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miércoles, 25 de enero de 2012

Perdido


Foto de Todd Winters

Intenta tranquilizarse adelantándose a lo peor. Si la nieve cubriera la carretera hasta hacerla desaparecer, siempre estaría el GPS y, si este fallase, tendría esos cables eléctricos como guía. Pero va a llegar, lo sabe bien. Tiene el depósito lleno de  gasolina, los pronósticos del tiempo son favorables a pesar de la espesa nieve y, por encima de todo, están sus deseos de encontrarse con ella. En sus veinticinco años de matrimonio nunca habían pasado tantos días separados. Cuando le ofrecieron este intercambio académico lo dudó mucho. Además de esas cuatro semanas privándose de su tacto, estaba el largo viaje -casi diez horas de vuelo transoceánico más cuatro horas de viaje en carretera por el Illinois profundo-. Ella tuvo que convencerlo con las ventajas laborales que este intercambio le traería. A la ida se sintió más nervioso, pero le elaboraron las instrucciones con tanto cuidado que no tuvo ningún problema en encontrar la pequeña localidad a la que se dirigía. La vuelta debía de ser más fácil, aunque no contó con esta nieve en pleno mes de octubre. Para relajarse, piensa en el momento de la llegada a casa, en el abrazo cálido, en el sabor de su boca, en el olor de su pelo, en sus caderas. ¡Cómo desea llegar! No obstante, decide parar el coche. Empieza a alejarse de él: veinte metros; el aire frío le hace lagrimear; cuarenta; las lágrimas comienzan a solidificarse entre sus pestañas sin tiempo a que la gravedad haga su trabajo; cincuenta; comienza a perder la sensibilidad en los dedos de los pies; sesenta metros. Se detiene, saca la cámara del bolsillo interior de su abrigo, mira por el ocular y coloca el coche en el centro del encuadre del tercio inferior, entonces dispara. Ahora tiene la imagen que ilustra cómo se sintió al alejarse de ella.

lunes, 12 de diciembre de 2011

A penny for your thoughts

 
Foto de Todd Winters
Pagar un penique por lo que uno piensa debió ser un dineral en la época de SirThomas More. Pero tus pensamientos no tienen precio. Voy sentado detrás de ti y los tomo prestados. Es la primera vez que haces este vuelo Madrid-Chicago. No te espera nadie en el aeropuerto. Los de la residencia te mandaron los detalles de la ruta: cogerás la línea azul del metro que sale de O'Hare y bajarás en la Western; no hay que hacer ningún transbordo. Según has leído en la guía, los chicaguenses llamamos al metroThe El porque los trenes, en lugar de ir bajo tierra, van sobre raíles Elevados. Estás algo inquieta; no es tu primer viaje a una ciudad desconocida, pero será lo más lejos que has estado nunca de tu isla. Estabas deseando esta metamorfosis. Escapar, por fin, de la habitación compartida con tu hermana, de los horarios de llegada a casa y, sobre todo, darle carpetazo a la monotonía. Tienes sueños, anhelas enamorarte, a ser posible de un afroamericano de dos metros de altura para luego volver con él al pueblo y dar que hablar. Aunque allí no hace faltan los motivos. Las noveleras van con poquito. Te vas a enamorar, y volverás con él en las vacaciones de Navidad. Ahora te das la vuelta; me sonríes. ¡Qué ganas de darte un fuerte abrazo!

martes, 22 de noviembre de 2011

Un fuerte abrazo


Siempre se despedía con un fuerte abrazo y ella terminó por imitarlo. Sus mensajes acumulaban docenas de fuertes abrazos - siempre anteponiendo el adjetivo al nombre, como se hace en la lengua materna de él. Pero hoy, tras dos meses de comunicación escrita, sus palabras gozarían de sonido y gestos. Le esperaba en la terminal uno de Barajas, donde llegaba su vuelo procedente de O'Hare. Apenas quedaban unos minutos para averiguar la fuerza de aquellos abrazos. Su amiga Lea le había pedido que le echara una mano. Había sido alumno de ella en el Norton College. Se trataba de un joven empresario afroamericano que aspiraba a hacerse hueco entre el mercado latino de Illinois. Venía sólo por tres meses, para terminar de perfeccionar su español. Le ayudó a encontrar alojamiento, le asesoró sobre lo que debía meter en la maleta para un Madrid otoñal e incluso le hizo una pequeña guía con los museos, restaurantes y callejuelas donde debía dejarse perder. Él no dejaba de agradecerle una y otra vez toda aquella ayuda. En su último mensaje le había mandado una foto para que le reconociera a su llegada al aeropuerto. Le hubiera bastado con una descripción: negro, dos metros de estatura y algo de sobrepeso, cabeza rapada y llevaría una gorra de los Chicago Bulls. Fácil de distinguir siempre y cuando aquel vuelo no trasladara a un equipo de baloncesto americano. Para solucionarlo le mandó una foto suya; compartirían así la responsabilidad de reconocerse.
Su preocupación ahora era otra: el saludo. ¿Debía darle un fuerte abrazo – temía la literalidad del adjetivo dada su corpulencia- o limitarse a estrecharle la mano al estilo americano? Ya estaba a apenas unos metros de distancia; él tardó unos segundos más en reconocerla pero en cuanto lo hizo le brindó una gran sonrisa de dientes increíblemente blancos, quizá remarcados por el contraste con su piel; se acercaba balanceando su cuerpo hacia los lados, se quitó la gorra del toro rojo, soltó su maleta y, sin apenas rozarla, le dio dos besos. Traía la lección aprendida.

martes, 15 de noviembre de 2011

Los feos son más fácil de olvidar

“Los feos son más fácil de olvidar.” Parecía una frase sacada de su libro de español para extranjeros del Instituto Cervantes de Chicago donde trabajábamos. Sin embargo, no estábamos en una reunión de departamento sino tomándonos un helado en la Cheesecake Factory de la Michigan. La premisa tuvo tal efecto anestésico que nos dejó sumidas en un profundo sueño en el que cada una hizo su particular flashback de corazones rotos, mal heridos e indemnes. Cuando salimos de aquella terrible unidad de adjetivos comparativos -lo que apenas duró unos segundos- nos sorprendimos concluyendo al unísono: “’¡Es verdad!” Le siguió una carcajada colectiva. Y a continuación el debate: "Siendo el sujeto plural, ¿no debería concordar con el adjetivo y por tanto decir 'Los feos son más fáciles de olvidar'?"