martes, 22 de noviembre de 2011

Un fuerte abrazo


Foto encontrada en Grafosfera
Siempre se despedía con un fuerte abrazo y ella terminó por imitarlo. Sus mensajes acumulaban docenas de fuertes abrazos - siempre anteponiendo el adjetivo al nombre, como se hace en la lengua materna de él. Pero hoy, tras dos meses de comunicación escrita, sus palabras gozarían de sonido y gestos. Le esperaba en la terminal uno de Barajas, donde llegaba su vuelo procedente de O'Hare. Apenas quedaban unos minutos para averiguar la fuerza de aquellos abrazos. Su amiga Lea le había pedido que le echara una mano. Había sido alumno de ella en el Norton College. Se trataba de un joven empresario afroamericano que aspiraba a hacerse hueco entre el mercado latino de Illinois. Venía sólo por tres meses, para terminar de perfeccionar su español. Le ayudó a encontrar alojamiento, le asesoró sobre lo que debía meter en la maleta para un Madrid otoñal e incluso le hizo una pequeña guía con los museos, restaurantes y callejuelas donde debía dejarse perder. Él no dejaba de agradecerle una y otra vez toda aquella ayuda. En su último mensaje le había mandado una foto para que le reconociera a su llegada al aeropuerto. Le hubiera bastado con una descripción: negro, dos metros de estatura y algo de sobrepeso, cabeza rapada y llevaría una gorra de los Chicago Bulls. Fácil de distinguir siempre y cuando aquel vuelo no trasladara a un equipo de baloncesto americano. Para solucionarlo le mandó una foto suya; compartirían así la responsabilidad de reconocerse.
Su preocupación ahora era otra: el saludo. ¿Debía darle un fuerte abrazo – temía la literalidad del adjetivo dada su corpulencia- o limitarse a estrecharle la mano al estilo americano? Ya estaba a apenas unos metros de distancia; él tardó unos segundos más en reconocerla pero en cuanto lo hizo le brindó una gran sonrisa de dientes increíblemente blancos, quizá remarcados por el contraste con su piel; se acercaba balanceando su cuerpo hacia los lados, se quitó la gorra del toro rojo, soltó su maleta y, sin apenas rozarla, le dio dos besos. Traía la lección aprendida.

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