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sábado, 26 de enero de 2013

All Stars y tacones de aguja (reedición)

Foto: niño zapatería china Edición: María Brito
Pasé mi adolescencia en el Madrid de los años ochenta, en esos años en los que muchas mujeres renunciamos a nuestra feminidad. Llevaba el pelo corto y mi armario poco se diferenciaba del de mis hermanos: all stars en verde o azul, petos vaqueros que cada verano adquiría en Casa Ruperto y pulóveres holgados que escondían mis minúsculas curvas de entonces. Mi primer trabajo remunerado lo conseguí poco después de cumplir los quince. Mi patrona era mi nueva vecina Araceli, antítesis de mi imagen: grandes senos, trajes ceñidos y siempre subida a unos tacones de aguja. Marco, su bebé de ocho meses, era mi nueva responsabilidad. Mi horario laboral no entorpecía mis estudios; se limitaba a viernes y sábados y siempre a partir de las nueve de la noche. Araceli trabajaba en una barra americana de la calle Orense, no muy lejos de la Glorieta de Cuatro Caminos donde vivíamos. Aunque no tenía muy claro lo que era una barra americana, enseguida supe que debía ocultar información a mis padres si quería conservar aquel trabajo. Mis servicios de canguro pronto se vieron ampliados por los de asesora de imagen; pese a mi aspecto, Araceli confiaba en mí para elegir el trozo de tela en el que debía embutirse cada noche y nunca se iba de casa sin que antes maquillara su blanca espalda desde el cuello hasta llegar a las tiras de aquellos tangas que yo veía por primera vez. Mi jornada acababa sobre las siete de la mañana, cuando Araceli regresaba a casa, casi siempre acompañada de algún varón y con algunas copas de más. Adormilada, me apresuraba a recordarle que se descalzara y bajara la voz para evitar las ya innumerables quejas de los vecinos; ella no lograba retener esa información más allá de lo que yo tardaba en cruzar el umbral de su puerta. Marco empezaba a dar sus primeros pasos cuando una noche el casero se presentó, destornillador en mano, a cambiar la cerradura de la puerta. Me obligó a recoger las pertenencias de Araceli e irme con las maletas y el bebé a mi casa. La esperé ocho largas horas sin lograr conciliar el sueño. Cuando llegó, y sin tiempo a dar detalles, su nuevo acompañante agarró las maletas, ella cogió al bebé y, dándome las gracias, desaparecieron escalera abajo. Aún sonaba el eco de sus tacones cuando desde mi ventana les vi desaparecer en un Austin blanco.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Preguntas sin hacer


Foto: Emiliano Brito


Ayer tarde encontré esta fotografía en un viejo álbum de mi padre. De inmediato su ausencia se hizo aún más palpable. De él heredé mi pasión por la fotografía; podíamos pasar horas enteras releyendo fotos de su infancia a orillas de Las Canteras, de sus años de actor en el viejo Cine Bahía, de los que pasamos en el entonces llamado "Sáhara Español", de nuestras vidas vividas. No recuerdo, sin embargo, habernos detenido nunca a releer esta imagen. Reconozco a Tuisi de otras muchas fotos familiares; él solía cuidarnos cuando mis padres tenían algún compromiso y es quien sujeta la mano de mi hermano. Confieso que tardé en percatarme de la presencia de ese niño blanco sonriente. Los rostros serios de los otros seis hombres me distrajeron. Y surgieron las preguntas: ¿Están serios o tristes? ¿Estaban cansados o asustados? ¿Quiénes eran y por qué mi padre quiso retratarles ese día? Me inquietan sus posturas rígidas y, especialmente, el gesto cabizbajo de quien lleva el traje saharaui. De estar mi padre, sé que me sacaría de estas dudas que hoy me incomodan. Me diría que el sol les estaba cegando, que acababan de descargar las cajas de El Correíllo que esa mañana había llegado al puerto de La Güera y que, seguramente, estaban cansados; se reiría de mi imaginación y me recordaría que su cámara Leica no tenía pantalla LSD con la que poder mostrarles la imagen y asegurarles que su espíritu no quedaba atrapado en aquella caja negra. Su risa me tranquiliza.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Hojas muertas


Foto: Todd Winters

Otoño azul entre hemisferios, mareas extremas, calor viscoso, mañanas de playa para desempleados y jubilados, patios de colegio en ebullición, tardes de playa infantiles, puestas de sol que te atrapan en la arena, abueeeela, abueeelaaaa, mira cómo nado, bañadores en el tendedero, prendas imposibles en el escaparate, lluvia torrencial, bochorno, domingos con la tarea sin hacer, uniformes escolares planchados, polos blanco nuclear, mochilas de olores adictivos, nostalgia del verano que aún no se ha ido, anhelo de cartas con sellos postales e Yves Montand susurrándome al oído Les Feuilles Mortes.


miércoles, 28 de marzo de 2012

Miradas extraviadas


Foto: familia Brito (La Güera, 1973)
Pasan a mi lado, subimos a la misma guagua para ir al trabajo, nos acaricia la misma brisa de mar y hasta es muy posible que compremos el té en la misma tienda; aun así, no somos capaces de reconocernos. Perdí sus miradas hace más de tres décadas y encontrarlas se vuelve complicado. Sí sería capaz de reconocer el azul de los ojos de Aleua, el padre de Jeresquina, la mediana de las tres. Pasados los años, solíamos encontrarnos paseando por la playa de Las Canteras. Recuerdo con toda claridad nuestro intercambio de Salam Alikum, el abrazo emocionado con mi padre y cómo me besaba la frente mientras me transmitía bendiciones que yo nunca logré entender. Aleua vestía siempre un deraa azul, el traje tradicional saharaui, y llevaba turbante blanco, lo que contrastaba maravillosamente con su piel canela y el azul de sus ojos; cuando se cruzaban con los ojos verdes de mi padre, aguados de emoción, parecían competir con el mar que los enmarcaba. Los dos marcharon hace tiempo y ninguna heredamos el color de sus iris que tal vez podría haber facilitado nuestro encuentro. Jeresquina sigue viviendo en nuestra isla y estoy segura de que vive porque su madre, Fatima (con acento en la segunda sílaba), después de haber perdido varios bebés, la llamó así por el significado de su nombre: “la que nunca muere”. Jaddama, la más alta, es la hija de Deidí y Buba y también es muy posible que caminemos por las mismas calles. Ya saben que me gusta soñar. Sueño que alguno de los que están leyendo estas Palabras reconoce esta foto, o que incluso haya visto una muy parecida: la versión que se apoderó de nuestras miradas. Sueño que nos encontramos frente al mar, que viajamos a La Güera, que volvemos a unir nuestras manos y que nuestras miradas extraviadas vuelven a dejarse retratar.

jueves, 8 de marzo de 2012

El perfume de las flores


Foto de Todd Winters

Si solo prestara atención a su aspecto físico, apenas me reconocería en ella. A su edad, mi piel siempre andaba bronceada por el sol, jamás tuve el pelo largo y rara vez vestía falda. Con tres hermanos varones, la sección de niñas de los grandes almacenes siempre quedaba a desmano. Sin embargo, aun con mi envoltorio varonil, sí me reconozco en su delgadez, en su desparpajo, en su coquetería. En esa preadolescencia yo soñaba con ser presentadora de telediario. Me sentaba a los pies de la cama de mis padres, justo enfrente del armario de luna, y mirando al espejo leía en voz alta algún artículo de periódico. El reto consistía en hacer el mayor número posible de contactos visuales con mi propia mirada y lograr que se alargaran en el tiempo. Para complicarlo, a veces cogía una montura de unas viejas gafas de mi madre y jugaba a ponérmelas y quitármelas, al puro estilo Rosa María Mateo. Este sueño, como otros muchos, nunca se cumplió. La mayoría ni siquiera los recuerdo; otros vuelven de vez en cuando para intentar mellar mi alma. Entonces, paso unos días espantándolos hasta que logro deshacerme de ellos. Lucía también sueña con verse frente a una cámara, aunque lo suyo es la interpretación y sus horas frente al espejo superan con creces las mías. No obstante, si hay un aspecto en el que nos diferenciamos absolutamente, ese es en la manera de lidiar con los sentimientos. Ella apenas los esconde y me hace partícipe de su tiovivo afectivo de amores y desamores sin el mínimo rubor: hoy, caballito arriba cuando recibe un gesto de esperanza; mañana, caballito abajo cuando percibe un desplante. A mi tiovivo subía yo sola y en el más absoluto de los silencios. Me pregunto si será esa la razón por la que no logro oler el perfume de las flores.

domingo, 22 de enero de 2012

Mamá, dame danke


La Güera, 1972 (foto: familia Brito)

Mi padre me pide que mire a la cámara; el sol no me deja ver y me cuesta mantener los ojos abiertos. Además, la arena está caliente y me está quemando las piernas. Pero, bueno, hoy es un día especial. Hemos venido al aeropuerto a recoger unas cajas que trae el avión del ejército que viene de Las Palmas. Llega tarde porque se ha parado a coger gasolina en Villa Cisneros y se han dado cuenta de que las ruedas estaban desinfladas. Así que no llegará a La Güera hasta dentro de una hora. Para 'matar el tiempo' (así dice mi padre; a mí me suena mejor 'vivir el tiempo') hemos comprado un carrete Kodak de 36 y nos hemos puesto a sacar fotos. Hoy tengo muchas ganas de que llegue ese avión porque es mi cumpleaños y sé que en las cajas que manda maye hay regalos para mí. Siempre manda fruta, verduras y huevos –la mitad llegan rotos-, pero seguro que hoy me manda algún coche, o un rompecabezas, o una bolsa de indios y vaqueros. Esta tarde vamos a hacer una fiesta para todos los niños del pueblo. Madame Clós también va a hacer otra fiesta para los grandes en el Casino y así despedir a esos alemanes que llegaron hace quince días en una roulotte. ¡El primer día los mirábamos todos asombrados! Una roulotte es un camión que es como una casa por dentro. La aparcaron justo enfrente de mi casa y mi madre les dejó usar nuestro baño. Esta noche, como es la última, los dos hijos, Markus y Sophie, van a dormir con nosotros. A mi tía Pino le han contado que son muy ricos; tienen una fábrica que pela papas para los restaurantes y, solo con eso, se han hecho riquísimos. Y por eso ahora se recorren África en esa súper roulotte. Hoy todos se han reído cuando he dicho “mamá, dame danke”. Todavía no sé muy bien por qué se han reído; Markus y Sophie siempre dicen 'danke' cuando estiran la mano para coger manises.

martes, 29 de noviembre de 2011

El tirachinas


Madrid (1976). Foto: familia Brito.
Después del Sáhara nos mudamos al distrito de Tetuán, pero no el del continente africano. De la arena del desierto pasamos a la tierra de unas calles madrileñas aún sin asfaltar. En el 76, cerca de la línea uno de metro de la capital, podíamos correr por calles a las que el hormigón y el alquitrán todavía no habían llegado. Tenía a mi disposición cientos de metros cuadrados de tierra donde poder dar sepultura a los pájaros víctimas de los tirachinas de mis vecinos. Una de aquellas armas homicidas cayó un desafortunado día en manos de mi hermano pequeño. Apuntaba hacia un pájaro que, distraído, gravitaba sobre unos cables de luz. Unos metros por encima, en un balcón de un tercer piso, mi vecina Laura cantaba desafiante “¿A que no me alcanzas, a que no me  alcanzas?”. Aquellas zetas aún nos sonaban arrogantes.  Mi hermano cambió entonces el ángulo de su trayectoria.
Pasé las siguientes tardes de una eterna semana sentada en una silla de escay del hospital de “La Paz”. En silencio, con la mirada puesta en mis botas camperas recién estrenadas, pretendía no escuchar los comentarios de las visitas que condenaban al gamberro que a punto estuvo de cegar a “nuestra Laurita”. Solo cuando se desvelaba mi parentesco, después de múltiples muecas con las que la madre de Laura intentaba acallar los insultos, aquellas condenas pasaban a ser "cosas de niños.”

jueves, 24 de noviembre de 2011

Memorias de un cuadro


Cuadro: Cándido Conde (La Güera, 1965). Foto: María Brito (Gran Canaria, 2011)

Cambiamos de ángulo porque de tanto verlo se ha vuelto invisible. Mis recuerdos son más suyos que míos. Hoy los repasamos. Vemos al abuelo saliendo de su Land Rover, a los marineros descargando cajas de langostas, a Laika esperando a una distancia prudencial, conocedora de los pellizcos del crustáceo y, aunque no se ve, vemos a abuela observándoles con prismáticos desde nuestra casa, al otro lado de la bahía. Está esperando a que llegue la carga para poner olor a nuestra memoria, que tiene aroma a paella de langosta. Pero lo que mi paladar se empeña en recordar, sin encontrar apoyo en la memoria de los demás, son aquellos perfectos boliches de yema del tamaño de un bocado pueril, tibios y dulzones, que Dialó nos preparaba a la sombra de una jaima. Y escuchen, se puede oír las bocinas de los barcos avisando de su llegada a puerto, el silbido monótono del viento, los cantos de las saharauis haciendo vibrar sus lenguas, los gritos de los primos yendo al alcance de una gacela. Y lo que palpo es la arena en las orejas, en las fosas nasales, entre los dedos de los pies. La misma arena que, ayudada por el tiempo, se empeña en enterrar nuestros recuerdos y que desde Google Earth observamos, derrotados, cómo lo cubre todo. La azotea de nuestra casa y la carretera a Nouadhibou aún se dejan ver. No tardarán en desaparecer pero conservaremos el cuadro; seguirá recorriendo las paredes de otras ciudades que nos acogen y lo miraremos de frente, de lado, desde abajo, del revés, buscando cualquier perspectiva que nos despierte un recuerdo olvidado.