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domingo, 31 de marzo de 2024

Domingo de Resurrección


 

Todos los acontecimientos y personajes que aquí se narran son reales. Los nombres son ficticios.


Sabía que este Domingo de Resurrección la playa estaría llena, pero no pude resistirme; desde mi nueva ventana, el mar competía y ganaba la partida al azul intenso del cielo; me reclamaba y yo me dejé conquistar. 

Nadé, como siempre, un ida y vuelta desde el muelle hasta el risco y al finalizar me acomodé en el único hueco que quedaba sobre los tablones de la playa. A mi izquierda una chica de Baracaldo mantenía una conversación telefónica con su aita y le contaba el buen tiempo que hacía, su periplo por los pueblos de Gran Canaria y lo mucho que le gustaba Agaete. Mientras me tomaba un botellín, esperé pacientemente a que llegara el “Agur, aita” para poder empezar a leer Las muertas de Jorge Ibargüengoitia (que no te lleve a engaño, no es paisano de la baracaldesa, sino mexicano). Se hizo el silencio playero y pude avanzar seis páginas; de pronto me sacó de mi lectura el grito de una de las dos adolescentes que se encontraban a mi derecha -hasta ese momento habían permanecido en absoluto silencio frente a sus móviles. 

–¡Mira, tía, qué fuerte, no me lo puedo creer! –decía la una mostrándole su móvil a la otra.

–No veo nada, ¿tienes el brillo al máximo? –le respondía su amiga con el nerviosismo contagiado.

–Joder, tía, es el Yeray comiéndole la boca a Itahisa; me toca la polla; estoy segura que me ha colgado esa foto para que yo la vea, el muy hijo de puta...

–¡Qué dices, tía!

Aquello iba a durar mucho más que la conversación de la vasca así que decidí ponerme los tapones de oídos que utilizo para nadar e intentar seguir con mi lectura. “Ella fue derecho a donde yo estaba, abrió la boca como si empezara a sonreír -alcancé a verle el diente roto- y me dio una bofetada.” No conseguía concentrarme y leí esta frase tantas veces que llegué a memorizarla. Mis tapones apenas lograban amortiguar los “me toca la polla” de la adolescente con cara de ángel y lengua de diabla trans. Lo seguí intentando… “No me moví. Ella dio la vuelta y empezó a alejarse. Yo miré a mi alrededor para ver quién había presenciado mi deshonra y no encontré más que al nevero…Si se ríe en ese momento yo le parto el hocico..." ¿O era la polla? Mi dos historias, la ficticia y la real, empezaban a enredarse y fue escuchar un “Lo voy a llamar, tía, yo lo quiero pero le voy a coger asco” y supe que mi día de playa había terminado. Me envolví en mi pareo y salí despavorida. No podía ser testigo del desenlace de aquel drama. Fui a casa y después de relatar los hechos tal y como sucedieron seguí leyendo Las muertas, donde “algunos de los acontecimientos que (ahí) se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios.”

sábado, 30 de julio de 2022

El helado

Foto: María Brito

Según tu hija, en esta foto me parezco a un personaje de Edward Hopper. Yo no sé quién es ese Hopper ni esa señora mayor de la foto, pero este helado de tuno indio está buenísimo. Hoy hemos venido a Agaete; me dicen que es el pueblo donde nací, pero para mí que están equivocados. Eso sí, no saben bien lo que les agradezco que me saquen de la residencia y poder ver rostros sin surcos. Ya sabes que les pedí que no me llevaran a ninguna residencia hasta que perdiera la cabeza. ¡Ay, los pobres, han estado años intentando decidir cuándo sería ese momento! Y no fue cuando encontraron las mandarinas en la mesa de noche convertidas en fruta deshidratada, ni cuando les hice reír a carcajadas al ponerme la rebeca por los pies; ni siquiera cuando mi cerebro empezó a elegir de forma aleatoria las palabras que salían de mi boca (las de hoy salen de corrido; debo tener un buen día). Te contaré que durante un buen tiempo estuve repasando parte de la geografía latinoamericana gracias a mujeres que, de la noche a la mañana, empezaron a decidir por mí lo que tenía que comer, la ropa que debía vestir o cuándo podía ir a pasear. ¡Qué martirio! Yo solo deseaba que llegara la noche o el fin de semana para que fuera uno de nuestros hijos quien me acompañara. Pero entonces empecé a confundirlos: a veces creía que el mayor eras tú o que la niña era mi madre. Nuestra casa de siempre empezó a parecerme un lugar ajeno en el que me incomodaba estar. Y llegó el momento. 


Ahora en la residencia me cuidan unas señoritas muy simpáticas; se ve que les caigo bien; les oigo susurrar que tengo el “Alzheimer bueno”. Al parecer hay uno bueno. ¡Qué suerte que me tocara a mí! Siempre me supe afortunada. Desde hace unos días, o quizás sean ya meses, llevan mascarillas, pero yo adivino sus sonrisas en los ojos. Les robo besos aunque me dicen que ahora están prohibidos. Nuestros chicos siguen viniendo cuando les dejan. Hoy me han traído a este puerto maravilloso que parece que me quiere sonar. Lo que más me gusta de estos paseos son los abrazos clandestinos que nos damos. Huelen a ti. De eso no me olvido.


sábado, 10 de noviembre de 2012

Otro abrazo

Foto: Tato Gonçalves
Palabras acaba de cumplir un año. Doce meses buscando términos que unas veces me ayudaran a convertir en ficción alguna verdad y otras, haciendo el camino inverso, tratando de convertir en verdadera alguna ficción. Ha sido un año de navegación sin brújula, de ahí que en ocasiones nos hayamos perdido durante semanas. En mi primer texto, Commuters, les conté cómo nació mi interés por la escritura. Fue precisamente el escritor real al que daba vida el personaje principal de ese relato, Santiago Gil, quien me animó a hacer públicos mis primeros textos. No lo pensé demasiado (¡cómo si no!) y creé este blog sin terminar de entender la razón que me empujaba a compartir mis Palabras. Meses más tarde, Rosa Montero en su columna de El País  me brindaba las suyas para Gustificar mi atrevimiento: "Para eso se escribe, se pinta, se compone una sonata. Para escapar del encierro de nuestra individualidad. Y para eso se lee, se va al cine, se escucha la música. Para unirnos a los demás, para saber que no estamos solos."
Hoy, aprovechando este aniversario, quisiera compartir con ustedes algunas de las curiosidades que las estadísticas de la plataforma de este blog me ofrecen. Una de ellas es la “clave de búsqueda” más utilizada, esa palabra que conduce a los internautas hasta este blog, y que no es otra que “abrazos”. A priori, puede parecer gratificante que un término tan afectuoso haya llevado al aterrizaje de 623 personas (¿?) a uno de mis textos; la mala noticia es que aterrizan en uno de los menos recomendables. Sin embargo, No se enamore, una de las cuatro historias que salvaría de este primer año, no aparece en la lista de las diez entradas más leídas (¿mi gusto no coincide con el de mis lectores?). Me cuesta interpretar también el reciente interés de los alemanes (!!) por mi relato favorito, No respires, lo que la ha convertido en la tercera entrada más  leída /visitada del año. Sí aparece en esa lista otra historia que superaría mi criba, Mujer en la bañera (¿buscadores de Antonio López cabreados?). Finalmente, Mimetismo, uno de mis últimos textos que podría leer en alto sin avergonzarme, lo ha leído apenas medio centenar de personas, aunque a mí me vale con que a Antonio Jiménez Paz y a otros ocho desconocidos sospechosos les guste. 
No puedo acabar esta entrada sin nombrar a los que ilustran e inspiran mis palabras, esos fotógrafos profesionales que me fían generosamente sus imágenes. Me ofrecen no solo inspiración, sino la tranquilidad de saber que si mis textos no son del agrado del lector, al menos podrá recrear la vista con sus obras: Marcos Bolaños, Alfonso Elvira, Joe C. Moreno y Todd Winters (mi gran inspirador), y una gran pintora, Judit Paz. Hoy me estreno con otro grande, Tato Gonçalves. Hace unos días la osada que hay en mí recurrió a él para pedirle otro abrazo, un abrazo dirigido a ustedes, lectores conocidos y anónimos, y el sabio que hay en él me mandó abrazar al mar. 
Un abrazo, marino, azul, cargado de Palabras. 
P.D. No, no me olvido. Gracias, Mar.

sábado, 27 de octubre de 2012

Vidas paralelas


Foto: María Brito
Hasta que ella se cruzó en mi camino esta iba a ser una historia con un solo personaje: mi historia -en primera persona y sin secundarios-. Me dirigía con retraso a mi clase de yoga cuando divisé este entrante de luz por la calle Kant. No llevaba la cámara encima, así que busqué apresuradamente mi móvil en el bolso. En honor al filósofo que dio nombre a la calle, decidí unir empirismo y racionalismo y experimentar con la luz y mi soledad (esta pedantería, obviamente, no la pensé entonces sino que ha surgido mientras escribo). Lo que sí tenía claro en aquel momento es que deseaba hacer un autorretrato sin más compañía que la mía propia. Con este fin, me situé matemáticamente en medio de aquel río de luz, levanté el móvil a la altura de mi boca, separé las piernas para dejar que el destello fluyera entre ellas e intenté esconder el bolso que deformaba mi silueta. A través de la cámara la vi entrar en el encuadre por el lado izquierdo, caminaba despacio; intenté ignorar esa lentitud del paso del tiempo que surge cuando uno está en modo espera. Esta historia era mía, hablaba de mi soledad, de la inmensidad del universo y mi yo. El sol alargaba sus rayos para imprimir mi sombra en la arena. Ella, desafiante, se paró frente a mí, no tenía intención de moverse; hice un único disparo. Luego pude comprobar que sus cálculos fueron erróneos; le faltaron veinte centímetros para situarse en el medio de la imagen. Lo que sí logró fue cambiar los créditos de mi película. No obstante, esta historia nunca hubiera visto la luz de no ser por un tercer personaje. No fue hasta que él apareció, ocho meses después, que decidí ponerle palabras a esta imagen. Presiento un complot: esta era mi historia.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Antes de morir


Fotos: Joe C. Moreno


No siempre tengo fuerzas para enfrentarme a los nubarrones, así que son muchas las ocasiones en que opto por ignorarlos. Las nubes siempre terminan por pasar, aunque sé que detrás vienen otras. Cuando más orgullosa de mí misma me siento es cuando me levanto, las sonrío y las observo transitar. Son parte del juego de la vida y combatirlas o ningunearlas no son siempre la solución. No he plantado un árbol, ni he tenido un hijo, ni he escrito un libro. Tampoco creo que esas tres acciones sean esenciales para afirmar que una ha vivido, aunque no desecho realizar una de ellas antes de morir; como tampoco descarto construirme una cabaña frente al mar - con mi aguacatero en el jardín -, o ir a la India como voluntaria, o practicar sexo en el Salar de Uyuni.  Miro atrás y no puedo evitar la sonrisa, miro adelante y me invade la emoción. Me miro el ombligo y veo un ombligo. Happy birthday to me!

lunes, 4 de junio de 2012

Commuters II

Foto de Todd Winters
Las palabras habían dejado de fluir. Obligaciones laborales y familiares la habían apartado del teclado y le costaba volver a él. Y no es que le faltaran historias que contar. Las ficciones verdaderas no dejaban de cruzarse en su camino. Hacía tan solo unos días la ejecutiva de minifaldas imposibles se había sentado justo detrás de ella. Ajena al volumen de su voz, confesaba a través del teléfono móvil cómo, días antes de separarse de su marido, había metido tijera a todos sus calzoncillos; le relataba a su entretenida interlocutora que, con gran esmero y siguiendo la costura de la cruz de la entrepierna, había hecho cortes de apenas cuatro centímetros: “lo justo para dejarlo con los huevos al aire”. También podía tirar de la historia del hindú envidioso. Cada mediodía, a la hora del cierre de los comercios, le observaba paseando a su perro delante de la perfumería de un compatriota; delante de la puerta principal, sin percatarse del paso de la guagua, dejaba caer el millo que llevaba en los bolsillos: conseguía así atraer la presencia de aquellas palomas que tanta facilidad mostraban para comer y defecar a un mismo tiempo. Personajes resentidos con el mundo, pero también reconciliados. Octavio, el chófer de la guagua, ya no escondía su amor por la pasajera misteriosa y la besaba fogosamente antes de empezar el viaje de las nueve y diez. Nunca faltaban historias, solo tiempo. Una tarde de domingo logró sentarse frente al teclado, leyó su primer texto, Commuters, y volvió a dejar que de sus dedos surgieran nuevas palabras.

domingo, 13 de mayo de 2012

Soledad en compañía

Foto: Marcos Bolaños
La paciencia es su gran virtud, aunque no siempre fue así; cuando era cachorro reclamaba tu atención a todas horas. Luego aprendió que ninguna de tus amantes le iba a hacer sombra. Ya había ganado tu amor y nunca lo traicionarías. Ahora anda un poco enfadado con ese nuevo móvil que te mantiene ausente incluso cuando estás junto a él. Si no estás hablando con alguien, andas deslizando tu dedo índice sobre su pantalla y apenas le miras a los ojos. Espera tu caricia pacientemente. Sabe que ningún contacto virtual puede competir con el contacto físico que él te ofrece. Y tú también lo sabes. Cuando sales de esa abducción digital, no hay nada que te guste más que tirarte al suelo y huir de sus besos en tu oreja. Es una huida ficticia. Das vueltas con él sobre el césped, o en el suelo de casa, y finges enojarte; él parece calcular sus fuerzas para no hacerte daño. Terminas exhausto y dejas que sus besos te alcancen finalmente. Esta tarde mirabas a esas minúsculas viviendas que hay frente al parque y pensabas en las vidas detrás de esas paredes. Cientos de hombres y mujeres con preocupaciones parecidas, miedos similares y un anhelo común: el contacto, físico o virtual. Sabes que por eso es tan importante la soledad. Disfrutas del silencio, del placer con tu propio cuerpo, de tus monólogos para después entregarte al ruido, al placer del otro, al diálogo. Lo has conseguido: disfrutas de la soledad en compañía.

domingo, 22 de abril de 2012

La mar



Foto: Marcos Bolaños
La ciudad celebraba el fin de semana. Se olvidaba de la crisis, o discutía sobre ella frente a unas cervezas. Marcos repasaba su agenda de contactos en el i-Phone, su lista de amigos en facebook; no se le ocurría a quién llamar para compartir aquella velada. La mayoría de sus noches en solitario habían sido voluntarias. Le gustaba disfrutar de su soledad después de una semana frenética de discusiones telefónicas, correos devastadores y reuniones inútiles. Hoy, sin embargo, necesitaba compañía. Desde las tres de la tarde del viernes se había encerrado en casa. Llevaba casi treinta horas sin escuchar salir de su boca un solo sonido. No era nuevo para él. Eran muchos los lunes que se sorprendía al oír su “buenos días” dirigido al chófer de la guagua. Su voz sonaba ronca y quebrada. El chófer se reía con un “Hubo juerga este fin de semana, ¿eh?”. Marcos le respondía con una sonrisa. Los meses de aquel aislamiento elegido habían terminado por dejarlo solo de verdad. La playa se había convertido en su única compañera. En el paseo a primera hora de la mañana eran muchos los solitarios que, como él, buscaban en el sonido de las olas al interlocutor deseado. El baño nocturno era distinto. El murmullo de las conversaciones en las terrazas del paseo de la playa competía con el rugir de las olas. Los pocos transeúntes de la orilla iban en compañía y aquella imagen le dolía. Entonces se adentraba en el mar y le hablaba. Primero, susurrándole; luego, a gritos. En unos segundos aquellas olas desaparecían llevándose con ellas sus secretos. Entendía a los marineros: el mar era mujer.


viernes, 3 de febrero de 2012

Rey mar. Pinteratura mixta. Pintura- J. Paz. Texto- María Brito.


Pinteratura de J. Paz

Acababa de salir a cubierta a encenderse la cachimba y, de pronto, un golpe de mar lo deja en mitad del océano. Rafael Florimpo (como lo conocían en su Agaete natal por llevar siempre una flor en la solapa de su chaqueta) no tuvo tiempo de pedir auxilio y ninguno de sus marineros se percató de la caída. Enseguida supo que necesitaría un milagro para salir de aquella inmensidad. Era patrón de un barco de cabotaje que cubría la ruta Gran Canaria-La Palma transportando sacos de carbón. Hacía solo unos minutos había dejado en el puente de mando a su hijo mayor; sabía que tardaría en echarlo de menos. Era la víspera de Reyes y tenía previsto llegar a puerto antes del anochecer, a tiempo para colocar las almendras garapiñadas junto a los zapatos de sus hijos más pequeños. Mientras veía el barco alejarse se encomendó a su dios; le recordaba que tenía esposa y nueve hijos y que el décimo estaba en camino. Le rogó que fuera misericordioso y no permitiera que sus pichones vivieran asociando la noche de Reyes con el día en que desapareció su padre. Sabía nadar bien, pero el mar comenzaba a volverse bravo y a tomar el color de esas nubes negras que se posaban sobre él. Pasaron casi tres horas, pero, justo cuando las fuerzas  le flaqueaban y su ánimo se rendía, divisó su barco. Agradecido, hizo la promesa de ponerle a su próximo hijo el nombre del santo correspondiente al cinco de enero.
    Nació en primavera. Fue niña y, como había prometido, la bautizó con dos de los nombres que aparecían en su almanaque santoral para aquel día: Telesfora Amelia. Transcurridos los años, los funcionarios de la comisaría donde Amelia acudía a renovar el carnet de identidad, le informaban de que, si lo deseaba (se ve que ellos sí), podía prescindir de su primer nombre. Pero ella no iba a permitir que una sola tecla de esos nuevos ordenadores borrara la promesa de su padre. El carbón nunca llegó a los zapatos de ningún niño de la isla de Gran Canaria; a su casa sí llegó el Rey Mago, con la corona mojada y fría, y disfrutó de él por muchos años.

miércoles, 11 de enero de 2012

Mar de invierno

Foto: María Brito

Me he alejado de él en múltiples ocasiones, pero no siempre necesito el contacto para sentirlo próximo. Por eso, cuando nos volvemos a cruzar, solo nos lleva unos segundos reconocernos. Cuando era niña, y nos separaban casi tres horas de vuelo, lo imaginaba en la línea del horizonte y, si me esforzaba, conseguía incluso convertir el ruido del tráfico en su añorado sonido. Su atractivo es aún mayor en invierno. Era en esta estación cuando, aprovechando las vacaciones de navidad, veníamos a disfrutar de él y, en un abrir y cerrar de ojos, trocábamos la bufanda y el gorro por el bañador y las cholas. Es coqueto, así que entre menos observado se siente, mayor es su encanto. Su susurro me resulta arrebatador, incluso cuando simula estar enojado, y nada me reconforta más que su tacto. El sabor que deja en mis labios después de rozarme durante apenas unas décimas de segundos supera cualquier delicatessen elaborada. Casi siempre lo disfruto a solas, pero reconozco que las evocaciones más recurrentes son en compañía. Aquellos baños pueriles con los primos en el Puerto de Las Nieves, con los amantes en las calas más recónditas, y en Las Canteras, siempre Las Canteras: los paseos matutinos con papá, los  picnics al atardecer con los amigos y, ahora, con el deseo de volverlo a compartir.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Gracias. Thank you.

Fotos de: Todd Winters (izda.) y María Brito (dcha.-obvious, I know)

Palabras deja su primer otoño atrás y ya lo añora. Bueno, lo añoro yo. Palabras no tiene vida, o solo tiene la que yo le quiera dar. Podría desaparecer con un solo movimiento de mi índice (¡qué poder el de esas tres falanges!), pero eso, de momento, no sucederá. Los que han leído la primera entrada de este blog sabrán que estas palabras nacieron, en realidad, en la primavera pasada, cuando Salvador Guerra, mi dilecto commuter, despertó en mí el interés por contarme. Meses después volvería su álter ego más real para animarme a airear estas verdades ficcionadas (a veces "ficciones verdaderas") y hacer que la gran mayoría de ustedes llegara a mí.
Hoy, por estas latitudes, tiene lugar el solsticio de invierno y coincide con la entrada número veinticinco de este blog. No puedo negar que empiezo esta nueva estación muy ilusionada. Sin duda, tiene mucho que ver con el hecho de poder contar con las fotografías de otra persona vital para este blog, Toddito Inviernos (Google Translate le revelará su verdadero nombre). Son sus imágenes las que inspiran mis últimos textos y las que me hacen seguir soñando.
Desde aquí quiero hacer público mi más sincero agradecimiento a los dos. Sin el primero este blog no existiría y sin el segundo seguro que sería menos atractivo. Asimismo, aprovecho la ocasión (salió la vieja secretaria que hay en mí) para desearles a ellos y a ustedes, los que se acercan a mi blog para hacer suyas estas Palabras, unas muy felices fiestas. Desde la nieve, o la arena, o lo que tengan al alcance, disfruten.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Fue culpa de Maika Makovski

Fue culpa de Maika Makovski, que nos hizo perder el tino y por eso se hizo caso omiso a los mensajes ecológicos que se proyectaban tras sus movimientos de caderas. Nada, imposible.Terminamos bailando sobre el crujido de vasos de plástico y un sinfín de confeti con forma de colillas de cigarros. Ocurrió anoche, en el Alternative Music Festival SOS que tuvo lugar a la vera del Auditorio Alfredo Kraus. Sin embargo, la responsabilidad del estado en el que ha quedado el Parque Santa Catalina y aledaños, tras dos días dedicados a nuestros caninos, no sé muy bien a quién atribuírsela – por obvia, quizás. Así que la que ha terminado teniendo un  “un día de perros” soy yo. La bici que no me rueda de tanta defecación canina entre sus llantas; mi pobre Negrito que está intoxicado de tanto olfatear los desechos de sus iguales y yo que ando amargada pensando en cuánto desalmado se habrá convertido este fin de semana en el nuevo peor amigo de un perro.

Nota: Lo de mi bici y mi perro es pura ficción (de poseerlos les aseguro que no hubiera tirado de imaginación) pero mi amargura es real; que la Mokovski y los grancanarios The Birkins me hicieron perder el tino es una verdad a medias (mi "tino" no se deja perder así como así). Por último, si lo que buscan es un blog con entretenidas críticas musicales, les invito a visitar mi querida Ciudad Sin Discos

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Si pasan por aquí.


Foto: María Brito

Tener en cuenta al destinatario de nuestro mensaje a la hora de expresarnos es una técnica que aprendemos a manejar desde que empezamos a articular nuestras primeras palabras. Incluso cuando uno escribe para sí mismo piensa en ese receptor (el amigo imaginario)  y se pregunta si será capaz de decodificar nuestro mensaje de la manera que nosotros deseamos. Es una pelea perdida de antemano pero, no obstante, el grado de empeño que pongamos en ganarla va a determinar el número de asaltos que aguantemos en el ring. Si este símil de boxeo les espanta tanto como a mí seguro que ya no estarán leyendo esta otra frase. Y eso es algo que difícilmente puedo controlar (no usándolo es una posible solución). Si nos obsesionamos con complacer al lector, a duras penas podremos hacer que nuestras palabras fluyan. Pero ahora me toca confesar mi otra obsesión: que mi amigo imaginario deje de serlo, razón por la cual nunca escribí un diario en mi adolescencia -a sabiendas de que no había candado de plástico que se les resistiera a mis nada imaginarios hermanos. Estoy convencida de que si escribiera pensando en un destinatario en particular (no digo nada si fueran ciento veintitrés), jamás terminaría de teclear estas palabras. Cómo hacerlo sin pensar en él, con nombre y apellidos, seguro que es otro proceso que aprenderé a manejar si me doy el suficiente tiempo. Por lo pronto, desde hace unos días cuento con un lector y he comprobado que escribir no me resulta más difícil ahora que antes (mi antes, ya lo habrán adivinado, apenas tiene unos meses) aunque quizá influya el hecho de que mi único lector se asemeja más a un personaje de ficción que a uno real (otra historia que ya les contaré otro día). Es agradable saberse leída pero, hasta que descubra lo que ando haciendo por aquí,  prefiero que Vds. lleguen a este blog por puro azar o porque tecleen Santiago Gil en algún buscador. Así que si ya están aquí, y para que su paso por mi blog  sea mucho más fructífero, aprovecho para recomendarles su última novela, Sentados  (Anoart Ediciones, 2011). Les aviso: el té se les quedará frío. 

lunes, 7 de noviembre de 2011

Commuters



Foto de Todd Winters

Todos se empeñaban en que se sacara el carnet de conducir, pero ella le seguía viendo  ventajas al transporte público. Y eso que en este último año académico, como contaba los años desde que era profesora, el recorrido no era precisamente corto. A las tres en punto salía del Parque Santa Catalina y casi una hora después llegaba  a la Villa de Santa Brígida, donde se encontraba su nueva escuela. Era la primera viajera en subir y la última en bajarse. Solía aprovechar el trayecto para hacer alguna llamada pendiente, siempre corta y susurrando para evitar que la escucharan. A veces corregía exámenes, pero sólo los tipo test porque ni la acupuntura ni el jengibre combatían las náuseas que aquella carretera de curvas le producían. Así que su actividad preferida era aislarse con la música de su i-pod y dar rienda suelta a su imaginación, inventando las vidas de los que la acompañaban diariamente en ese viaje: sus commuters
           Para navidades ya se había familiarizado con los conductores. Eran siempre los mismos. Le caía muy bien Ángel, un chófer de la vieja escuela, muy servicial  pero nada puntual, meticuloso como era con la limpieza de la guagua -un papel llama a otro, le repetía. Menos simpatía le tenía a Esteban, el que frenaba bruscamente en cada parada como si le pillaran de sorpresa. A él lo imaginaba muy mal amante, torpe en movimientos y ansioso por llegar. Pero el que más juego le daba para inventar historias era Octavio. Al acabar la jornada, en el último viaje de la noche, solía encontrarlo aún con la guagua a oscuras acompañado por una mujer misteriosa. En una ocasión, reconcentrada en la trama de su relato mental, olvidó incluso bajarse en la última parada y terminó con ellos en la cochera. El susto de los tres fue de película.
 Entre el  resto de los pasajeros una de sus preferidas era la ejecutiva de minifaldas imposibles, una cincuentañera que mostraba orgullosa sus bronceadas piernas, consciente  como era del último reducto de su cuerpo que el paso del tiempo aún no había dañado. Ella le inspiraba las historias más eróticas. Le entretenían también las dos asistentas cuarentonas que, a base de tantas confidencias, habían terminado por mimetizarse: mismo tinte, misma talla de ropa y misma carcajada contagiosa. De entre los hombres, se sentía fascinada por el chico sordo que tan sutilmente flirteaba con la pelirroja de Tafira Alta. Se comunicaban escribiendo frases en un cuaderno  que, obviamente, ella no se había podido resistir a leer.
Luego estaba él, siempre con la sonrisa dibujada en su cara, su caminar seguro y mirada novelera. Subía en el Monopol, se sentaba dos asientos por delante y bajaban juntos. Le había adjudicado varias profesiones. Un día era profesor universitario; otros, diseñador gráfico o veterinario, aunque, por la mucha gente a la que saludaba y la admiración con la que le respondían, hubiera puesto la mano en el fuego a que era un político local. Con el año académico a punto de acabar un día lo encontró  en el muro del Facebook de una amiga. Se llamaba Salvador Guerra, o así  lo bautizó ella, incapaz como era de memorizar un nombre más allá de la primera letra. Al lado de su foto, que reconoció enseguida, leyó su comentario: “No puedo ir. Estaré presentando mi nuevo libro a la misma hora en la Feria del Libro". Quedó sorprendida, lo de escritor nunca estuvo entre sus acertijos. 
En los días siguientes un indiscreto Google le revelaría el resto, y quedó asombrada con las muchas coincidencias que compartía con él, aunque con las lógicas diferencias. La de él había sido una infancia con sabor a campo, a nísperos y a gofio, mientras que la de ella estuvo repartida entre el desierto del Sáhara y un Madrid post-Franco con sabor a horchata y magdalenas, pero ambos se recordaban felices. Con apenas unos meses de diferencia habían nacido en la misma ciudad, los dos habían estudiado en la Complutense y hasta habían frecuentado los mismos tugurios en la Malasaña de los ochenta. Él leía sus primeros poemas en el café Manuela, el mismo donde ella iba a escuchar los  versos que su primer amor le dedicaba. Incluso habían elegido las mismas ciudades  europeas en busca de sus primeras aventuras extranjeras. Intrigada por tanta casualidad, decidió acudir a la feria donde él presentaba un pequeño libro de relatos. Fue a la caseta donde tenía lugar la presentación y le escuchó hablar por primera vez. Al acabar se compró el libro, se sentó en un banco del parque y no se movió hasta que terminó de leer la última página. Ya era casi media noche cuando lo acabó y en ese mismo instante tomó la decisión. Volvió a casa, encendió el ordenador y eliminó  su cuenta de esa red social que con los años se le antojaba menos social y más red. No podía permitirse distracciones en su nuevo  reto. A partir de ese momento compartiría con Salvador algo más. Se había propuesto encontrar palabras que dieran forma a tantas ideas mudas. Y lo primero que escribió fue ese sustantivo inglés para el que aún no había encontrado traducción: ‘commuters’.