viernes, 27 de febrero de 2026

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Madura y sensata: estos fueron los calificativos más repetidos con los que solían describirme cuando era niña e incluso al atravesar mi adolescencia. Tanto me los repitieron que continué en ese papel durante las dos primeras décadas de mi vida adulta, aunque para entonces ya nadie me describía así –era lo que tocaba–. Sin embargo, al cumplir los cuarenta el cuerpo me pidió convertirme en una mujer inmadura e insensata y me puse manos a la obra. Los que pululaban a mi alrededor tardaron bastante tiempo en percatarse de estos  cambios en mi personalidad. Supongo que les costaba quitarme el etiquetado y eso, sin duda, fue una gran ventaja. 

    Cuando anuncié en casa que quería volver a  la universidad, mis dos hijos adolescentes y el papá entendieron que quería sacarme la espinita de acabar la carrera que había dejado a medias cuando, con veinte años, me quedé embarazada; ese fue el único disgusto que había dado a mis padres en toda mi vida, pero se les pasó en cuanto supieron que daba un braguetazo inverso: el papá de los futuros gemelos acababa de sacar una plaza como técnico de la Hacienda Pública; todo un salto en la escala social, teniendo en cuenta que los problemas de mi padre con el alcohol nunca le permitieron conservar un trabajo más allá de los tres meses. 

    Aunque lo disimulé durante años, aborrecía ser ama de casa y nada me molestaba más que tener que poner esas tres palabras en la casilla de “ocupación” cada vez que rellenaba un formulario. Me matriculé en tercero de Bellas Artes –donde lo había dejado– y lo primero que hice fue convertir el pequeño cuarto de costura en mi estudio: vendí la máquina de coser y saqué del trastero mi viejo bastidor; los hilos fueron sustituidos por tubos de acrílicos, óleos y acuarelas. Para poder cumplir con las exigencias del grado a los chicos no les quedó otra que apuntarse en el comedor del instituto y el papá tiró de los menús del día hasta que empezó a sufrir de ardor de estómago; descubrió entonces el camino al mercado y se convirtió en fan del Canal Cocina. Los fogones no se le daban nada mal. Disfrutaba de  su nueva pasión. Todos felices. 

    En mi cuarto año de carrera, el estudio se me quedó pequeño. Con la ayuda de unos compañeros de la facultad arreglé la casa del pueblo que la abuela me había dejado en herencia y empezamos a usarla como taller. Al principio solíamos ir entre semana, mientras mis hijos estaban en clase; luego fueron los fines de semana alternos hasta que terminé yendo cada vez que el grado “me lo exigía”, lo cual era con mucha frecuencia. En aquel espacio podía ser yo misma, mi nueva “yo misma”. La mujer tímida, que sufría incluso en conversaciones telefónicas, allí no dudaba en posar desnuda para los compañeros de clase a los que doblaba en edad. A ellos les fascinaba pintar las curvas de una cuarentona y yo disfrutaba muchísimo dibujando sus cuerpos aún inmunes a la ingesta de cerveza. Descubrir nuestros cuerpos en mayor profundidad se convirtió pronto en un ritual. Las cajas de preservativos entraban en los gastos comunes al igual que el pan de molde o el queso de barra. Eso no me eximió del sexo con mi marido; muy al contrario: me despertó la libido aún más. Todos felices.

    Acabé la carrera justo cuando mis hijos comenzaron la suya. Pronto comprobamos que un solo sueldo se nos quedaba muy corto, por lo que decidí incorporarme al mundo laboral remunerado. Por medio de uno de mis profesores de la facultad, conseguí un trabajo a media jornada en la Escuela de Artes y Oficios. Las clases en horario de tarde-noche me distanciaron aún más de mi marido. Él no parecía muy afectado por este cambio. De hecho, cada vez era más frecuente llegar tarde a casa y encontrarme con que él no había llegado. Separarnos fue solo sorpresa para nuestros padres y algunos amigos. Tanto los chicos como nosotros lo vivimos con naturalidad.

    Me mudé a la casa del pueblo tras nuestra separación –de eso ya hace cinco años– y aquí sigo, pintando a las horas que me place y el trabajo me lo permite, y con la puerta de mi taller siempre abierta a alumnado y compañeros de oficio. Mi historia es una historia pequeña, sin grandes aspavientos, pero les será fácil adivinar cómo adoro mis nuevas etiquetas: tanto los de insensata e inmadura, a los ojos de los viejos amigos y padres, como los de bohemia y madre amorosa, a los ojos de mis hijos y de mis nuevos amigos. Todas felices.

domingo, 8 de febrero de 2026

Relatos en cadena: Fumando espero

 

Jugó a dibujar figuras de humo y sorprendentemente logró dejar de pensar. Al concentrarse en hacer círculos de distintos tamaños, el ruido interior se silenció. 

Lo había intentado con meditación, con largos baños en esa tina que tenía los días contados, y hasta con diazepam. Fue incluso a comprar Marlboro mentolado, pero volvió de vacío; el estanquero borde de antaño le informó de que hacía cinco años que estaban fuera del mercado. Recordó entonces que aún conservaba un canuto que su ahora ex había dejado atrás. Mientras dibujaba círculos de humo le vino a la mente Sarita; tras imitarla, llegó la carcajada y con ella la liberación.

lunes, 2 de febrero de 2026

Finales Felices

 

Getty/SModa

No recordaba haberlo escondido tan bien. Tampoco sé de quién querría esconderlo si a casa ya no viene casi nadie. De Yolimar, mi adorable cocinera y limpiadora, desde luego no sería; de hecho, fue ella quien me recomendó la compra de este satisfyer con un convincente “¡Verás lo rico que se siente!”. 
    Hace tan solo unos días que Yolimar ha dejado de venir; está de vacaciones, según dice la nota que ha dejado escrita y colgada de un imán de la nevera junto al menú de la semana. En su ausencia han aumentado los problemas. Las cosas, como si tuvieran sus propias patitas, aparecen en los lugares más insólitos: hace un rato, el satisfyer, en el tupper de las galletas; ayer –o quizás fue esta mañana– los yogures, en el cajón de las medias y esta tarde he tenido que pedirle a la vecina que me llamara al móvil para poder dar con él. “Son solo pequeños despistes; no le des importancia, mujer”, me dice sin mucho convencimiento la del segundo izquierda –ahora mismo no me viene su nombre a la cabeza– tras ponerme cara de estupor al llamar a su puerta; siento que evita mirarme a los ojos. Procedemos sin más cháchara a la localización del dichoso aparatito y ponemos toda nuestra concentración en seguir el susurro del timbre personalizado de mi móvil. Nos dirige hacia el baño; el Unforgettable de Nat King Cole se hace cada vez más evidente; lo encontramos finalmente en el neceser de la manicura que guardo en la cajonera bajo el lavabo. Tras despedirme de ella y cerrar la puerta de casa, mi reflejo en el espejo del recibidor me devuelve una cara de payasa; ahora entiendo por qué huía del contacto visual con mi rostro: he vuelto a ponerme el esmalte de uñas rojo en lugar del rímel para cubrir las canas rebeldes de mis cejas. Siento que me tiemblan las piernas. Cojo pequeñas bocanadas de aire e intento regular mi respiración mientras retiro con cuidado la pintura de uñas ya acartonada entre los pelos de mis cejas. El olor a quitaesmalte tan cerca de los ojos me hace lagrimear. ¡Cómo detesto sentir lástima de mí misma! A continuación procedo a llamar a mi centro de salud para pedir cita con mi médica de familia. Sorprendentemente me la dan para mañana mismo. Será porque es agosto y la ciudad está vacía, aunque lo del frío en la calle no me cuadra con este mes de verano.
    Para rematar el día, he sudado la gota gorda porque no lograba que las mangas del pijama me entraran por los pies. El episodio ha podido durar unos largos quince minutos, hasta que la neurona ha hecho click y entonces he recordado el ataque de risa que nos dio cuando mi hermana mayor vivió exactamente este mismo episodio y se puso a caminar cual pingüino con la blusa de pijama entre las piernas. La risa fue siempre un antídoto maravilloso ante esta terrible enfermedad, pero ya hace un tiempo que ninguno de mis despistes me provoca una carcajada.
    En un ratito de lucidez, me he puesto a escribir todos estos detalles en mi cuaderno de espirales para comentárselo mañana mismo a la médica. Al final de la nota he subrayado: “Estos ya no son pequeños despistes, ni efectos de la ansiedad”. Me estoy temiendo que me pondrá pegas a poner en marcha mi testamento vital y solicitar al Comité de Garantía esa eutanasia que me salvará de pañales y de la nutrición parenteral. Capaz es de contactar con esos Abogados Cristianos y negarse a darme el final que he elegido; esa medallita ovalada de la Milagrosa que cuelga de su cuello me tiene desde hace unos meses en alerta. Toda una vida luchando por conseguir estos derechos para que ahora, justo cuando necesito tirar de ellos, venga esta señora y sus creencias a joderme la pavana y decidir por mí cómo me voy de este mundo. No necesité divorciarme porque nunca me casé; no tuve que abortar porque nunca me quedé embarazada, pero lo de la eutanasia…, eso que no me lo toquen, por Dios bendito. 
    Venga, tranquilízate, mañana mismo solicitas un cambio de médica y sanseacabó. Eso sí, no te demores: si no es esta médica será esa diestra extrema que viene pisando fuerte y en nada estará gobernando este país; con un decretazo me pueden joder el final que he elegido. Bueno, ya está bien, relájate y métete en la cama. El final feliz que no me van a arruinar es el de este satisfyer. Yolimar, mi niña, qué razón tienes: ¡Qué rico se siente!