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lunes, 2 de febrero de 2026

Finales Felices

 

Getty/SModa

No recordaba haberlo escondido tan bien. Tampoco sé de quién querría esconderlo si a casa ya no viene casi nadie. De Yolimar, mi adorable cocinera y limpiadora, desde luego no sería; de hecho, fue ella quien me recomendó la compra de este satisfyer con un convincente “¡Verás lo rico que se siente!”. 
    Hace tan solo unos días que Yolimar ha dejado de venir; está de vacaciones, según dice la nota que ha dejado escrita y colgada de un imán de la nevera junto al menú de la semana. En su ausencia han aumentado los problemas. Las cosas, como si tuvieran sus propias patitas, aparecen en los lugares más insólitos: hace un rato, el satisfyer, en el tupper de las galletas; ayer –o quizás fue esta mañana– los yogures, en el cajón de las medias y esta tarde he tenido que pedirle a la vecina que me llamara al móvil para poder dar con él. “Son solo pequeños despistes; no le des importancia, mujer”, me dice sin mucho convencimiento la del segundo izquierda –ahora mismo no me viene su nombre a la cabeza– tras ponerme cara de estupor al llamar a su puerta; siento que evita mirarme a los ojos. Procedemos sin más cháchara a la localización del dichoso aparatito y ponemos toda nuestra concentración en seguir el susurro del timbre personalizado de mi móvil. Nos dirige hacia el baño; el Unforgettable de Nat King Cole se hace cada vez más evidente; lo encontramos finalmente en el neceser de la manicura que guardo en la cajonera bajo el lavabo. Tras despedirme de ella y cerrar la puerta de casa, mi reflejo en el espejo del recibidor me devuelve una cara de payasa; ahora entiendo por qué huía del contacto visual con mi rostro: he vuelto a ponerme el esmalte de uñas rojo en lugar del rímel para cubrir las canas rebeldes de mis cejas. Siento que me tiemblan las piernas. Cojo pequeñas bocanadas de aire e intento regular mi respiración mientras retiro con cuidado la pintura de uñas ya acartonada entre los pelos de mis cejas. El olor a quitaesmalte tan cerca de los ojos me hace lagrimear. ¡Cómo detesto sentir lástima de mí misma! A continuación procedo a llamar a mi centro de salud para pedir cita con mi médica de familia. Sorprendentemente me la dan para mañana mismo. Será porque es agosto y la ciudad está vacía, aunque lo del frío en la calle no me cuadra con este mes de verano.
    Para rematar el día, he sudado la gota gorda porque no lograba que las mangas del pijama me entraran por los pies. El episodio ha podido durar unos largos quince minutos, hasta que la neurona ha hecho click y entonces he recordado el ataque de risa que nos dio cuando mi hermana mayor vivió exactamente este mismo episodio y se puso a caminar cual pingüino con la blusa de pijama entre las piernas. La risa fue siempre un antídoto maravilloso ante esta terrible enfermedad, pero ya hace un tiempo que ninguno de mis despistes me provoca una carcajada.
    En un ratito de lucidez, me he puesto a escribir todos estos detalles en mi cuaderno de espirales para comentárselo mañana mismo a la médica. Al final de la nota he subrayado: “Estos ya no son pequeños despistes, ni efectos de la ansiedad”. Me estoy temiendo que me pondrá pegas a poner en marcha mi testamento vital y solicitar al Comité de Garantía esa eutanasia que me salvará de pañales y de la nutrición parenteral. Capaz es de contactar con esos Abogados Cristianos y negarse a darme el final que he elegido; esa medallita ovalada de la Milagrosa que cuelga de su cuello me tiene desde hace unos meses en alerta. Toda una vida luchando por conseguir estos derechos para que ahora, justo cuando necesito tirar de ellos, venga esta señora y sus creencias a joderme la pavana y decidir por mí cómo me voy de este mundo. No necesité divorciarme porque nunca me casé; no tuve que abortar porque nunca me quedé embarazada, pero lo de la eutanasia…, eso que no me lo toquen, por Dios bendito. 
    Venga, tranquilízate, mañana mismo solicitas un cambio de médica y sanseacabó. Eso sí, no te demores: si no es esta médica será esa diestra extrema que viene pisando fuerte y en nada estará gobernando este país; con un decretazo me pueden joder el final que he elegido. Bueno, ya está bien, relájate y métete en la cama. El final feliz que no me van a arruinar es el de este satisfyer. Yolimar, mi niña, qué razón tienes: ¡Qué rico se siente!

domingo, 23 de septiembre de 2012

Hojas muertas


Foto: Todd Winters

Otoño azul entre hemisferios, mareas extremas, calor viscoso, mañanas de playa para desempleados y jubilados, patios de colegio en ebullición, tardes de playa infantiles, puestas de sol que te atrapan en la arena, abueeeela, abueeelaaaa, mira cómo nado, bañadores en el tendedero, prendas imposibles en el escaparate, lluvia torrencial, bochorno, domingos con la tarea sin hacer, uniformes escolares planchados, polos blanco nuclear, mochilas de olores adictivos, nostalgia del verano que aún no se ha ido, anhelo de cartas con sellos postales e Yves Montand susurrándome al oído Les Feuilles Mortes.


domingo, 20 de mayo de 2012

No se enamore


Foto: María Brito
Pasé a su lado cuando sonaban las primeras notas de Suzanne en su guitarra. Me asombró el parecido de su voz con la del canadiense. Decidí sentarme en el banco de piedra que estaba a su derecha -se sentía helado en este frío día de primavera-. Le escuchaba con los ojos cerrados cuando oí caer las primeras monedas en la funda de su guitarra y, a continuación, esas tres palabras: “no se enamore”. Abrí los ojos y alcancé a ver la sonrisa del hombre que acababa de depositar las monedas. Pensé que aquellas palabras habían sido producto de mi subconsciente, que no pasaba por su mejor momento. Al gran Cohen le siguió otro grande, Elvis Costello, y otro nombre de mujer: Alison. Esta vez le escuché con los ojos abiertos y comprobé que, cada vez que un hombre se le acercaba, interrumpía por unos segundos la canción para susurrar esas mismas palabras: “no se enamore”. La rapidez con la que las pronunciaba las hacía incomprensibles al oído de sus receptores, que parecían interpretarlas como un “gracias”  y respondían asintiendo con la cabeza. Me quedé para una tercera canción. Los primeros acordes sonaban a Nirvana. No recordaba que estos tuvieran ninguna canción con nombre de mujer y así era; se trataba de su versión de Where did you sleep last night? Esta vez fue un joven el que procedió a agradecerle aquella maravillosa interpretación con un billete de cinco euros; pude entonces escuchar con toda claridad un “no te enamores”. El muchacho, sorprendido, respondió con una corta y sonora carcajada. Esperé a que acabara la canción y entonces me acerqué. Le sonreía con mis ojos, con mi boca y, antes de que pudiera soltar mis monedas, me cerró la mano con fuerza y dijo: “No dejes que se enamoren de ti”. Me alejé deprisa, un poco aturdida; casi estaba en la Puerta del Sol cuando me percaté de que seguía con el puño cerrado; mi contribución a aquel improvisado concierto se había pegado a la palma de mi mano. Sin meditarlo mucho me metí en el primer locutorio que encontré y utilicé aquellas monedas para hacer la llamada que llevaba días queriendo hacer, desafiando así el consejo del viejo guitarrista.

lunes, 7 de mayo de 2012

Viviendo Recuerdos


Foto: María Brito
Se miraban a los ojos e inconscientemente grababan en sus retinas aquella mañana lluviosa de mayo. El paseo en barca había sido organizado la noche anterior desde sus WhatsApps  y ningún parte meteorológico les hizo cambiar de planes. La lluvia recién caída había espantado al violinista que cada domingo amenizaba a los remeros desde la orilla del lago. A ellos les bastaba con los acordes del agua batiendo contra su barca. Su inocencia les impedía predecir cualquier final. No eran capaces de intuir la monotonía, la mentira, el hastío. Sus neuronas sí lo sabían y por ello se esmeraban en retener el sonido del agua, el olor del champú de su pelo, el intercambio de sueños, el sabor a pepinillos en vinagre que juntos habían aprendido a saborear. Lo vivían y lo guardaban en ese espacio del cerebro donde iban acumulando los buenos recuerdos. Tirarían de ellos cuando los días nublados se tornaran de nuevo grises o cuando la lluvia volviera a resultarles molesta. La discreción les impediría compartir estos recuerdos con los amantes que llegarían más tarde. La mayoría de esas memorias se irían difuminando para ser sustituidas por otras; algunas se salvarían del olvido gracias a otro día gris, a otra lluvia, a otro pepinillo que les devolvería aquella mañana lluviosa de mayo y les arrancaría una sonrisa. Aquella era la clave: vivir con intensidad los recuerdos de mañana.

lunes, 12 de marzo de 2012

Anónima


Foto de Todd Winters

Entró en el bar sola. Se sentó en una de las mesas centrales y pidió una cerveza. Nada le gustaba más que perderse en una gran ciudad saboreando su anonimato, alerta a todo lo que sus sentidos percibían sin las distracciones de una compañía. Apenas había clientes  y aprovechó para sacar esta foto, pero en cuestión de minutos las sillas se fueron ocupando. Empezó entonces a ponerle voz a los que desde ellas la observaban con miradas soslayadas. Y escuchó la de los más inocentes: apuesto a que el novio se retrasa porque está viendo el partido de fútbol. La de los pragmáticos: debe de ser una erudita en música clásica que hoy no encontró un cómplice. A las que se veían reflejadas en ella: no hay duda, divorciada, con hijos adolescentes y resentida con la vida. A los inseguros: fijo que es solterona, demasiado segura de sí misma, a esa no hay quien se acerque; mírala, ni sonríe. A los turistas: otra extranjera, italiana o española; el marido se ha quedado durmiendo una borrachera en el hotel. A los más torpes: ese huevo quiere sal; le voy a entrar en cuanto me vuelva a cruzar la mirada con ella. A los solitarios: otra de mi gremio, a ratos deleitándose, a ratos maldiciendo su soledad. La de los románticos: una poeta en busca de inspiración; seguro que está anotando un verso roto en su bloc de notas. En ese momento decidió silenciar sus voces, soltó el bloc y se deslizó en aquella sonata número 5 de Primavera.

sábado, 14 de enero de 2012

El sombrero

 
Foto de Todd Winters
Su puesto de sombreros está justo enfrente de nuestro hotel. Mientras Samuel se ducha, le observo desde la ventana de nuestra habitación. Hoy ha debido de pasarle algo. Anda callado y cabizbajo. Llevaba una semana despertándonos con sus gritos de vendedor ambulante: "¡Proteja sus ideas; no deje que el sol le deslumbre; camine siempre por la sombra; compre un sombrero!". Pero hoy ha enmudecido. Samuel dice que el sombrero no nos cabe en la maleta y que no piensa dejar que yo salga de la terminal de Barajas con él puesto: "Horteradas, las justas". Si no tuviera su inglés tan oxidado, sabría que quiero ese sombrero para interpretarle esa canción de Joe Cocker como debió hacerlo Kim Basinger, con el sombrero puesto. Me quitaría el abrigo muy lentamente; luego, los tacones; levantaría mis brazos y, agitándolos, dejaría que mi nuevo vestido de seda se deslizara por mi cuerpo desnudo hasta mis pies. Ese sombrero sería mi única prenda. Pero nada, Samuel coge una guía de viaje en sus manos y no ve más allá de esas páginas. Como se descuide, me pierdo a consolar al vendedor y lo dejo pintando un Óleo de mujer con sombrero. Que me tenga cuidado el amor, que le puedo cantar una canción.

sábado, 7 de enero de 2012

Los chicos con las chicas


Fotos de Todd Winters.
A nosotras la canción de Los Bravos ya nos pilló entraditas en años. En el 67 yo ya tenía tres churumbeles y cualquiera le decía a mi marido que me iba a la playa con los niños y el Jacinto; por muy amigo de la familia que fuera, Jacinto ni estaba casado ni era gay -esas cosas no se llevaban entonces. Si no salíamos con el marido, tirábamos de las primas, o de las amigas, y Santas Pascuas. Y qué quiere que le diga, yo con mis amigas me siento más a gusto. Si se me sale el michelín del bañador, pues se me sale, pero con un hombre...
Nosotros salíamos con una muchacha solo si la estábamos pretendiendo. Amigas nunca tuvimos. Bueno, las amigas de mi mujer, pero, vamos, que salíamos con ellas si también venía la parienta. La verdad: yo nunca he hablado de tú a tú con otra mujer. Mi hijo, ese sí que aprovechó. ¡Anda que no salió con mujeres! Ahora que, una vez casado, se le acabó lo bueno. Le pilla mi nuera tomando un café con una amiguita y le corta los cataplines. Mi nieto, ese sí que anda con mujeres casadas, pero sus maridos saben que con él no corren peligro. ¡Si te digo yo que algunas cosas no han cambiado tanto, Jacinto!

viernes, 16 de diciembre de 2011

Que llore la música



Foto de Todd Winters
Se crió sin padre, pero su abuelo y tíos se encargaron de que hiciera honor a su hombría. Era el hombre de la casa y debía dar cuenta de ello, aunque fuera al único otro miembro de aquella casa: su madre. Cuando la acompañaba frente al televisor para ver una de las películas que a ella le gustaban (y a él, pero eso no podía admitirlo) tenía que estar rápido en las escenas que le emocionaban para lapidar el lagrimeo que de manera involuntaria comenzaba a formarse en sus ojos. Casi siempre salía con alguna frase ingeniosa y su madre no podía evitar reírse ruidosamente a la vez que aprovechaba para romper con el llanto que también mantenía reprimido. En aquella casa no había lloricas ni ñangas.
Han pasado más de tres décadas sin soltar una lágrima, ni siquiera cuando el River Plate bajó a segunda (esas lágrimas hubieran sido toleradas incluso por su abuelo), ni cuando su hija tuvo su primera función de Navidad el año pasado, ni en el propio funeral de su madre hace unas semanas. No es que sea incapaz de emocionarse. Lo hace, pero ya no es capaz de expresar sus emociones corporalmente. Nada le hace llorar y su terapeuta le dice que tiene que estimularse, que debe arrancar a llorar para desasirse de ese dolor en el pecho. Por ahora solo consigue que el roce de las teclas lloren por él y que sus emociones se pierdan entre asteroides.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Fue culpa de Maika Makovski

Fue culpa de Maika Makovski, que nos hizo perder el tino y por eso se hizo caso omiso a los mensajes ecológicos que se proyectaban tras sus movimientos de caderas. Nada, imposible.Terminamos bailando sobre el crujido de vasos de plástico y un sinfín de confeti con forma de colillas de cigarros. Ocurrió anoche, en el Alternative Music Festival SOS que tuvo lugar a la vera del Auditorio Alfredo Kraus. Sin embargo, la responsabilidad del estado en el que ha quedado el Parque Santa Catalina y aledaños, tras dos días dedicados a nuestros caninos, no sé muy bien a quién atribuírsela – por obvia, quizás. Así que la que ha terminado teniendo un  “un día de perros” soy yo. La bici que no me rueda de tanta defecación canina entre sus llantas; mi pobre Negrito que está intoxicado de tanto olfatear los desechos de sus iguales y yo que ando amargada pensando en cuánto desalmado se habrá convertido este fin de semana en el nuevo peor amigo de un perro.

Nota: Lo de mi bici y mi perro es pura ficción (de poseerlos les aseguro que no hubiera tirado de imaginación) pero mi amargura es real; que la Mokovski y los grancanarios The Birkins me hicieron perder el tino es una verdad a medias (mi "tino" no se deja perder así como así). Por último, si lo que buscan es un blog con entretenidas críticas musicales, les invito a visitar mi querida Ciudad Sin Discos