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| Getty/SModa |
No recordaba haberlo escondido tan bien. Tampoco sé de quién querría esconderlo si a casa ya no viene casi nadie. De Yolimar, mi adorable cocinera y limpiadora, desde luego no sería; de hecho, fue ella quien me recomendó la compra de este satisfyer con un convincente “¡Verás lo rico que se siente!”.
Hace tan solo unos días que Yolimar ha dejado de venir; está de vacaciones, según dice la nota que ha dejado escrita y colgada de un imán de la nevera junto al menú de la semana. En su ausencia han aumentado los problemas. Las cosas, como si tuvieran sus propias patitas, aparecen en los lugares más insólitos: hace un rato, el satisfyer, en el tupper de las galletas; ayer –o quizás fue esta mañana– los yogures, en el cajón de las medias y esta tarde he tenido que pedirle a la vecina que me llamara al móvil para poder dar con él. “Son solo pequeños despistes; no le des importancia, mujer”, me dice sin mucho convencimiento la del segundo izquierda –ahora mismo no me viene su nombre a la cabeza– tras ponerme cara de estupor al llamar a su puerta; siento que evita mirarme a los ojos. Procedemos sin más cháchara a la localización del dichoso aparatito y ponemos toda nuestra concentración en seguir el susurro del timbre personalizado de mi móvil. Nos dirige hacia el baño; el Unforgettable de Nat King Cole se hace cada vez más evidente; lo encontramos finalmente en el neceser de la manicura que guardo en la cajonera bajo el lavabo. Tras despedirme de ella y cerrar la puerta de casa, mi reflejo en el espejo del recibidor me devuelve una cara de payasa; ahora entiendo por qué huía del contacto visual con mi rostro: he vuelto a ponerme el esmalte de uñas rojo en lugar del rímel para cubrir las canas rebeldes de mis cejas. Siento que me tiemblan las piernas. Cojo pequeñas bocanadas de aire e intento regular mi respiración mientras retiro con cuidado la pintura de uñas ya acartonada entre los pelos de mis cejas. El olor a quitaesmalte tan cerca de los ojos me hace lagrimear. ¡Cómo detesto sentir lástima de mí misma! A continuación procedo a llamar a mi centro de salud para pedir cita con mi médica de familia. Sorprendentemente me la dan para mañana mismo. Será porque es agosto y la ciudad está vacía, aunque lo del frío en la calle no me cuadra con este mes de verano.
Para rematar el día, he sudado la gota gorda porque no lograba que las mangas del pijama me entraran por los pies. El episodio ha podido durar unos largos quince minutos, hasta que la neurona ha hecho click y entonces he recordado el ataque de risa que nos dio cuando mi hermana mayor vivió exactamente este mismo episodio y se puso a caminar cual pingüino con la blusa de pijama entre las piernas. La risa fue siempre un antídoto maravilloso ante esta terrible enfermedad, pero ya hace un tiempo que ninguno de mis despistes me provoca una carcajada.
En un ratito de lucidez, me he puesto a escribir todos estos detalles en mi cuaderno de espirales para comentárselo mañana mismo a la médica. Al final de la nota he subrayado: “Estos ya no son pequeños despistes, ni efectos de la ansiedad”. Me estoy temiendo que me pondrá pegas a poner en marcha mi testamento vital y solicitar al Comité de Garantía esa eutanasia que me salvará de pañales y de la nutrición parenteral. Capaz es de contactar con esos Abogados Cristianos y negarse a darme el final que he elegido; esa medallita ovalada de la Milagrosa que cuelga de su cuello me tiene desde hace unos meses en alerta. Toda una vida luchando por conseguir estos derechos para que ahora, justo cuando necesito tirar de ellos, venga esta señora y sus creencias a joderme la pavana y decidir por mí cómo me voy de este mundo. No necesité divorciarme porque nunca me casé; no tuve que abortar porque nunca me quedé embarazada, pero lo de la eutanasia…, eso que no me lo toquen, por Dios bendito.
Venga, tranquilízate, mañana mismo solicitas un cambio de médica y sanseacabó. Eso sí, no te demores: si no es esta médica será esa diestra extrema que viene pisando fuerte y en nada estará gobernando este país; con un decretazo me pueden joder el final que he elegido. Bueno, ya está bien, relájate y métete en la cama. El final feliz que no me van a arruinar es el de este satisfyer. Yolimar, mi niña, qué razón tienes: ¡Qué rico se siente!
