Mostrando entradas con la etiqueta Joe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Joe. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de enero de 2013

¡Contalo ya!

Foto: Joe C. Moreno
Llevaba semanas sonriendo. Era entrar por el hospital y regalaba sonrisas a todo el que la miraba. Y no lo hacía solo con los diecisiete músculos alrededor de la boca; ella flexionaba los cuarenta y cuatro de la cara. En el quirófano, incluso con la mascarilla puesta, sabías que sonreía. No era la primera vez que la veíamos así, pero había pasado tanto tiempo que lo habíamos olvidado. Solía argumentar que tenía el suficiente pasado como para saber que era preferible estar sola que estar en compañía por inercia, por miedo a la soledad; sabíamos que hablaba de ella misma y, aun así, alguno de nosotros se daba por aludido.
Llevaba quince días desaparecida; solo sabíamos que había pedido dos semanas sin empleo y sueldo y ayer, por fin, dio señales de vida. Nos invitó a cenar a su casa y tan pronto abrió la puerta lo supimos. El brillo en los ojos la delataba, pero también su risa. Reía echando la cabeza hacia atrás  y su carcajada era contagiosa. Lo novedoso, sin embargo, era su acento marcadamente argentino. Así que no tardé en rogarle: "¡Che, flaca, contalo ya!".
Le conoció por Internet. Llevaban tres meses de intercambio de mensajes lujuriosos cuando hace dos semanas se presentó de sorpresa en su casa. Un tifón de sexo la había dejado con una cistitis aguda -nada que un chute de antibióticos no pudiera solucionar-. Gardel se volvió ayer a Buenos Aires y ella se irá en cuanto le concedan la excedencia que ha solicitado. Porque lo que sí que no le ha dado la madurez es sosiego. Lo de andar con pies de plomo no entra en sus esquemas. Dice que no tiene miedo, que después de tantas caídas ya tiene práctica en levantarse. Así que se nos va otra vez y nosotros ya tenemos destino para las próximas vacaciones.

sábado, 12 de enero de 2013

Verdades confesables


Foto de: Joe C. Moreno
Cuando el silencio de sus paredes le ensordece baja a la avenida, se sienta de espaldas al mar y deja que su sonido y el tiberio de los viandantes le arrullen. Hoy han caído unas gotas y, en esta ciudad, eso significa recogimiento. Observa a los fieles del paseo sin llegar a verlos, metido aún en su abstracción; entonces llega esa frase rota que su cerebro recoge sin que él ponga nada de su lado. Sus labios la repiten en silencio. Solía llevar un pequeño cuaderno donde las apuntaba; ahora saca su iPhone y las guarda en el bloc de notas. Hoy ha seleccionado la de un sexagenario. Apenas unas palabras aisladas y sabe que podría construir el antes, el porqué y hasta el después. De vuelta a casa enciende el ordenador y teclea la frase: "Si te digo la verdad, la cubana no es que fuera una hembra del carajo." A continuación escribe el título: "Verdades confesables". Salen palabras, pero hoy se le antojan ñoñas, repetidas, vacías. Un movimiento de ratón, una tecla y desaparecen todas. Vuelve a empezar. Esta vez les cuenta el proceso. 


sábado, 5 de enero de 2013

Palabras quebradas

Foto: Joe C. Moreno (edición: María Brito)
Puede que se esté perdiendo la maravillosa inmensidad del bosque. Ella no parece echar de menos nada de lo que queda fuera de su campo visual. No necesita alzar la vista. Todo lo que desea ver lo tiene a su alcance. En las últimas semanas su sentido del tacto está tan receptivo que es capaz de ver, oler y oír a través de su piel. Los susurros se enredan en su pelo, recorren su frente, su cara, su cuello. A veces no consigue distinguir las palabras que le acarician; llegan quebradas y algunas, confiesa, las escucha por primera vez; siente las consonantes fricativas vibrar sobre sus hombros y le basta con eso. No precisa de significados, disfruta de los significantes aislados, sentidos, tatuados. Intenta relajar los músculos del rostro, pero la sonrisa se le dibuja sin pretenderlo. Su hoy le trae esta brisa con aroma a tierra mojada y su piel desnuda no está dispuesta a dejarla pasar.  "Continue whispering".

domingo, 30 de septiembre de 2012

Antes de morir


Fotos: Joe C. Moreno


No siempre tengo fuerzas para enfrentarme a los nubarrones, así que son muchas las ocasiones en que opto por ignorarlos. Las nubes siempre terminan por pasar, aunque sé que detrás vienen otras. Cuando más orgullosa de mí misma me siento es cuando me levanto, las sonrío y las observo transitar. Son parte del juego de la vida y combatirlas o ningunearlas no son siempre la solución. No he plantado un árbol, ni he tenido un hijo, ni he escrito un libro. Tampoco creo que esas tres acciones sean esenciales para afirmar que una ha vivido, aunque no desecho realizar una de ellas antes de morir; como tampoco descarto construirme una cabaña frente al mar - con mi aguacatero en el jardín -, o ir a la India como voluntaria, o practicar sexo en el Salar de Uyuni.  Miro atrás y no puedo evitar la sonrisa, miro adelante y me invade la emoción. Me miro el ombligo y veo un ombligo. Happy birthday to me!

miércoles, 21 de marzo de 2012

Mientras tanto (2)

Foto de Joe C. Moreno
Hay silencios que se leen y escuchan con más claridad que las palabras. Los hay bellos y también dañinos. Una cama deshecha, un olor, una prenda olvidada, una mirada -o incluso su omisión- y creamos un rompecabezas que bien puede reconstruir o quebrantarnos el alma. Hicimos un pacto de silencio y funcionó durante un tiempo. Cuando me propuso no prometernos fidelidad supe que no era mi imagen acompañada de un amante la que tenía en mente. Por eso sugerí callar; entonces pensé que esas elipsis lograrían alargar el ‘mientras tanto’, pero me equivoqué. O igual no. Igual de haber hablado antes ya le habríamos puesto fin. Lo cierto es que durante meses ninguno de los dos necesitó mirar para otro lado. El deseo por poseernos solo respetaba el horario laboral y, alguna vez, ni eso. Redujimos las salidas con los amigos, los encuentros familiares, las horas en el gimnasio -bien es verdad que de ejercicio físico íbamos bien servidos- y hasta las lecturas. Maldije la experiencia que me ponía en alerta de que aquello tenía fecha de caducidad. Y llegó la calma y con ella sus compromisos laborales fuera de la isla. Al principio, la distancia aumentó el deseo; luego, lo fue apagando. Los dos mantuvimos el silencio pactado, pero con el tiempo se ha vuelto ensordecedor; por eso ya no me molesto en hacer la cama, ni en esconder las prendas olvidadas. El silencio habla a gritos y solo es cuestión de que uno de los dos quiera pararse a escucharlo.


domingo, 18 de marzo de 2012

Mientras tanto



Foto de Joe C. Moreno
Hacía rato que había perdido el hilo de lo que leía pero fingí seguir leyendo. La conversación de la pareja que se había sentado enfrente era mucho más entretenida. Deduje que se trataba de una relación reciente que intentaba acordar ciertos pactos. Escuché cómo ella sugirió no entrar en los detalles de relaciones anteriores, excepto para contar alguna que otra anécdota de índole humorístico. A él le pareció una buena idea. Entonces, y sin anestesia de por medio, él le propuso no prometerse fidelidad. Levanté la cabeza para ver la reacción en la cara de la mujer; apoyó su mentón en ambas manos y, mientras seguía escuchando, se daba pequeños golpes con los dedos en los labios; pude deducir que aquella propuesta no era del todo de su agrado. Él argumentó que los dos tenían la experiencia suficiente como para saber que la monogamia era un invento que jamás había funcionado y que empeñarse en compartir tu cuerpo con una sola persona era quimérico. Luego matizó que tan solo se trataba de no vetarse la posibilidad de mantener relaciones físicas con otras personas; añadió que la ausencia de esa prohibición les llevaría, casi con toda probabilidad, a mantener menos relaciones que esos otros hipócritas que han prometido fidelidad eterna y a la primera de cambio andan metiéndose entre las sábanas de otra. Hubo un pequeño silencio –a mí se me hizo eterno- y habló ella: “De acuerdo, pero haremos como con las relaciones pasadas; no nos las contaremos. Sabremos que existen pero ni tú me hablarás sobre ellas, ni yo a ti.” El eco de sus últimas palabras se leía en la mente de él: "ni yo a ti...". Pensé que sería otra relación abocada al fracaso; antes, tenían por delante el mientras tanto y se podía adivinar que iban a saber disfrutarlo.