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domingo, 13 de mayo de 2012

Soledad en compañía

Foto: Marcos Bolaños
La paciencia es su gran virtud, aunque no siempre fue así; cuando era cachorro reclamaba tu atención a todas horas. Luego aprendió que ninguna de tus amantes le iba a hacer sombra. Ya había ganado tu amor y nunca lo traicionarías. Ahora anda un poco enfadado con ese nuevo móvil que te mantiene ausente incluso cuando estás junto a él. Si no estás hablando con alguien, andas deslizando tu dedo índice sobre su pantalla y apenas le miras a los ojos. Espera tu caricia pacientemente. Sabe que ningún contacto virtual puede competir con el contacto físico que él te ofrece. Y tú también lo sabes. Cuando sales de esa abducción digital, no hay nada que te guste más que tirarte al suelo y huir de sus besos en tu oreja. Es una huida ficticia. Das vueltas con él sobre el césped, o en el suelo de casa, y finges enojarte; él parece calcular sus fuerzas para no hacerte daño. Terminas exhausto y dejas que sus besos te alcancen finalmente. Esta tarde mirabas a esas minúsculas viviendas que hay frente al parque y pensabas en las vidas detrás de esas paredes. Cientos de hombres y mujeres con preocupaciones parecidas, miedos similares y un anhelo común: el contacto, físico o virtual. Sabes que por eso es tan importante la soledad. Disfrutas del silencio, del placer con tu propio cuerpo, de tus monólogos para después entregarte al ruido, al placer del otro, al diálogo. Lo has conseguido: disfrutas de la soledad en compañía.

domingo, 22 de abril de 2012

La mar



Foto: Marcos Bolaños
La ciudad celebraba el fin de semana. Se olvidaba de la crisis, o discutía sobre ella frente a unas cervezas. Marcos repasaba su agenda de contactos en el i-Phone, su lista de amigos en facebook; no se le ocurría a quién llamar para compartir aquella velada. La mayoría de sus noches en solitario habían sido voluntarias. Le gustaba disfrutar de su soledad después de una semana frenética de discusiones telefónicas, correos devastadores y reuniones inútiles. Hoy, sin embargo, necesitaba compañía. Desde las tres de la tarde del viernes se había encerrado en casa. Llevaba casi treinta horas sin escuchar salir de su boca un solo sonido. No era nuevo para él. Eran muchos los lunes que se sorprendía al oír su “buenos días” dirigido al chófer de la guagua. Su voz sonaba ronca y quebrada. El chófer se reía con un “Hubo juerga este fin de semana, ¿eh?”. Marcos le respondía con una sonrisa. Los meses de aquel aislamiento elegido habían terminado por dejarlo solo de verdad. La playa se había convertido en su única compañera. En el paseo a primera hora de la mañana eran muchos los solitarios que, como él, buscaban en el sonido de las olas al interlocutor deseado. El baño nocturno era distinto. El murmullo de las conversaciones en las terrazas del paseo de la playa competía con el rugir de las olas. Los pocos transeúntes de la orilla iban en compañía y aquella imagen le dolía. Entonces se adentraba en el mar y le hablaba. Primero, susurrándole; luego, a gritos. En unos segundos aquellas olas desaparecían llevándose con ellas sus secretos. Entendía a los marineros: el mar era mujer.