Madura y sensata: estos fueron los calificativos más repetidos con los que solían describirme cuando era niña e incluso al atravesar mi adolescencia. Tanto me los repitieron que continué en ese papel durante las dos primeras décadas de mi vida adulta, aunque para entonces ya nadie me describía así –era lo que tocaba–. Sin embargo, al cumplir los cuarenta el cuerpo me pidió convertirme en una mujer inmadura e insensata y me puse manos a la obra. Los que pululaban a mi alrededor tardaron bastante tiempo en percatarse de estos cambios en mi personalidad. Supongo que les costaba quitarme el etiquetado y eso, sin duda, fue una gran ventaja.
Cuando anuncié en casa que quería volver a la universidad, mis dos hijos adolescentes y el papá entendieron que quería sacarme la espinita de acabar la carrera que había dejado a medias cuando, con veinte años, me quedé embarazada; ese fue el único disgusto que había dado a mis padres en toda mi vida, pero se les pasó en cuanto supieron que daba un braguetazo inverso: el papá de los futuros gemelos acababa de sacar una plaza como técnico de la Hacienda Pública; todo un salto en la escala social, teniendo en cuenta que los problemas de mi padre con el alcohol nunca le permitieron conservar un trabajo más allá de los tres meses.
Aunque lo disimulé durante años, aborrecía ser ama de casa y nada me molestaba más que tener que poner esas tres palabras en la casilla de “ocupación” cada vez que rellenaba un formulario. Me matriculé en tercero de Bellas Artes –donde lo había dejado– y lo primero que hice fue convertir el pequeño cuarto de costura en mi estudio: vendí la máquina de coser y saqué del trastero mi viejo bastidor; los hilos fueron sustituidos por tubos de acrílicos, óleos y acuarelas. Para poder cumplir con las exigencias del grado a los chicos no les quedó otra que apuntarse en el comedor del instituto y el papá tiró de los menús del día hasta que empezó a sufrir de ardor de estómago; descubrió entonces el camino al mercado y se convirtió en fan del Canal Cocina. Los fogones no se le daban nada mal. Disfrutaba de su nueva pasión. Todos felices.
En mi cuarto año de carrera, el estudio se me quedó pequeño. Con la ayuda de unos compañeros de la facultad arreglé la casa del pueblo que la abuela me había dejado en herencia y empezamos a usarla como taller. Al principio solíamos ir entre semana, mientras mis hijos estaban en clase; luego fueron los fines de semana alternos hasta que terminé yendo cada vez que el grado “me lo exigía”, lo cual era con mucha frecuencia. En aquel espacio podía ser yo misma, mi nueva “yo misma”. La mujer tímida, que sufría incluso en conversaciones telefónicas, allí no dudaba en posar desnuda para los compañeros de clase a los que doblaba en edad. A ellos les fascinaba pintar las curvas de una cuarentona y yo disfrutaba muchísimo dibujando sus cuerpos aún inmunes a la ingesta de cerveza. Descubrir nuestros cuerpos en mayor profundidad se convirtió pronto en un ritual. Las cajas de preservativos entraban en los gastos comunes al igual que el pan de molde o el queso de barra. Eso no me eximió del sexo con mi marido; muy al contrario: me despertó la libido aún más. Todos felices.
Acabé la carrera justo cuando mis hijos comenzaron la suya. Pronto comprobamos que un solo sueldo se nos quedaba muy corto, por lo que decidí incorporarme al mundo laboral remunerado. Por medio de uno de mis profesores de la facultad, conseguí un trabajo a media jornada en la Escuela de Artes y Oficios. Las clases en horario de tarde-noche me distanciaron aún más de mi marido. Él no parecía muy afectado por este cambio. De hecho, cada vez era más frecuente llegar tarde a casa y encontrarme con que él no había llegado. Separarnos fue solo sorpresa para nuestros padres y algunos amigos. Tanto los chicos como nosotros lo vivimos con naturalidad.
Me mudé a la casa del pueblo tras nuestra separación –de eso ya hace cinco años– y aquí sigo, pintando a las horas que me place y el trabajo me lo permite, y con la puerta de mi taller siempre abierta a alumnado y compañeros de oficio. Mi historia es una historia pequeña, sin grandes aspavientos, pero les será fácil adivinar cómo adoro mis nuevas etiquetas: tanto los de insensata e inmadura, a los ojos de los viejos amigos y padres, como los de bohemia y madre amorosa, a los ojos de mis hijos y de mis nuevos amigos. Todas felices.


