le han contado que son muy ricos; tienen una fábrica que pela papas para los restaurantes y, solo con eso, se han hecho riquísimos. Y por eso ahora se recorren África en esa súper roulotte. Hoy todos se han reído cuando he dicho “mamá, dame danke”. Todavía no sé muy bien por qué se han reído; Markus y Sophie siempre dicen 'danke' cuando estiran la mano para coger manises.
viernes, 20 de enero de 2012
Confabulación dominical
Intuí que tomar un poco de aire me sentaría bien. Llevaba días alongándome a mis desdichas, dramatizando banalidades; necesitaba salir, oír otras voces que no fueran la mía. Era domingo, uno de esos primeros días de otoño con el verano resistiéndose a la despedida. Los jardines de Luxemburgo iban a estar abarrotados, pero urgía dejarme acariciar por el sol y, además, me quedaban casi a tiro de piedra. Callejeé el Barrio Latino, me compré El País, sorteé como pude las colas frente al Cluny y bajé el Boulevard Saint-Michel hasta la Rué de Médicis. Antes de entrar en los jardines, decidí tomarme un té y saborear una de esas maravillosas tartas de queso que preparan en el salón Thé Cool. Tuve suerte y encontré sitio en una de las coquetas mesas lilas que tienen en la terraza. Con el apetito satisfecho, medio periódico leído y desbebido el té, me adentré en el edén. Busqué un hueco en el concurrido césped y, antes de leer a mi cascarrabias preferido, don Javier Marías, eché una ojeada a mi alrededor: familias modelo, un amartelado clavando alegremente banderillas, niños persiguiendo risas, enamorados compartiendo confidencias y, para rematar, besadores exhibicionistas. ¿Se habían confabulado todos para mostrarme su felicidad? Entonces mi mirada se cruzó con la de él; se escondía tras unas gafas negras, me sonrió y supe que compartíamos la misma idea: "¡Fuerte manía de guillotinar los árboles de esta manera!". ![]() |
| Foto de Todd Winters |
martes, 17 de enero de 2012
Sandesh
Hace apenas unos años los papeles estaban invertidos. Era mi padre quien guiaba a mi hijo Sandesh de la mano para que no tropezara por estas calles a medio asfaltar y mi hijo el que le proporcionaba la alegría de vivir. Pero papá ha envejecido tanto que ahora es Sandesh quien le ofrece ayuda al andar y papá el que le da apoyo psicológico. Desde que nos mudamos a la ciudad hace tres años, el comienzo de curso para Sandesh es siempre una batalla. Le cuesta seguir instrucciones y yo no puedo evitar culparme por ello; en casa seguimos hablando hindi y su inglés no es tan fluido como el de los otros niños de Agra. Yo creo que por eso desconecta con tanta facilidad. Al parecer, su cara de ausente es tan evidente que su maestra suele bromear al respecto. Él solo repara en ello cuando oye las carcajadas de sus compañeros. Papá tiene otra explicación. Le dice que no se apure, que él era igual cuando niño y le cuenta que, aunque nunca fue al colegio, le encantaba soñar despierto cuando se encontraba rodeado de gente, ya fuera en el tren camino a los arrozales o en las fiestas familiares. Entraba en trance y se ponía a inventar los pasados y futuros de los que le rodeaban. Luego le recuerda que su nombre, Sandesh, significa ‘mensaje’ en sánscrito y le asegura que un día esa luz del sol terminará por iluminarlo; entonces, todas esas historias que hoy ocupan su mente se convertirán en grandes mensajes de ficción que alegrarán el espíritu de mucha gente. Observo ese rayo de luz atravesando su pequeño cuerpo y rezo para que así sea.
sábado, 14 de enero de 2012
El sombrero
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| Foto de Todd Winters |
miércoles, 11 de enero de 2012
Mar de invierno
| Foto: María Brito |
Me he alejado de
él en múltiples ocasiones, pero no siempre necesito el contacto para sentirlo próximo. Por eso, cuando nos volvemos a cruzar, solo nos lleva unos segundos
reconocernos. Cuando era niña, y nos separaban casi tres horas de vuelo, lo
imaginaba en la línea del horizonte y, si me esforzaba, conseguía incluso convertir
el ruido del tráfico en su añorado sonido. Su atractivo es aún mayor en
invierno. Era en esta estación cuando, aprovechando las vacaciones de navidad, veníamos
a disfrutar de él y, en un abrir y cerrar de ojos, trocábamos la bufanda y el
gorro por el bañador y las cholas. Es coqueto, así que entre menos observado se
siente, mayor es su encanto. Su susurro me resulta arrebatador, incluso
cuando simula estar enojado, y nada me reconforta más que su tacto. El
sabor que deja en mis labios después de rozarme durante apenas unas
décimas de segundos supera cualquier delicatessen elaborada. Casi siempre lo
disfruto a solas, pero reconozco que las evocaciones más recurrentes son en compañía. Aquellos baños pueriles con los primos en el Puerto de Las Nieves, con los amantes en las calas más recónditas, y en Las Canteras, siempre Las Canteras: los paseos matutinos con
papá, los picnics al atardecer con los
amigos y, ahora, con el deseo de volverlo a compartir.
domingo, 8 de enero de 2012
Gustificándome
Sé que no necesito explicar la razón de este blog, pero hoy Rosa Montero me ha regalado estas palabras para “gustificarme”:
(…) Para eso se escribe, se pinta, se compone una
sonata. Para escapar del encierro de nuestra individualidad. Y para eso se lee,
se va al cine, se escucha la música. Para unirnos a los demás, para saber que
no estamos solos. Aunque después todo desaparezca, como decía Beauvoir. Pero en
el entretanto están los amigos y los amados. Está la posibilidad de compartir
de cuando en cuando una emoción profunda, y la suerte de poder sentirte
acompañado, aunque sólo dure un momento, aunque sólo sea un chispazo, un
espejismo, como la incierta luz de ese barco en la negrura.
Rosa Montero (2012). “La Luz de un pequeño barco en
la oscuridad”. El País Semanal (Nº
1.841: p. 72)
sábado, 7 de enero de 2012
Los chicos con las chicas
A nosotras la canción de Los Bravos ya nos pilló entraditas en años. En el 67 yo ya
tenía tres churumbeles y cualquiera le decía a mi marido que me iba a la playa con los niños y el Jacinto; por muy amigo de la familia que fuera, Jacinto
ni estaba casado ni era gay -esas cosas no se llevaban entonces. Si no salíamos con el marido, tirábamos de las primas, o de las amigas, y Santas Pascuas. Y qué quiere que le
diga, yo con mis amigas me siento más a gusto. Si se me sale el michelín del
bañador, pues se me sale, pero con un
hombre...
Nosotros salíamos con una muchacha solo si la estábamos pretendiendo. Amigas nunca tuvimos. Bueno, las amigas de mi mujer, pero, vamos, que salíamos con ellas si también venía la parienta. La verdad: yo nunca he hablado de tú a tú con otra mujer. Mi hijo, ese sí que aprovechó. ¡Anda que no salió con mujeres! Ahora que, una vez casado, se le acabó lo bueno. Le pilla mi nuera tomando un café con una amiguita y le corta los cataplines. Mi nieto, ese sí que anda con mujeres casadas, pero sus maridos saben que con él no corren peligro. ¡Si te digo yo que algunas cosas no han cambiado tanto, Jacinto!
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| Fotos de Todd Winters. |
Nosotros salíamos con una muchacha solo si la estábamos pretendiendo. Amigas nunca tuvimos. Bueno, las amigas de mi mujer, pero, vamos, que salíamos con ellas si también venía la parienta. La verdad: yo nunca he hablado de tú a tú con otra mujer. Mi hijo, ese sí que aprovechó. ¡Anda que no salió con mujeres! Ahora que, una vez casado, se le acabó lo bueno. Le pilla mi nuera tomando un café con una amiguita y le corta los cataplines. Mi nieto, ese sí que anda con mujeres casadas, pero sus maridos saben que con él no corren peligro. ¡Si te digo yo que algunas cosas no han cambiado tanto, Jacinto!
martes, 3 de enero de 2012
El fotógrafo
| Foto: María Brito |
Perú cuenta con el mayor número de perros callejeros
que yo jamás haya visto. Los conductores circulan atentos a la aparición
repentina de estos canes y ellos se mueven como si se dirigieran a un destino
concreto. Cruzan calles, entran en mercados, en restaurantes, duermen al calor
de sus iguales y el lugar donde defecan es todo un misterio. Quizás fue el color rojizo de su pelaje, que tan
oportunamente contrastaba con la piedra y la madera, el que llamó su atención,
o tal vez fuera su expresión corporal: la cola caída, la mirada ausente y ese sentirse abandonado. Yo les retraté unos
segundos antes. Todd Winters lo
hizo en el momento exacto para captar su alma, pero esa es una instantánea que,
por esta vez, dejaré que imaginen.
sábado, 31 de diciembre de 2011
Caminemos
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| Foto de: Todd Winters |
El flanco de la
derecha muestra más dificultad, pero si no caminamos sobre él, la arena
terminará por cubrir el lado izquierdo. Caminemos, en la senda que cada uno
quiera, pero sigamos andando y, cuando no nos guste el camino, miremos el apacible azul
que cubre ambos márgenes y mantengamos el paso. El viento -ya lo sabemos- es
caprichoso. Encontraremos paisajes menos áridos y estas dunas fatigosas serán
olvidadas. Si nos paramos, que solo sea para coger perspectiva. ¡Feliz camino
2012!
jueves, 29 de diciembre de 2011
Mateo y Ana
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| Barcelona (2011). Fotos: María Brito |
Nota: Mateo y Ana son dos personajes de la novela Sentados de Santiago Gil, a quienes tomo prestados, sin permiso, para esta entrada.
martes, 27 de diciembre de 2011
Juego de anónimos
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| Foto de Todd Winters |
jueves, 22 de diciembre de 2011
Gracias. Thank you.
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| Fotos de: Todd Winters (izda.) y María Brito (dcha.-obvious, I know) |
Hoy, por estas latitudes, tiene lugar el solsticio de invierno y coincide con la entrada número veinticinco de este blog. No puedo negar que empiezo esta nueva estación muy ilusionada. Sin duda, tiene mucho que ver con el hecho de poder contar con las fotografías de otra persona vital para este blog, Toddito Inviernos (Google Translate le revelará su verdadero nombre). Son sus imágenes las que inspiran mis últimos textos y las que me hacen seguir soñando.
Desde aquí quiero hacer público mi más sincero agradecimiento a los dos. Sin el primero este blog no existiría y sin el segundo seguro que sería menos atractivo. Asimismo, aprovecho la ocasión (salió la vieja secretaria que hay en mí) para desearles a ellos y a ustedes, los que se acercan a mi blog para hacer suyas estas Palabras, unas muy felices fiestas. Desde la nieve, o la arena, o lo que tengan al alcance, disfruten.
martes, 20 de diciembre de 2011
El camino
Tal vez esta línea del tiempo marque la mitad de mi camino; me tomo unos minutos para hacer un pequeño receso. Sin mirar atrás dejo que los recuerdos anden conmigo. Son parte de quien soy y
dejarlos a la zaga sería negarme a mí misma. Con tantas gratas memorias a veces temo que esta otra mitad del recorrido no me resulte tan
emocionante. A las memorias ingratas las he logrado almacenar en una pequeña faltriquera; de vez en cuando abro su cremallera y descubro que la biodegradación las
está transformando en moléculas casi imperceptibles. Ahora sé que
esta carretera tiene bifurcaciones inesperadas. He recorrido millas que no entraban
en mi plan de viaje; muchas las he hecho siguiendo el paso de otros viandantes,
otras veces he encontrado caminantes que se han unido al mío. Extraño
especialmente a los que llegaron a la meta antes de tiempo, o antes de que yo
pudiera o quisiera divisarla, y es con ellos con quienes charlo cuando me siento
especialmente feliz, o desgraciada. Saben que las carreteras largas se me hacen tediosas y que no hay nada que me guste más que encontrar nuevos caminos. Fin del receso.
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| Foto de Todd Winters |
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