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domingo, 16 de diciembre de 2012

Primeras impresiones


Foto: Todd Winters
Le llevó tres semanas darse cuenta de que no era tan sosegado como parecía; dos meses tardó en comprobar que no era tan tolerante como alardeaba; cuatro en notar que los preliminares sexuales le aburrían; pasaron seis meses antes de advertir que criticaba películas que nunca había visto y casi nueve tardó en percatarse de que carecía de sentido del humor. Aun así el día de su primer aniversario se empeñó en sorprenderlo y le citó en el hotel más caro de la ciudad. Se tomó el día libre y se fue a comprar ropa interior para la ocasión. Llegó al hotel una hora antes de la acordada con él, se dio una ducha y se arregló el pelo con esmero; utilizó la loción de cuerpo de siempre –no soportaba los perfumes artificiales- y lo esperó. Recibió dos mensajes advirtiéndole de que se atrasaba por motivos de trabajo. Estaba casi a punto de quedarse dormida cuando oyó que intentaban abrir la puerta; se incorporó, metió vientre y puso su mejor sonrisa. Ahora no es capaz de recordar si le llegó a besar. En su mente solo quedó grabado el hedor a sudor ácido del que ya se había percatado levemente en aquel primer abrazo frente al lago. Le tomó de los hombros y, apartándolo medio metro, le aseguró que acababa de reparar en que no podía más.


domingo, 23 de septiembre de 2012

Hojas muertas


Foto: Todd Winters

Otoño azul entre hemisferios, mareas extremas, calor viscoso, mañanas de playa para desempleados y jubilados, patios de colegio en ebullición, tardes de playa infantiles, puestas de sol que te atrapan en la arena, abueeeela, abueeelaaaa, mira cómo nado, bañadores en el tendedero, prendas imposibles en el escaparate, lluvia torrencial, bochorno, domingos con la tarea sin hacer, uniformes escolares planchados, polos blanco nuclear, mochilas de olores adictivos, nostalgia del verano que aún no se ha ido, anhelo de cartas con sellos postales e Yves Montand susurrándome al oído Les Feuilles Mortes.


domingo, 12 de agosto de 2012

Nido vacío

 
Foto de Todd Winters


 
No entendió qué hacía aquel nido vacío entre cursos de memoria, de lectura o de taichí. Fue un funcionario de la Concejalía de Servicios Sociales quien le explicó el significado de la locución. Ella era soltera y su nido nunca había estado lleno, pero se aseguró de no pestañear al solicitar plaza para aquel grupo de terapia. Se había mudado a España hacía apenas unos meses. María había sido una de las niñas vascas refugiadas en Inglaterra durante la guerra civil española: “los olvidados”, así los llamaban. Pensó que si durante tantos años se habían olvidado de ella, por qué no iba ahora a ser ella quien relegara su pasado al olvido e inventara uno nuevo. Así fue cómo conoció a Carmen, a Manuela y a su tocaya. Tampoco ellas se conocían entre sí, a pesar de haber vivido siempre en la misma localidad. Fueron deshojando una a una los episodios de sus vidas y explicando su desazón al ver volar a sus polluelos – les gustaba explotar la metáfora –. Dos ya eran viudas y la tercera aún conservaba marido. María la rubia, así la distinguían, quiso ser la última en participar. Les advirtió que su perfil distaba algo del de ellas ya que llevaba sufriendo de nido vacío desde hacía muchos años. Les contó que tuvo marido y una hija, quien tras un divorcio agitado había quedado bajo la custodia del padre, y que hacía más de cuarenta años que no había vuelto a saber de ninguno de los dos. Su condición de medio inglesa hizo que no dudaran ni por un segundo de su historia - los ingleses siempre habían sido más modernos para esas cosas -. Ahora comparte con ellas paseos por la playa. La escuchan ensimismadas, especialmente cuando les relata los amoríos que siguieron a su divorcio ficticio, cuando aún estaba de buen ver. Conforme pasan los días se vuelve más desinhibida. Mantiene que sus senos caídos no son fruto de haberle dado el pecho a su hija sino del nutrido número de amantes fervorosos que han disfrutado de su cuerpo, aunque a ninguno supo retener. Le gusta sentirse escuchada y pone tanto sentimiento en lo que cuenta que ella misma empieza a dudar entre lo real y lo ficticio. Sabe que también se puede añorar lo que nunca se tuvo.

lunes, 4 de junio de 2012

Commuters II

Foto de Todd Winters
Las palabras habían dejado de fluir. Obligaciones laborales y familiares la habían apartado del teclado y le costaba volver a él. Y no es que le faltaran historias que contar. Las ficciones verdaderas no dejaban de cruzarse en su camino. Hacía tan solo unos días la ejecutiva de minifaldas imposibles se había sentado justo detrás de ella. Ajena al volumen de su voz, confesaba a través del teléfono móvil cómo, días antes de separarse de su marido, había metido tijera a todos sus calzoncillos; le relataba a su entretenida interlocutora que, con gran esmero y siguiendo la costura de la cruz de la entrepierna, había hecho cortes de apenas cuatro centímetros: “lo justo para dejarlo con los huevos al aire”. También podía tirar de la historia del hindú envidioso. Cada mediodía, a la hora del cierre de los comercios, le observaba paseando a su perro delante de la perfumería de un compatriota; delante de la puerta principal, sin percatarse del paso de la guagua, dejaba caer el millo que llevaba en los bolsillos: conseguía así atraer la presencia de aquellas palomas que tanta facilidad mostraban para comer y defecar a un mismo tiempo. Personajes resentidos con el mundo, pero también reconciliados. Octavio, el chófer de la guagua, ya no escondía su amor por la pasajera misteriosa y la besaba fogosamente antes de empezar el viaje de las nueve y diez. Nunca faltaban historias, solo tiempo. Una tarde de domingo logró sentarse frente al teclado, leyó su primer texto, Commuters, y volvió a dejar que de sus dedos surgieran nuevas palabras.

miércoles, 25 de abril de 2012

Carta desde Estambul

Foto: Todd Winters

Querida amiga:
Apenas llevo tres días por estas calles de Estambul y, como siempre, te veo en cada rincón. Ayer volvimos a cruzar el puente del Bósforo al atardecer. En la sonrisa de Álvaro se adivinaba el poema que horas después escribiría. Ya, ya sé que te alegras de verme tan feliz. A veces me cuesta creer que esté viviendo este sueño. Entonces te imagino observándonos y siento tu alegría sobre nuestros pasos. Hoy fuimos al Bazar de las Especias y me compré el molinillo de pimienta que te llevé la última vez que estuve aquí. De repente, tengo la sensación de que todo pasó hace mucho tiempo. Sé que soy tonta, pero ¡cómo me cuesta respirar sin oír tu voz! Me resulta muy fácil imaginar tu rostro, escuchar tu risa, pero no logro oír tu voz. Hago esfuerzos por recordarla y, cuando parece que viene, se termina escapando de nuevo en mi memoria. Te escribo desde el hotel. Álvaro también está escribiendo junto a la ventana. Tenemos vistas a la Mezquita Azul y a Santa Sofía. Aunque es mi tercera visita a esta ciudad, y la adoré desde el primer minuto, solo ahora he sido capaz de percibir todos sus colores. Esta mañana amaneció nublado y ya sabes cómo odio los días grises. Pues bien, aquí me parecen bellísimos. Nos levantamos muy temprano (ya conoces a Álvaro: tiene que oír el canto de los primeros pájaros) y fuimos a pasear por el barrio de OrtaKöy; los pescadores llegaban de faenar en ese momento. Hemos visto chicharros y mújoles. En un ratito saldremos a cenar y, sí, pediremos pescado. Estarás sentada junto a nosotros en la mesa. Siempre estás. Un beso enorme, amiga.

sábado, 31 de marzo de 2012

Roces


Foto de Todd Winters
El narrador omnisciente de Madame Bovary  no se atrevió a entrar en el carruaje en el que Emma y su amante León saciaban su apetito sexual mientras el chófer recorría a galope las calles de la ciudad de Rouen. Apenas se aventuró a descubrirnos una mano desnuda que asomaba por unas cortinas amarillas para dejar caer unos pedacitos de papel. Lo que allí dentro sucedió lo dejó en manos del lector. La narradora de esta fotografía no tiene cortinas tras las que esconder a estos inminentes amantes. Ellos aún desconocen el desenlace de ese roce de piernas que la estrechez del espacio les obliga a mantener. El conductor, un alcahuete de carretera, observa la escena desde el retrovisor y procede a aumentar la velocidad que, sabe bien, facilitará el devenir de los acontecimientos. Esta repentina aceleración obliga al pasajero de la izquierda a apoyar su pie en el armazón del vehículo, y pasa su brazo derecho por detrás de la espalda de su compañero. Advierte entonces que éste también comparte su temor a caerse y siente su torso acercarse al suyo. Se habían prometido a sí mismos que nada iba a suceder en este viaje; conforme se acercan al hotel, saben que no van a poder cumplir esa promesa. Ahora no quieren pensar en arrepentimientos. Puestos a lamentarse, prefieren hacerlo sobre lo que está a punto de suceder.

lunes, 12 de marzo de 2012

Anónima


Foto de Todd Winters

Entró en el bar sola. Se sentó en una de las mesas centrales y pidió una cerveza. Nada le gustaba más que perderse en una gran ciudad saboreando su anonimato, alerta a todo lo que sus sentidos percibían sin las distracciones de una compañía. Apenas había clientes  y aprovechó para sacar esta foto, pero en cuestión de minutos las sillas se fueron ocupando. Empezó entonces a ponerle voz a los que desde ellas la observaban con miradas soslayadas. Y escuchó la de los más inocentes: apuesto a que el novio se retrasa porque está viendo el partido de fútbol. La de los pragmáticos: debe de ser una erudita en música clásica que hoy no encontró un cómplice. A las que se veían reflejadas en ella: no hay duda, divorciada, con hijos adolescentes y resentida con la vida. A los inseguros: fijo que es solterona, demasiado segura de sí misma, a esa no hay quien se acerque; mírala, ni sonríe. A los turistas: otra extranjera, italiana o española; el marido se ha quedado durmiendo una borrachera en el hotel. A los más torpes: ese huevo quiere sal; le voy a entrar en cuanto me vuelva a cruzar la mirada con ella. A los solitarios: otra de mi gremio, a ratos deleitándose, a ratos maldiciendo su soledad. La de los románticos: una poeta en busca de inspiración; seguro que está anotando un verso roto en su bloc de notas. En ese momento decidió silenciar sus voces, soltó el bloc y se deslizó en aquella sonata número 5 de Primavera.

jueves, 8 de marzo de 2012

El perfume de las flores


Foto de Todd Winters

Si solo prestara atención a su aspecto físico, apenas me reconocería en ella. A su edad, mi piel siempre andaba bronceada por el sol, jamás tuve el pelo largo y rara vez vestía falda. Con tres hermanos varones, la sección de niñas de los grandes almacenes siempre quedaba a desmano. Sin embargo, aun con mi envoltorio varonil, sí me reconozco en su delgadez, en su desparpajo, en su coquetería. En esa preadolescencia yo soñaba con ser presentadora de telediario. Me sentaba a los pies de la cama de mis padres, justo enfrente del armario de luna, y mirando al espejo leía en voz alta algún artículo de periódico. El reto consistía en hacer el mayor número posible de contactos visuales con mi propia mirada y lograr que se alargaran en el tiempo. Para complicarlo, a veces cogía una montura de unas viejas gafas de mi madre y jugaba a ponérmelas y quitármelas, al puro estilo Rosa María Mateo. Este sueño, como otros muchos, nunca se cumplió. La mayoría ni siquiera los recuerdo; otros vuelven de vez en cuando para intentar mellar mi alma. Entonces, paso unos días espantándolos hasta que logro deshacerme de ellos. Lucía también sueña con verse frente a una cámara, aunque lo suyo es la interpretación y sus horas frente al espejo superan con creces las mías. No obstante, si hay un aspecto en el que nos diferenciamos absolutamente, ese es en la manera de lidiar con los sentimientos. Ella apenas los esconde y me hace partícipe de su tiovivo afectivo de amores y desamores sin el mínimo rubor: hoy, caballito arriba cuando recibe un gesto de esperanza; mañana, caballito abajo cuando percibe un desplante. A mi tiovivo subía yo sola y en el más absoluto de los silencios. Me pregunto si será esa la razón por la que no logro oler el perfume de las flores.

domingo, 26 de febrero de 2012

Soñando

 
Foto de Todd Winters
Mi sueño acelera el paso cuando escucha mi respiración avanzar detrás de él, tal y como hace mi hijo cuando oye mis pisadas acercándose a las suyas. Noah adora este juego; corre huyendo de mí mientras ríe a carcajadas y todo su cuerpo se tambalea sin que sus pequeños pies apenas toquen el suelo. Mi sueño ni siquiera llega a rozar ninguna superficie y, precisamente por eso, sé que, al igual que hago con Noah, debo seguirle de cerca. Puede que no le dé alcance y esa es la razón por la que intento disfrutar de esta persecución. Es más rápido que mi hijo y al mínimo despiste desaparece de mi vista. Son solo unos segundos, pero la angustia me invade hasta dejarme sin respiración. Cuando vuelvo a divisarlo, acelero mi paso y él, por fin, parece ralentizar el suyo. Es entonces cuando creo en la posibilidad de alcanzarlo y mi imaginación lo reproduce con todo detalle: oigo el sonido del agua golpeando contra un embarcadero; Noah corre hacia su padre, que se encuentra pescando al final del mismo junto a la atenta mirada de nuestra perra Lua. El sol se está poniendo y yo voy unos pasos por detrás, siguiendo las huellas mojadas que dejan sus pisadas. En mi fantasía no existen terceros cuya desdicha ensombrece mi felicidad. No están en esta escena, aunque los imagino viviendo otro sueño igualmente bello. Luego, cuando vuelvo al mundo real, me alejo unos metros de él y lo observo con perspectiva. Mi realidad es probablemente el sueño de alguien que camina unos pasos por detrás de mí. La vivo consciente de ello, lo que no me impide construir en mi imaginación nuevas proposiciones, y procuro hacerlo aun cuando me asalta el cansancio de tanto soñar.

lunes, 20 de febrero de 2012

Vuelos


Foto de Todd Winters

Es muy posible que el pasajero sentado detrás de mí, y que observa a través de su ventanilla esta misma imagen, ande imaginando el más allá. Mi más allá está al final de este vuelo. Adoro sobrevolar la Tierra, pero, sin remedio, soy terrenal. Nunca he necesitado imaginar otro mundo porque este en el que vivo me sigue ofreciendo una gran gama de atractivas realidades. Y, cuando una me ha sido adversa, no he tenido pereza para coger un avión y plantarme en otra. Soy una privilegiada: jamás he barajado la patera como medio de transporte. Además, suelo embarcarme en estos viajes sin desgarros, como lo hizo mi abuelo en su momento y luego mi padre. Uno puede echarle todo el dramatismo que desee y pensar en lo que deja atrás. Pero mi abuelo me enseñó a poner la mirada en la proa. Nuestros viajes han estado siempre cargados de ilusión. Hay también quien ve en ellos una huida: del miedo, de un desamor, de la soledad, del paro, de la monotonía. No le faltará razón, pero yo prefiero verlos como vuelos de búsqueda. Y cuando uno va con esa actitud, suele hallar lo que busca y se deja acariciar por esa brisa que le devuelve una libertad sisada. Mis vuelos más frecuentes, no obstante, son los imaginarios -mi yo terrenal nunca ha estado reñido con el soñador-. De unos y otros siempre vuelvo. Entonces la popa se hace proa y navega sobre otro mar de nubes. El pasajero a mi espalda evoca de nuevo el mundo celestial; mientras, yo confío en aterrizar en uno muy parecido al que dejé. Las diferencias las llevo en mi mirada renovada.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Deseos

Foto de Todd Winters

Pedir deseos es gratis, o casi. Si se los pides a alguna imagen católica, la santa institución te invita a que compres una vela o deposites la voluntad cuando pasan el cepillo (siempre barriendo para casa). Luego están esas fuentes emblemáticas donde puedes solicitar el cumplimiento de un sueño a cambio de una pequeña moneda que arrojas al fondo de sus aguas. Cuando era adolescente, y los deseos se me acumulaban, imitaba este lanzamiento de moneda en los pantanos cercanos a Madrid; usaba pequeñas piedras cuidadosamente preseleccionadas, lo cual salía mucho más económico y, ahora que lo pienso, ecológico. Si conseguía que rebotaran tres veces sobre la superficie del agua tenía el convencimiento de que aquel deseo se me iba a cumplir. Hace tiempo que perdí esta destreza de convertir a las piedras en saltamontes acuáticos, probablemente a base de batacazos de anhelos incumplidos. Ahora me dejo llevar por el destino que, todo hay que decirlo, no me ha tratado mal. Sin embargo, se ve que mi educación católica hizo mella en mí porque, en ocasiones, me veo hablando con él como si del propio Jesús de Medinaceli se tratara. Ya no le pido que intervenga en situaciones relacionadas con amores no correspondidos, ni pretendo ambiciones materiales; son deseos de vida, de mediar ahí donde la ciencia médica desahucia a un amigo o a un familiar. Pero nada, mi destino está tan sordo como esos santos de piedra o madera policromada.

martes, 31 de enero de 2012

No ven, ni oyen, ni huelen

Foto de Todd Winters
Todos los días me repito que no lo volveré a hacer, pero vuelvo a caer. Incluso Canela ha desarrollado un buen olfato para localizar a las parejas más ardientes. Y eso que el número de amantes sin techo no hace más que crecer –otra consecuencia de la crisis, seguro-. Salgo con ella a última hora de la tarde y se va parando tras aquellos árboles desde donde puede divisarlos con cierta claridad, pero solo es capaz de evacuar cuando topa con amadores que ya tienen las serotoninas en ebullición. Entonces me apuro a recoger su deposición, la tiro en la primera papelera que encuentro y vuelvo rápidamente a casa para dejar a Canela. Y bajo solo. Siempre vuelvo a bajar, por más que me digo a mí mismo que debo parar. Y aun tengo la sangre fría de cambiarme de chaqueta a sabiendas de que con la negra logro camuflarme mejor. Vuelvo al árbol que Canela ha preseleccionado para mí. Ya el sol se ha puesto. La noche les vuelve desinhibidos. Los observo. Permanecen en el banco; ella se coloca sobre él y pasados unos minutos dejan de ver, de oír, de oler; son puro sentido del tacto. Ya me puedo acercar sin peligro de ser descubierto; me apodero del bolso que se halla a tan solo unos centímetros de sus cuerpos. Solo me quedo con el dinero; el resto lo dejo en la misma papelera donde deposité los excrementos de mi perra. Rara vez me hago con más de veinte euros. ¡Puta crisis!

sábado, 28 de enero de 2012

No respires


Foto de Todd Winters
Recuerdo bien el día que recibí esta foto por correo. La envió un americano pelirrojo que un mes antes había pasado por La Habana. Yo andaba distraída cuando me retrató. Mi mamá estaba sentada en el alféizar de la puerta. El gringo le pidió permiso para fotografiarme y ella, como no habla inglés, asintió con la cabeza. Luego nos preguntó la dirección y un mes después la recibimos. Ya han pasado quince años, pero la sigo llevando conmigo dondequiera que voy. Ahora vivo en España. Me vine aquí con mi esposo hace un año. Él todavía no ha encontrado pincha; yo trabajo para la Comunidad de Madrid. En realidad, para una contrata que se encarga de enviar muchachas a casas de personas que no pueden valerse por sí mismas. Ahora voy en el metro camino del servicio de los miércoles. Me toca el profesor Blanco, en la calle Cadarso, muy cerca de Plaza España. Es, sin duda, mi peor servicio, pero del que saco la mayor tajada. El señor fue un ilustre profesor de biología molecular en la Universidad Complutense. Aún no había cumplido los cincuenta cuando empezó a ganar peso sin explicación aparente; cada kilo que ganaba parecía ir menguando sus facultades mentales. Las múltiples quejas de sus estudiantes consiguieron echarlo de la universidad. Entonces, se encerró en su casa y fue cuando empezó a desarrollar el síndrome de Diógenes. Mientras miro esta foto voy haciendo mis ejercicios respiratorios. ¡Cómo me gustaría poder llevar ese cojín pegado a mi nariz! He aprendido a respirar únicamente por la boca. Luego, cuando acabo el servicio, me voy al bar de enfrente y me pido un whisky con el que hago un lavado bucal. Pero antes tengo que hacer ese pequeño ritual por el que me da treinta euros cada semana (ni mi esposo ni los de servicios sociales saben nada de esto, obviamente). Me pongo a los pies de su cama y empiezo a quitarme lentamente las prendas de ropa que llevo; mientras,  él, recostado en su mugriento colchón, se pone a bailar con los cinco latinos. Casi nunca llego a quitarme las bragas porque para entonces ya ha graznado bien alto. Justo al terminar de desfogarse mueve compulsivamente la pierna izquierda, parece  un conejo. A mí me entra la risa, pero me aguanto para no respirar. Sobre todo, no debo respirar.

miércoles, 25 de enero de 2012

Perdido


Foto de Todd Winters

Intenta tranquilizarse adelantándose a lo peor. Si la nieve cubriera la carretera hasta hacerla desaparecer, siempre estaría el GPS y, si este fallase, tendría esos cables eléctricos como guía. Pero va a llegar, lo sabe bien. Tiene el depósito lleno de  gasolina, los pronósticos del tiempo son favorables a pesar de la espesa nieve y, por encima de todo, están sus deseos de encontrarse con ella. En sus veinticinco años de matrimonio nunca habían pasado tantos días separados. Cuando le ofrecieron este intercambio académico lo dudó mucho. Además de esas cuatro semanas privándose de su tacto, estaba el largo viaje -casi diez horas de vuelo transoceánico más cuatro horas de viaje en carretera por el Illinois profundo-. Ella tuvo que convencerlo con las ventajas laborales que este intercambio le traería. A la ida se sintió más nervioso, pero le elaboraron las instrucciones con tanto cuidado que no tuvo ningún problema en encontrar la pequeña localidad a la que se dirigía. La vuelta debía de ser más fácil, aunque no contó con esta nieve en pleno mes de octubre. Para relajarse, piensa en el momento de la llegada a casa, en el abrazo cálido, en el sabor de su boca, en el olor de su pelo, en sus caderas. ¡Cómo desea llegar! No obstante, decide parar el coche. Empieza a alejarse de él: veinte metros; el aire frío le hace lagrimear; cuarenta; las lágrimas comienzan a solidificarse entre sus pestañas sin tiempo a que la gravedad haga su trabajo; cincuenta; comienza a perder la sensibilidad en los dedos de los pies; sesenta metros. Se detiene, saca la cámara del bolsillo interior de su abrigo, mira por el ocular y coloca el coche en el centro del encuadre del tercio inferior, entonces dispara. Ahora tiene la imagen que ilustra cómo se sintió al alejarse de ella.

viernes, 20 de enero de 2012

Confabulación dominical


Foto de Todd Winters
Intuí que tomar un poco de aire me sentaría bien. Llevaba días alongándome a mis desdichas, dramatizando banalidades; necesitaba salir, oír otras voces que no fueran la mía. Era domingo, uno de esos primeros días de otoño con el verano resistiéndose a la despedida. Los jardines de Luxemburgo iban a estar abarrotados, pero urgía dejarme acariciar por el sol y, además, me quedaban casi a tiro de piedra. Callejeé el Barrio Latino, me compré El País, sorteé como pude las colas frente al Cluny y bajé el Boulevard Saint-Michel hasta la Rué de Médicis. Antes de entrar en los jardines, decidí tomarme un té y saborear una de esas maravillosas tartas de queso que preparan en el salón Thé Cool. Tuve suerte y encontré sitio en una de las coquetas mesas lilas que tienen en la terraza. Con el apetito satisfecho, medio periódico leído y desbebido el té, me adentré en el edén. Busqué un hueco en el concurrido césped y, antes de leer a mi cascarrabias preferido, don Javier Marías, eché una ojeada a mi alrededor: familias modelo, un amartelado clavando alegremente banderillas, niños persiguiendo risas, enamorados compartiendo confidencias y, para rematar, besadores exhibicionistas. ¿Se habían confabulado todos para mostrarme su felicidad? Entonces mi mirada se cruzó con la de él; se escondía tras unas gafas negras, me sonrió y supe que compartíamos la misma idea: "¡Fuerte manía de guillotinar los árboles de esta manera!".



sábado, 14 de enero de 2012

El sombrero

 
Foto de Todd Winters
Su puesto de sombreros está justo enfrente de nuestro hotel. Mientras Samuel se ducha, le observo desde la ventana de nuestra habitación. Hoy ha debido de pasarle algo. Anda callado y cabizbajo. Llevaba una semana despertándonos con sus gritos de vendedor ambulante: "¡Proteja sus ideas; no deje que el sol le deslumbre; camine siempre por la sombra; compre un sombrero!". Pero hoy ha enmudecido. Samuel dice que el sombrero no nos cabe en la maleta y que no piensa dejar que yo salga de la terminal de Barajas con él puesto: "Horteradas, las justas". Si no tuviera su inglés tan oxidado, sabría que quiero ese sombrero para interpretarle esa canción de Joe Cocker como debió hacerlo Kim Basinger, con el sombrero puesto. Me quitaría el abrigo muy lentamente; luego, los tacones; levantaría mis brazos y, agitándolos, dejaría que mi nuevo vestido de seda se deslizara por mi cuerpo desnudo hasta mis pies. Ese sombrero sería mi única prenda. Pero nada, Samuel coge una guía de viaje en sus manos y no ve más allá de esas páginas. Como se descuide, me pierdo a consolar al vendedor y lo dejo pintando un Óleo de mujer con sombrero. Que me tenga cuidado el amor, que le puedo cantar una canción.

sábado, 7 de enero de 2012

Los chicos con las chicas


Fotos de Todd Winters.
A nosotras la canción de Los Bravos ya nos pilló entraditas en años. En el 67 yo ya tenía tres churumbeles y cualquiera le decía a mi marido que me iba a la playa con los niños y el Jacinto; por muy amigo de la familia que fuera, Jacinto ni estaba casado ni era gay -esas cosas no se llevaban entonces. Si no salíamos con el marido, tirábamos de las primas, o de las amigas, y Santas Pascuas. Y qué quiere que le diga, yo con mis amigas me siento más a gusto. Si se me sale el michelín del bañador, pues se me sale, pero con un hombre...
Nosotros salíamos con una muchacha solo si la estábamos pretendiendo. Amigas nunca tuvimos. Bueno, las amigas de mi mujer, pero, vamos, que salíamos con ellas si también venía la parienta. La verdad: yo nunca he hablado de tú a tú con otra mujer. Mi hijo, ese sí que aprovechó. ¡Anda que no salió con mujeres! Ahora que, una vez casado, se le acabó lo bueno. Le pilla mi nuera tomando un café con una amiguita y le corta los cataplines. Mi nieto, ese sí que anda con mujeres casadas, pero sus maridos saben que con él no corren peligro. ¡Si te digo yo que algunas cosas no han cambiado tanto, Jacinto!

sábado, 31 de diciembre de 2011

Caminemos

Foto de: Todd Winters
El flanco de la derecha muestra más dificultad, pero si no caminamos sobre él, la arena terminará por cubrir el lado izquierdo. Caminemos, en la senda que cada uno quiera, pero sigamos andando y, cuando no nos guste el camino, miremos el apacible azul que cubre ambos márgenes y mantengamos el paso. El viento -ya lo sabemos- es caprichoso. Encontraremos paisajes menos áridos y estas dunas fatigosas serán olvidadas. Si nos paramos, que solo sea para coger perspectiva. ¡Feliz camino 2012!

martes, 27 de diciembre de 2011

Juego de anónimos

Foto de Todd Winters
Nunca hemos hablado pero lo he visto en múltiples ocasiones: en el parque jugando con su hijo, en un par de cumpleaños de amigos, también en la manifestación contra los recortes en educación, e incluso recuerdo verlo bastante perjudicado en el concierto de Wilco. Ahora le observo subir las escaleras del metro, enfundado en una bufanda y con gorra - regalos de Papá Noel, seguro. Lleva la mirada concentrada en el paso, que es ligero, probablemente impuesto por el frío o por el ritmo de la gran ciudad. Siento el impulso de saludarle pero entonces me percato de que, en realidad, no hemos sido presentados. Yo ni siquiera vivo aquí, me encuentro de paso, y solo la casualidad (u otras fuerzas sobrenaturales que se me escapan) ha querido que nos crucemos. Sé que se llama Jaume, es primo de mi amiga Carme y lo he visto etiquetado junto a ella en cientos de fotos de su muro de Facebook. Le rozaré el hombro y pretenderé ser la desconocida del metro. Me pregunto cuántos de los que me observan a mí también me reconocen, y si no andaremos jugando a ser los anónimos que éramos antes de caer en la redes "sociales".

jueves, 22 de diciembre de 2011

Gracias. Thank you.

Fotos de: Todd Winters (izda.) y María Brito (dcha.-obvious, I know)

Palabras deja su primer otoño atrás y ya lo añora. Bueno, lo añoro yo. Palabras no tiene vida, o solo tiene la que yo le quiera dar. Podría desaparecer con un solo movimiento de mi índice (¡qué poder el de esas tres falanges!), pero eso, de momento, no sucederá. Los que han leído la primera entrada de este blog sabrán que estas palabras nacieron, en realidad, en la primavera pasada, cuando Salvador Guerra, mi dilecto commuter, despertó en mí el interés por contarme. Meses después volvería su álter ego más real para animarme a airear estas verdades ficcionadas (a veces "ficciones verdaderas") y hacer que la gran mayoría de ustedes llegara a mí.
Hoy, por estas latitudes, tiene lugar el solsticio de invierno y coincide con la entrada número veinticinco de este blog. No puedo negar que empiezo esta nueva estación muy ilusionada. Sin duda, tiene mucho que ver con el hecho de poder contar con las fotografías de otra persona vital para este blog, Toddito Inviernos (Google Translate le revelará su verdadero nombre). Son sus imágenes las que inspiran mis últimos textos y las que me hacen seguir soñando.
Desde aquí quiero hacer público mi más sincero agradecimiento a los dos. Sin el primero este blog no existiría y sin el segundo seguro que sería menos atractivo. Asimismo, aprovecho la ocasión (salió la vieja secretaria que hay en mí) para desearles a ellos y a ustedes, los que se acercan a mi blog para hacer suyas estas Palabras, unas muy felices fiestas. Desde la nieve, o la arena, o lo que tengan al alcance, disfruten.