Palabras
Un blog de María Brito
lunes, 2 de noviembre de 2026
martes, 2 de junio de 2026
Tumbando refranes
“¡Oh, esta tarta está absolutamente deliciosa, Lorena!” –dijo Steve, el único hombre en el departamento de inglés. Y lo hizo sin poder disimular su acento británico, pronunciando cada una de las /t/ y /d/ como consonantes alveolares–. “¿Sabes que hay un refrán inglés que dice The way to a man’s heart is through his stomach? Seguro que tu chico está encantado contigo” –remató. Todas rieron, aunque sus bocas de risa falsa se asemejaron más a las de unas gárgolas góticas.
Lorena llevaba apenas unos meses como sustituta en el centro; ese día había traído una tarta de queso hecha por ella misma para celebrar su veintisiete cumpleaños. En cuanto Steve salió por la puerta del departamento, llegaron las reacciones a su comentario.
–¡Veinte años en España y todavía no se ha enterado de que aquí tenemos el mismo refrán! –dijo Ana, la jefa del departamento, no sin cierto resquemor.
–¡Y qué manía con presuponer que todas somos heteros! –protestó Irene, quien hacía solo unos días había salido del armario y ahora no había quien la parase.
–¿Pero por qué coño nos hemos tenido que reír todas al unísono y no decir nada? Estoy hasta el potorro de no reaccionar ante estos micromachismos –dijo visiblemente enojada Raquel.
–Pero, chica, ¿qué querías que dijéramos? Los tíos están muy sensibles. Les dices cualquier cosa y enseguida te tachan de feminazi –soltó Ágatha.
–Pues yo no tengo ni puta idea de cocinar, pero hago unas mamadas increíbles y mi marido jamás me ha protestado por no saber hacer ni un huevo frito. –El comentario vino, por supuesto, de Rita, a quien le encantaba poner el toque picante a cada intercambio de opiniones.
Todas volvieron a reír, pero esta vez con ganas. Sonó entonces el timbre del final de recreo y salieron a toda prisa hacia sus respectivas aulas. De camino a clase, Lorena se acercó a la conserjería a darle a Paula, la bedel, un trocito de tarta con la puntualización de que era sin lactosa y casera. “¡Ay, mi niña, qué contento tiene que estar tu novio contigo!”, le respondió Paula; esta vez Lorena no se rio y cruzó los brazos a la altura de sus hombros en señal de desaprobación, como el emoticono de WhatsApp, aunque dudó de que la generación X, a la que Paula pertenecía, entendiera su gesto.
Ya en casa, Lorena siguió dándole vueltas a la conversación de aquella mañana mientras metía en el horno la lasaña de carne que había dejado preparada la tarde anterior. Su chico, tras un año de convivencia, le seguía alabando sus dotes culinarias; sin embargo, últimamente lo sentía distante con ella. Hacía unas semanas que había dejado de insistirle en que le hiciera una felación. Ella le había explicado por activa y por pasiva que le daba mucho asco y se sentía incapaz de hacerlo. Aunque nunca había prestado demasiada atención a los refranes, el comentario de su compañera Rita le hizo pensar que igual el refranero hispano-inglés estaba equivocado. Tal vez no fuera cierto que a un hombre se le conquiste por el estómago, sino que había que apuntar más abajo. Así que para celebrar su cumple quiso darse una oportunidad y esa misma noche invitó a su chico a tomarse una ducha juntos: “Para ser muy guarros hay que ser muy limpios” –le susurró al oído. Tras la ducha, y sin detenerse demasiado en otras partes de su cuerpo, procedió a hacerle la mamada de su vida. Para su sorpresa, y la de él, el sexo oral la puso a cien; dejó que se recuperara y le reclamó: “Venga, amor, ahora te toca a ti. ¡Ah, y que sepas que de aquí en adelante los fines de semana cocinas tú!”.
domingo, 26 de abril de 2026
Nada me gusta más
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Nada me gusta más que
Una fiesta con la familia después de un tiempo sin vernos,
Excepto quizás
El silencio de mi casa luego de un encuentro familiar.
Nada me gusta más que
Planificar unas vacaciones lejos de casa,
Excepto quizás
Volver a casa tras las vacaciones.
Nada me gusta más que
Un baño en el mar en un día soleado,
Excepto quizás
Deshacerme del salitre del mar con una ducha tibia.
Nada me gusta más que
Descubrir una nueva canción que me emociona,
Excepto quizás
Emocionarme con las viejas canciones.
Nada me gusta más que
Deambular sola por mi adorado Madrid,
Excepto quizás
Una quedada con amigos en la cervecería de siempre.
Nada me gusta más que
El calor de tu cuerpo en mi cama,
Excepto quizás
El frescor de mis sábanas cuando no estás.
O viceversa... quizás.
viernes, 27 de febrero de 2026
Etiquetas
Madura y sensata: estos fueron los calificativos más repetidos con los que solían describirme cuando era niña e incluso al atravesar mi adolescencia. Tanto me los repitieron que continué en ese papel durante las dos primeras décadas de mi vida adulta, aunque para entonces ya nadie me describía así –era lo que tocaba–. Sin embargo, al acercarme a los cuarenta el cuerpo me pedía convertirme en una mujer inmadura e insensata y me puse manos a la obra. Los que pululaban a mi alrededor tardaron bastante tiempo en percatarse de estos cambios en mi personalidad. Supongo que les costaba quitarme el etiquetado y eso, sin duda, fue una gran ventaja.
Cuando anuncié en casa que quería volver a la universidad, mis dos hijos adolescentes y el papá entendieron que quería sacarme la espinita de acabar la carrera que había dejado a medias cuando, con veinte años, me quedé embarazada; ese fue el único disgusto que había dado a mis padres en toda mi vida, pero se les pasó en cuanto supieron que daba un braguetazo inverso: el papá de los futuros gemelos acababa de sacar una plaza como técnico de la Hacienda Pública; todo un salto en la escala social, teniendo en cuenta que los problemas de mi padre con el alcohol nunca le permitieron conservar un trabajo más allá de los tres meses.
Aunque lo disimulé durante años, aborrecía ser ama de casa y nada me molestaba más que tener que poner esas tres palabras en la casilla de “ocupación” cada vez que rellenaba un formulario. Me matriculé en tercero de Bellas Artes –donde lo había dejado– y lo primero que hice fue convertir el pequeño cuarto de costura en mi estudio: vendí la máquina de coser y saqué del trastero mi viejo bastidor; los hilos fueron sustituidos por tubos de acrílicos, óleos y acuarelas. Para poder cumplir con las exigencias del grado a los chicos no les quedó otra que apuntarse en el comedor del instituto y el papá tiró de los menús del día hasta que empezó a sufrir de ardor de estómago; descubrió entonces el camino al mercado y se convirtió en fan del Canal Cocina. Los fogones no se le daban nada mal. Disfrutaba de su nueva pasión. Todos felices.
En mi cuarto año de carrera, el estudio se me quedó pequeño. Con la ayuda de unos compañeros de la facultad arreglé la casa del pueblo que la abuela me había dejado en herencia y empezamos a usarla como taller. Al principio solíamos ir entre semana, mientras mis hijos estaban en clase; luego fueron los fines de semana alternos hasta que terminé yendo cada vez que el grado “me lo exigía”, lo cual era con mucha frecuencia. En aquel espacio podía ser yo misma, mi nueva “yo misma”. La mujer tímida, que sufría incluso en conversaciones telefónicas, allí no dudaba en posar desnuda para los compañeros de clase a los que doblaba en edad. A ellos les fascinaba pintar las curvas de una casi cuarentona y yo disfrutaba muchísimo dibujando sus cuerpos aún inmunes a la ingesta de cerveza. Descubrir nuestros cuerpos en mayor profundidad se convirtió pronto en un ritual. Las cajas de preservativos entraban en los gastos comunes al igual que el pan de molde o el queso de barra. Eso no me eximió del sexo con mi marido; muy al contrario: me despertó la libido aún más. Todos felices.
Acabé la carrera justo cuando mis hijos comenzaron la suya. Pronto comprobamos que un solo sueldo se nos quedaba muy corto, por lo que decidí incorporarme al mundo laboral remunerado. Por medio de uno de mis profesores de la facultad, conseguí un trabajo a media jornada en la Escuela de Artes y Oficios. Las clases en horario de tarde-noche me distanciaron aún más de mi marido. Él no parecía muy afectado por este cambio. De hecho, cada vez era más frecuente llegar tarde a casa y encontrarme con que él no había llegado. Separarnos fue solo sorpresa para nuestros padres y algunos amigos. Tanto los chicos como nosotros lo vivimos con naturalidad.
Me mudé a la casa del pueblo tras nuestra separación –de eso ya hace cinco años– y aquí sigo, pintando a las horas que me place y el trabajo me lo permite, y con la puerta de mi taller siempre abierta a alumnado y compañeros de oficio. Mi historia es una historia pequeña, sin grandes aspavientos, pero les será fácil adivinar cómo adoro mis nuevas etiquetas: tanto las de insensata e inmadura, a los ojos de los viejos amigos y padres, como las de bohemia y madre amorosa, a los ojos de mis hijos y de mis nuevos amigos. Todas felices.
domingo, 8 de febrero de 2026
Relatos en cadena: Fumando espero
Jugó a dibujar figuras de humo y sorprendentemente logró dejar de pensar. Al concentrarse en hacer círculos de distintos tamaños, el ruido interior se silenció.
Lo había intentado con meditación, con largos baños en esa tina que tenía los días contados, y hasta con diazepam. Fue incluso a comprar Marlboro mentolado, pero volvió de vacío; el estanquero borde de antaño le informó de que hacía cinco años que estaban fuera del mercado. Recordó entonces que aún conservaba un canuto que su ahora ex había dejado atrás. Mientras dibujaba círculos de humo le vino a la mente Sarita; tras imitarla, llegó la carcajada y con ella la liberación.
lunes, 2 de febrero de 2026
Finales Felices
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| Getty/SModa |
domingo, 25 de enero de 2026
Sincericidio Voluntario
La sentencia fue clara: sincericidio voluntario, con el agravante de reincidencia y de no asumir el delito. Él sigue afirmando que su única intención fue mantenerse fiel a su promesa de no tener secretos con su mujer. Ese fue su único argumento de defensa, pero no le sirvió de nada.
Lo peor no es la pena que le ha caído. El arresto domiciliario con malas caras y ausencia de sexo durante al menos tres o cuatro semanas –dependerá de su comportamiento y de la libido de ella– es un mal menor. El verdadero castigo está en la certeza de que ese delito no prescribirá por más que cumpla su condena. Su relato de los hechos será utilizado como munición en futuros momentos de conflicto. Veintidós años juntos y sigue sin aprender la lección. ¿Qué necesidad tenía de contarle que se había tomado un café con su ex y encima entrar en detalles que no le pedía?
Se habían encontrado de casualidad en el metro. La idea del café no fue ni siquiera suya. Su ex, utilizando ese encanto innato que la caracteriza, le convenció de ir al Café Manuela y ponerse al día con sus vidas –lo tenían a tiro de piedra y siempre estuvo entre sus favoritos–. Para él fue muy fácil resumir sus últimas dos décadas: el mismo trabajo, los gemelos a punto de cumplir su mayoría de edad –los ojos le brillaban de orgullo al mostrar sus fotos en el móvil– y los mismos amigos. Ella se extendió un poco más: cuatro cambios de empresa que le habían llevado a residir en tres países, unas cuantas parejas (no especificó el número), cero hijos y, desde hace tres años, vida rural en un pueblecito costero de su Cádiz natal (el sueño, que una vez fue de los dos, cumplido).
Ella sintió entonces que había hablado demasiado y pasó a hacerle la pregunta del millón: “¿Cómo haces para mantener la llama del amor viva tras tantos años de matrimonio?” Él tiró de su profesión de físico y pasó a explicarle que es muy similar a mantener la llama de una hoguera encendida: se alimenta añadiendo de manera progresiva troncos de mayor tamaño sobre las brasas y manteniendo el flujo de aire adecuado para una combustión constante. Añadió que lo más complicado es encontrar troncos grandes cuando atraviesas tramos del camino que se asimilan a una sabana. Entonces era esencial el trabajo en equipo: entre dos es más sencillo encontrar esos troncos y mantener la llama encendida. En esos momentos ella no pudo evitar sentir algo de celos, pero se esmeró en disimularlo, sonrió y se limitó a felicitarle por ello.
Luego pasaron a repasar su pasado juntos y, aunque eran conscientes de que podían estar cruzando una línea peligrosa, no se frenaron. Afloraron recuerdos que creían prácticamente borrados. No estaban seguros de si algunos de ellos ocurrieron como los recordaban o si el tiempo se había encargado de edulcorarlos. No podían dejar de sonreír e incluso, por momentos, sus ojos se volvieron vidriosos, pero de pronto, y sin previo aviso, los dos se pusieron muy nerviosos. Aquel café (ya reconvertido en tres pacharanes) les estaba llevando por un camino de no retorno y les entró el pánico: él seguía amando a su mujer y en los planes de ella nunca ha entrado convertirse en amante. Al unísono, y de manera abrupta, decidieron dar fin a aquel reencuentro y, tras pagar la cuenta a medias, como siempre habían hecho, se despidieron en la puerta del Café con dos cándidos besos en las mejillas; en el segundo él no pudo evitar dar un pequeño giro de cuello y rozar sus labios. Sabían exactamente igual a como los recordaba.
Al llegar a casa, su mujer le preguntó distraídamente por qué llegaba tan tarde –en la mente de ella solo cabía el nuevo proyecto del laboratorio que últimamente le tenía desbordado de trabajo–. Sin embargo, él se subió al estrado y comenzó a contarle toda la verdad, y nada más que la verdad. La experiencia no le ha enseñado que la discreción es autoprotección.
Bien es cierto que nunca le ha contado que el aroma del gel Tulipán negro que alguna vez compran le sigue trasladando a aquellas maravillosas vacaciones con su ex en Zahara de los Atunes; ni tampoco le ha dicho que evita los paseos por el Parque del Oeste porque, aun en compañía de los gemelos, a él le viene a la mente aquellas primeras caricias clandestinas con las que descubrieron sus cuerpos; aquellas que según subían de temperatura y caía la noche, escondían bajo su plumas azul, talla XXL, para ocultarse de los voyeristas que les espiaban tras los árboles. Aunque en alguna ocasión se enfrentó verbalmente con alguno de ellos, casi siempre el calor del momento les volvía distraídos. No parece entender que al igual que oculta esos pensamientos, bien podía haberse ahorrado la confesión de los hechos de aquella tarde; a fin de cuentas, no habían cruzado ninguna línea roja. Ni se plantea que esos pensamientos no verbalizados también pueden ser otra forma de infidelidad.
Ahora sabe que tras haberle sido leída la sentencia se encuentra en la casilla de salida: una vez más debe convencerla de que es a ella a quien ama, de que es a ella a quien ha elegido como compañera de vida y es así como quiere que siga siendo. La otra, la zorra de la otra (le duele que su mujer la llame así, pero igual se lo merece después del tsunami que les ha provocado) es “sólo pasado, un bonito pasado y nada más”. Efectivamente, este adjetivo también podría haberlo omitido.
El supremo se ratifica: sincericidio voluntario y le advierte que, de repetirse el delito, la próxima vez pisa cárcel.
domingo, 14 de diciembre de 2025
Relatos en Cadena: Un recordatorio
domingo, 7 de diciembre de 2025
Relatos en Candena: Sigo instrucciones
Jugó a dibujar figuras de humo cual quinceañero fumando sus primeros porros; su adorado Bob Dylan sonaba de fondo revelando su edad. Entonces dejó caer la bomba precedida, eso sí, por su clásico “no me juzgues, hermanita”. Los dos sabemos que cuando empieza con esa muletilla es que la ha cagado. Nuestra madre nos enseñó a no juzgar sin conocer, pero se da la circunstancia de que lo conozco desde el mismo día en que nació. Liarse con el marido de su mejor amigo es una gran cagada. No obstante, yo sigo instrucciones: miro al infinito, pongo cara de póquer y tarareo Blowing in the wind.
domingo, 30 de noviembre de 2025
Relatos en Cadena: No me juzguen
Sabía a soledad, pero también a paz, o así es como Rosa lo sentía y estaba ansiosa por contarlo. Solían reunirse una vez al mes, pero en el último semestre sólo habían logrado verse en dos ocasiones y encima en el tanatorio. WhatsApp las mantenía al día, o eso creían.
Hoy, finalmente, brindarían por la prejubilación de Julia y el aprobado del MIR de la niña de Lucía. Rosa guardó el notición para un último brindis: “No habrá bodas de plata: me separo”. No simularon sorpresa, pero su reflexión a viva voz sí las dejó boquiabiertas: “No me juzguen, chicas, pero para mí los orgasmos están sobrevalorados.”
lunes, 24 de noviembre de 2025
Relatos en Cadena: Condicionales
Esa noche saldrían a cenar un bocadillo de calamares. No era una noche cualquiera: se cumplía justo un año del fatídico accidente; un año de largas operaciones y terapia. Aquella noche él perdió su moto, aún sin pagar, y ella su brazo derecho.
A él, los “sis” le atropellaron durante meses: “Si nos hubiéramos pedido una pizza, como tú querías”, “si aquel gilipollas hubiera hecho el stop”, “si no me hubiera comprado la moto, como me había suplicado mi madre”. Agotados sus “sis”, hoy sería ella la que haría realidad su último condicional: “Si hubiera roto contigo antes de salir, en lugar de dejarlo para después de la cena.”
domingo, 9 de noviembre de 2025
Una brillante idea
Fue justo en nuestro quinto aniversario cuando a él se le ocurrió la brillante idea de que escribiéramos las iniciales de nuestros nombres en todas nuestras pertenencias: libros, discos, macetas, e incluso toallas. De esa manera, si un día nos divorciábamos, nos resultaría más fácil hacer el reparto. Compramos rotuladores permanentes y empezamos colocando las cuatro iniciales de nuestros nombres en la esquina superior derecha de cada libro. Nos vimos en la obligación de poner las cuatro letras porque nuestros nombres coinciden en las tres primeras.
Íbamos a empezar a marcar los vinilos cuando aporté una modificación a su brillante idea: prescindir de las iniciales, que podían llevar a equívoco, y dibujar unas tetitas en los míos y una pollita en los suyos (el diminutivo se ajustaba a la realidad, pero eso no se lo dije). Aunque ninguno iba a querer apropiarse de los discos del otro (a mí Raphael no me hace tilín y él ni siquiera sabía quién era Raffaella Carrá) hacer esos dibujitos se nos antojó divertido y nos pusimos manos a la obra. Incluso volvimos a los libros ya marcados con iniciales y añadimos los nuevos símbolos distintivos.
Fue un poco más complicado convencer a la dependienta de la tienda de bordados de que nos hiciera esos mismos dibujos infantiles -ella no los veía así- en nuestras toallas blancas de algodón egipcio. Pensarán ustedes que hubiera bastado con repartírnoslas equitativamente, pero yo tenía la teoría (nunca compartida: callar fue clave en el éxito de nuestro matrimonio) de que sus toallas amarilleaban más -aquellos bordados terminaron probando que estaba en lo cierto-. No hubo compra que antes de entrar en casa no se decidiera si llevaría el sello de la pollita o de las tetitas (hacer los sellos fue una ampliación de la idea brillante). Con respecto a las fotos, decidimos hacer dos copias y colocarlas en sendos álbumes. Más adelante, en la era digital, nos ahorramos este gasto.
Veintiún años más tarde no imaginan ustedes lo fácil que ha sido encargarle a la empresa de mudanzas que embalaran todo de acuerdo al sello de cada cosa, desde los electrodomésticos a los imanes de la nevera. Nos han felicitado por ser tan previsores. Nunca habían encontrado una pareja de recién divorciados que se lo pusieran tan fácil. Lo han embalado todo en cajas idénticas y en las etiquetas, además del contenido, han dibujado la correspondiente pollita o tetitas. Les ha llevado apenas cinco horas y tres operarios hacer la mudanza. Al acabar hemos recibido un sms para informarnos de que todas nuestras pertenencias van ya camino de nuestras respectivas direcciones. No obstante, añaden, han dejado en la casa un objeto que, por ausencia de “pene/senos” (palabras textuales) no han sido capaces de embalar.
He sido yo quien ha llegado antes a nuestra casa. Confieso que he sentido cierta pena al encontrármelo abandonado en mitad del que hasta hace unas horas era nuestro salón; mis pasos se hacían eco del eco según me acercaba hacia él. Lo he cogido por las asas y con mucho cuidado, el mismo que ponía él al quitarle el polvo, lo he bajado y depositado junto al contenedor de basura de nuestro portal. Cuando he pasado con el coche tres minutos más tarde ya no estaba allí. Pongo la mano en el fuego en que ha sido mi ex quien lo ha cogido. Nunca lo admitió, pero incluir ese jarrón chino en nuestra lista de regalos de boda fue idea de su madre, QEPD.
domingo, 2 de noviembre de 2025
El sótano
domingo, 26 de octubre de 2025
Nunca dio problemas
Alberto era un niño muy reservado. Había que hacerle tropecientas preguntas para sacarle la misma información que su hermana podía contar en un par de minutos sin coger aire. Era el pequeño de la familia y su primo, cinco años mayor que él, ya se había encargado de desvelarle la magia de los Reyes Magos. Así que a sus nueve años, y con la Navidad a la vuelta de la esquina, aquel sábado no se le escaparon las idas y venidas de sus padres al garaje tan pronto lo creyeron dormido. Aunque conocía personalmente a Melchor, su ilusión se mantenía intacta. No logró dormir hasta bien entrada la noche, pero, por suerte, al día siguiente no había que madrugar.
El domingo amaneció lloviendo copiosamente. Mamá le despertó con un beso, mezcla de Farala y churros recién comprados. Le encantaban los churros, pero ese día fingió encontrarse mal y ni los probó. Esa mentira le libró de ir a misa de una en San Julián. Les insistió en que iba a estar bien y que se marcharan sin él. No era la primera vez que se quedaba solo; algunos días, cuando su padre tenía guardia en la comisaría y su madre y hermana tenían plan de chicas, le dejaban en casa sin problema. Con Alberto podían estar tranquilos: él nunca se metía en líos.
En cuanto se fueron se asomó por la ventana para asegurarse de que se alejaban. Había parado de llover, pero se fijó en las gotas que habían quedado sobre los cristales; le recordaron a esos plásticos de burbujas para empaquetar cosas delicadas que tanto le gustaba explotar. Madrid sonaba a domingo por la tarde: apenas se oían coches pasar y las conversaciones rotas de paseantes eran escasas. Se apresuró entonces a buscar su regalo estrella de este año: el Scalextric. Lo buscó debajo de la cama de sus padres, sobre el armario, en la solana… nada. Desistió y se puso a mirar si encontraba algo en lugares más pequeños. Fue entonces cuando en la mesa de noche de su padre encontró la pistola. Alberto tenía prohibido contar que era hijo de policía. Cuando rellenaba los formularios del cole, en la casilla de “profesión del padre” debía poner “funcionario”. Enseguida supo que aquella pistola no podía ser de juguete; él no la había pedido y, además, al cogerla la notó muy pesada; le sorprendió también lo fría que estaba, como si saliera de un congelador en lugar del cajón de calcetines de su padre. Oyó entonces el ascensor y corrió a guardarla en su mochila. Papá libraba al día siguiente y no la echaría de menos. Tenía tiempo suficiente para llevarla al cole y darle un buen susto a Ricardo. Se iba a enterar de quién era ahora el perdedor. Casi podía oler el pis que se iba a hacer encima en cuanto le pusiera la pistola en la sien. ¡Menudo susto se iba a llevar! Ya luego vendrían las tropecientas preguntas.
domingo, 31 de marzo de 2024
Domingo de Resurrección
Todos los acontecimientos y personajes que aquí se narran son reales. Los nombres son ficticios.
Sabía que este Domingo de Resurrección la playa estaría llena, pero no pude resistirme; desde mi nueva ventana, el mar competía y ganaba la partida al azul intenso del cielo; me reclamaba y yo me dejé conquistar.
Nadé, como siempre, un ida y vuelta desde el muelle hasta el risco y al finalizar me acomodé en el único hueco que quedaba sobre los tablones de la playa. A mi izquierda una chica de Baracaldo mantenía una conversación telefónica con su aita y le contaba el buen tiempo que hacía, su periplo por los pueblos de Gran Canaria y lo mucho que le gustaba Agaete. Mientras me tomaba un botellín, esperé pacientemente a que llegara el “Agur, aita” para poder empezar a leer Las muertas de Jorge Ibargüengoitia (que no te lleve a engaño, no es paisano de la baracaldesa, sino mexicano). Se hizo el silencio playero y pude avanzar seis páginas; de pronto me sacó de mi lectura el grito de una de las dos adolescentes que se encontraban a mi derecha -hasta ese momento habían permanecido en absoluto silencio frente a sus móviles.
–¡Mira, tía, qué fuerte, no me lo puedo creer! –decía la una mostrándole su móvil a la otra.
–No veo nada, ¿tienes el brillo al máximo? –le respondía su amiga con el nerviosismo contagiado.
–Joder, tía, es el Yeray comiéndole la boca a Itahisa; me toca la polla; estoy segura que me ha colgado esa foto para que yo la vea, el muy hijo de puta...
–¡Qué dices, tía!
Aquello iba a durar mucho más que la conversación de la vasca así que decidí ponerme los tapones de oídos que utilizo para nadar e intentar seguir con mi lectura. “Ella fue derecho a donde yo estaba, abrió la boca como si empezara a sonreír -alcancé a verle el diente roto- y me dio una bofetada.” No conseguía concentrarme y leí esta frase tantas veces que llegué a memorizarla. Mis tapones apenas lograban amortiguar los “me toca la polla” de la adolescente con cara de ángel y lengua de diabla trans. Lo seguí intentando… “No me moví. Ella dio la vuelta y empezó a alejarse. Yo miré a mi alrededor para ver quién había presenciado mi deshonra y no encontré más que al nevero…Si se ríe en ese momento yo le parto el hocico..." ¿O era la polla? Mi dos historias, la ficticia y la real, empezaban a enredarse y fue escuchar un “Lo voy a llamar, tía, yo lo quiero pero le voy a coger asco” y supe que mi día de playa había terminado. Me envolví en mi pareo y salí despavorida. No podía ser testigo del desenlace de aquel drama. Fui a casa y después de relatar los hechos tal y como sucedieron seguí leyendo Las muertas, donde “algunos de los acontecimientos que (ahí) se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios.”
sábado, 25 de marzo de 2023
Yucatán, te amo
Me gusta que el canto mañanero de los cenzontles en mi patio trasero sea mi nuevo despertador. Me gustan mis nuevos desayunos con mango, mamey o rambután. Me gusta leer bajo la sombra de una palapa en la playa de Sisal y que mi lectura se vea interrumpida por una banda de flamingos camino a Las Coloradas. Me gusta caminar por ruinas de haciendas henequeneras y bañarme en cenotes escondidos en la selva; intento caminar suavecito para no enojar a ningún alux -no creo en espíritus pero prefiero tenerlos de mi lado, no me vayan a provocar el mal aire-. Me gusta tener una tlapalería a la vuelta de la esquina y no solo por el puro goce de articular esta nueva palabra, sino porque nunca sabes cuándo puedes necesitar un bote de pintura verde maya o un desarmador. También es una suerte tener tan cerca la tortillería, y que el aroma a tortillas de maíz se cuele por mi zaguán; y qué bien viene una tienda de abarrotes en tu misma calle y ahorrarte un viaje al Chedraui para ir solo a por aceite, y de paso pasar por la florería -y percatarme de otro nuevo juego de sufijos-. Me gusta salir al mediodía en busca de un nuevo tianguis de comida y pedirme unas quesadillas de flor de calabaza, o nopales rellenos de queso y portobello con crema deslactosada. ¡Guácala, no me gusta que el mantel de hule esté tan pegajoso!
Tras el delicioso almuerzo, me gusta volver a casa a esconderme del sol abrasador y ponerme a leer en la hamaca de mi sala, pero detesto la comezón de los moscos que me atacan mientras leo -leía- plácidamente. Me gusta agarrar el camión para ir a clase de zumba en la Plaza de San Sebastián -mucho mejor que manejar entre tanto tope y tanto alto-. Amo observar la energía que emana de esa Plaza a la hora en la que cae el sol: la de las jugadoras en la cancha de softbol, la de la banda municipal ensayando marchas militares al compás de trompetas y roncos tambores, la de las doñas vestidas en coloridos huipiles acudiendo a misa de siete, y la nuestra, moviéndonos al son de cumbias de letras irreverentes que escupe nuestra bocina y, sí, me encanta bailar sin sentido del ridículo aunque continuamente me haga bolas con las coreografías. De vuelta a casa, me gusta la plática con mis vecinos quienes, con el sol ya escondido, sacan sus sillas fuera de casa y las colocan sobre las banquetas de alturas caprichosas para tomar el fresco. No sé si ya lo dije, pero odio profundamente que me acribillen los moscos mientras escribo este texto sin que la iguana, que a última hora del día viene a visitarme cual salida del Cretácico, haga nada por impedirlo. Se acabó, ducha fría bajo la regadera y a dormir.
¡Mare!, después de echar la hueva durante meses, salió mi primer texto en tierras yucatecas. Ándale, pues.
(Publicada 25/3/23 , Revisada octubre 2025)
sábado, 6 de agosto de 2022
Espejo de lluvia
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| Foto de Maite Pons |
Ahora no quiere saber nada de charcos, pero de niña no podían gustarle más. Hubo días en que probé a cambiarle las botas de agua por sus Converse negras favoritas para ver si así los esquivaba: cero éxito. Los llamaba “espejos de lluvia” y jugar con la luz para buscar su reflejo en ellos era parte de su ritual. Los “espejos” de otoño, sus predilectos; acomodaba las hojas doradas, anaranjadas o canelas de tal manera que unas veces conseguía un marco ovalado y otras, uno cuadrado. Al finalizarlo esperaba unos segundos a que el agua dejara de hacer ondas y entonces hacía la pregunta: “Espejito, espejito, ¿quién es la más afortunada del lugar?” Sonreía, levantaba la cabeza, me buscaba con su mirada y la oía exclamar bien alto: “¡Qué suerte vivir aquí, mamá!” A mí aquella frase me hacía sonreír, no solo por verla tan feliz sino porque me recordaba a un eslogan publicitario de mi añorada tierra. Ella no parecía añorarla tanto y, de alguna manera, fue quien me enseñó a disfrutar de las ventajas de nuestro nuevo destino. El cambio de estaciones sin duda era una de ellas.











