martes, 2 de junio de 2026

Tumbando refranes

“¡Oh, esta tarta está absolutamente deliciosa, Lorena!” –dijo Steve, el único hombre en el departamento de inglés. Y lo hizo sin poder disimular su acento británico, pronunciando cada una de las /t/ y /d/ como consonantes alveolares–. “¿Sabes que hay un refrán inglés que dice The way to a man’s heart is through his stomach? Seguro que tu chico está encantado contigo” –remató. Todas rieron, aunque sus bocas de risa falsa se asemejaron más a las de unas gárgolas góticas. 


Lorena llevaba apenas unos meses como sustituta en el centro; ese día había traído una tarta de queso hecha por ella misma para celebrar su veintisiete cumpleaños. En cuanto Steve salió por la puerta del departamento, llegaron las reacciones a su comentario.

–¡Veinte años en España y todavía no se ha enterado de que aquí tenemos el mismo refrán! –dijo Ana, la jefa del departamento, no sin cierto resquemor.

–¡Y qué manía con presuponer que todas somos heteros! –protestó Irene, quien hacía solo unos días había salido del armario y ahora no había quien la parase.

–¿Pero por qué coño nos hemos tenido que reír todas al unísono y no decir nada? Estoy hasta el potorro de no reaccionar ante estos micromachismos –dijo visiblemente enojada Raquel.

–Pero, chica, ¿qué querías que dijéramos? Los tíos están muy sensibles. Les dices cualquier cosa y enseguida te tachan de feminazi –soltó Ágatha.

–Pues yo no tengo ni puta idea de cocinar, pero hago unas mamadas increíbles y mi marido jamás me ha protestado por no saber hacer ni un huevo frito. –El comentario vino, por supuesto, de Rita, a quien le encantaba poner el toque picante a cada intercambio de opiniones. 

Todas volvieron a reír, pero esta vez con ganas. Sonó entonces el timbre del final de recreo y salieron a toda prisa hacia sus respectivas aulas. De camino a clase, Lorena se acercó a la conserjería a darle a Paula, la bedel, un trocito de tarta con la puntualización de que era sin lactosa y casera. “¡Ay, mi niña, qué contento tiene que estar tu novio contigo!”, le respondió Paula; esta vez Lorena no se rio y cruzó los brazos a la altura de sus hombros en señal de desaprobación, como el emoticono de WhatsApp, aunque dudó de que la generación X, a la que Paula pertenecía, entendiera su gesto.


Ya en casa, Lorena siguió dándole vueltas a la conversación de aquella mañana mientras metía en el horno la lasaña de carne que había dejado preparada la tarde anterior. Su chico, tras un año de convivencia, le seguía alabando sus dotes culinarias; sin embargo, últimamente lo sentía distante con ella. Hacía unas semanas que había dejado de insistirle en que le hiciera una felación. Ella le había explicado por activa y por pasiva que le daba mucho asco y se sentía incapaz de hacerlo. Aunque nunca había prestado demasiada atención a los refranes, el comentario de su compañera Rita le hizo pensar que igual el refranero hispano-inglés estaba equivocado. Tal vez no fuera cierto que a un hombre se le conquiste por el estómago, sino que había que apuntar más abajo. Así que para celebrar su cumple quiso darse una oportunidad y esa misma noche invitó a su chico a tomarse una ducha juntos: “Para ser muy guarros hay que ser muy limpios” –le susurró al oído. Tras la ducha, y sin detenerse demasiado en otras partes de su cuerpo, procedió a hacerle la mamada de su vida. Para su sorpresa, y la de él, el sexo oral la puso a cien; dejó que se recuperara y le reclamó: “Venga, amor, ahora te toca a ti. ¡Ah, y que sepas que de aquí en adelante los fines de semana cocinas tú!”.