domingo, 8 de febrero de 2026

Relatos en cadena: Fumando espero

 

Jugó a dibujar figuras de humo y sorprendentemente logró dejar de pensar. Al concentrarse en hacer círculos de distintos tamaños, el ruido interior se silenció. 

Lo había intentado con meditación, con largos baños en esa tina que tenía los días contados, y hasta con diazepam. Fue incluso a comprar Marlboro mentolado, pero volvió de vacío; el estanquero borde de antaño le informó de que hacía cinco años que estaban fuera del mercado. Recordó entonces que aún conservaba un canuto que su ahora ex había dejado atrás. Mientras dibujaba círculos de humo le vino a la mente Sarita; tras imitarla, llegó la carcajada y con ella la liberación.

lunes, 2 de febrero de 2026

Finales Felices

 

Getty/SModa

No recordaba haberlo escondido tan bien. Tampoco sé de quién querría esconderlo si a casa ya no viene casi nadie. De Yolimar, mi adorable cocinera y limpiadora, desde luego no sería; de hecho, fue ella quien me recomendó la compra de este satisfyer con un convincente “¡Verás lo rico que se siente!”. 
    Hace tan solo unos días que Yolimar ha dejado de venir; está de vacaciones, según dice la nota que ha dejado escrita y colgada de un imán de la nevera junto al menú de la semana. En su ausencia han aumentado los problemas. Las cosas, como si tuvieran sus propias patitas, aparecen en los lugares más insólitos: hace un rato, el satisfyer, en el tupper de las galletas; ayer –o quizás fue esta mañana– los yogures, en el cajón de las medias y esta tarde he tenido que pedirle a la vecina que me llamara al móvil para poder dar con él. “Son solo pequeños despistes; no le des importancia, mujer”, me dice sin mucho convencimiento la del segundo izquierda –ahora mismo no me viene su nombre a la cabeza– tras ponerme cara de estupor al llamar a su puerta; siento que evita mirarme a los ojos. Procedemos sin más cháchara a la localización del dichoso aparatito y ponemos toda nuestra concentración en seguir el susurro del timbre personalizado de mi móvil. Nos dirige hacia el baño; el Unforgettable de Nat King Cole se hace cada vez más evidente; lo encontramos finalmente en el neceser de la manicura que guardo en la cajonera bajo el lavabo. Tras despedirme de ella y cerrar la puerta de casa, mi reflejo en el espejo del recibidor me devuelve una cara de payasa; ahora entiendo por qué huía del contacto visual con mi rostro: he vuelto a ponerme el esmalte de uñas rojo en lugar del rímel para cubrir las canas rebeldes de mis cejas. Siento que me tiemblan las piernas. Cojo pequeñas bocanadas de aire e intento regular mi respiración mientras retiro con cuidado la pintura de uñas ya acartonada entre los pelos de mis cejas. El olor a quitaesmalte tan cerca de los ojos me hace lagrimear. ¡Cómo detesto sentir lástima de mí misma! A continuación procedo a llamar a mi centro de salud para pedir cita con mi médica de familia. Sorprendentemente me la dan para mañana mismo. Será porque es agosto y la ciudad está vacía, aunque lo del frío en la calle no me cuadra con este mes de verano.
    Para rematar el día, he sudado la gota gorda porque no lograba que las mangas del pijama me entraran por los pies. El episodio ha podido durar unos largos quince minutos, hasta que la neurona ha hecho click y entonces he recordado el ataque de risa que nos dio cuando mi hermana mayor vivió exactamente este mismo episodio y se puso a caminar cual pingüino con la blusa de pijama entre las piernas. La risa fue siempre un antídoto maravilloso ante esta terrible enfermedad, pero ya hace un tiempo que ninguno de mis despistes me provoca una carcajada.
    En un ratito de lucidez, me he puesto a escribir todos estos detalles en mi cuaderno de espirales para comentárselo mañana mismo a la médica. Al final de la nota he subrayado: “Estos ya no son pequeños despistes, ni efectos de la ansiedad”. Me estoy temiendo que me pondrá pegas a poner en marcha mi testamento vital y solicitar al Comité de Garantía esa eutanasia que me salvará de pañales y de la nutrición parenteral. Capaz es de contactar con esos Abogados Cristianos y negarse a darme el final que he elegido; esa medallita ovalada de la Milagrosa que cuelga de su cuello me tiene desde hace unos meses en alerta. Toda una vida luchando por conseguir estos derechos para que ahora, justo cuando necesito tirar de ellos, venga esta señora y sus creencias a joderme la pavana y decidir por mí cómo me voy de este mundo. No necesité divorciarme porque nunca me casé; no tuve que abortar porque nunca me quedé embarazada, pero lo de la eutanasia…, eso que no me lo toquen, por Dios bendito. 
    Venga, tranquilízate, mañana mismo solicitas un cambio de médica y sanseacabó. Eso sí, no te demores: si no es esta médica será esa diestra extrema que viene pisando fuerte y en nada estará gobernando este país; con un decretazo me pueden joder el final que he elegido. Bueno, ya está bien, relájate y métete en la cama. El final feliz que no me van a arruinar es el de este satisfyer. Yolimar, mi niña, qué razón tienes: ¡Qué rico se siente!

domingo, 25 de enero de 2026

Sincericidio Voluntario

 

La sentencia fue clara: sincericidio voluntario, con el agravante de reincidencia y de no asumir el delito. Él sigue afirmando que su única intención fue mantenerse fiel a su promesa de no tener secretos con su mujer. Ese fue su único argumento de defensa, pero no le sirvió de nada.

Lo peor no es la pena que le ha caído. El arresto domiciliario con malas caras y ausencia de sexo durante al menos tres o cuatro semanas –dependerá de su comportamiento y de la libido de ella– es un mal menor. El verdadero castigo está en la certeza de que ese delito no prescribirá por más que cumpla su condena. Su relato de los hechos será utilizado como munición en futuros momentos de conflicto. Veintidós años juntos y sigue sin aprender la lección. ¿Qué necesidad tenía de contarle que se había tomado un café con su ex y encima entrar en detalles que no le pedía? 

Se habían encontrado de casualidad en el metro. La idea del café no fue ni siquiera suya. Su ex, utilizando ese encanto innato que la caracteriza, le convenció de ir al Café Manuela y ponerse al día con sus vidas –lo tenían a tiro de piedra y siempre estuvo entre sus favoritos–. Para él fue muy fácil resumir sus últimas dos décadas: el mismo trabajo, los gemelos a punto de cumplir su mayoría de edad –los ojos le brillaban de orgullo al mostrar sus fotos en el móvil– y los mismos amigos. Ella se extendió un poco más: cuatro cambios de empresa que le habían llevado a residir en tres países, unas cuantas parejas (no especificó el número), cero hijos y, desde hace tres años, vida rural en un pueblecito costero de su Cádiz natal (el sueño, que una vez fue de los dos, cumplido). 

Ella sintió entonces que había hablado demasiado y pasó a hacerle la pregunta del millón: “¿Cómo haces para mantener la llama del amor viva tras tantos años de matrimonio?” Él tiró de su profesión de físico y pasó a explicarle que es muy similar a mantener la llama de una hoguera encendida: se alimenta añadiendo de manera progresiva troncos de mayor tamaño sobre las brasas y manteniendo el flujo de aire adecuado para una combustión constante. Añadió que lo más complicado es encontrar troncos grandes cuando atraviesas tramos del camino que se asimilan a una sabana. Entonces era esencial el trabajo en equipo: entre dos es más sencillo encontrar esos troncos y mantener la llama encendida. En esos momentos ella no pudo evitar sentir algo de celos, pero se esmeró en disimularlo, sonrió y se limitó a felicitarle por ello.

Luego pasaron a repasar su pasado juntos y, aunque eran conscientes de que podían estar cruzando una línea peligrosa, no se frenaron. Afloraron recuerdos que creían prácticamente borrados. No estaban seguros de si algunos de ellos ocurrieron como los recordaban o si el tiempo se había encargado de edulcorarlos. No podían dejar de sonreír e incluso, por momentos, sus ojos se volvieron vidriosos, pero de pronto, y sin previo aviso, los dos se pusieron muy nerviosos. Aquel café (ya reconvertido en tres pacharanes) les estaba llevando por un camino de no retorno y les entró el pánico: él seguía amando a su mujer y en los planes de ella nunca ha entrado convertirse en amante. Al unísono, y de manera abrupta, decidieron dar fin a aquel reencuentro y, tras pagar la cuenta a medias, como siempre habían hecho, se despidieron en la puerta del Café con dos cándidos besos en las mejillas; en el segundo él no pudo evitar dar un pequeño giro de cuello y rozar sus labios. Sabían exactamente igual a como los recordaba.

Al llegar a casa, su mujer le preguntó distraídamente por qué llegaba tan tarde –en la mente de ella solo cabía el nuevo proyecto del laboratorio que últimamente le tenía desbordado de trabajo–. Sin embargo, él se subió al estrado y comenzó a contarle toda la verdad, y nada más que la verdad. La experiencia no le ha enseñado que la discreción es autoprotección. 

Bien es cierto que nunca le ha contado que el aroma del gel Tulipán negro que alguna vez compran le sigue trasladando a aquellas maravillosas vacaciones con su ex en Zahara de los Atunes; ni tampoco le ha dicho que evita los paseos por el Parque del Oeste porque, aun en compañía de los gemelos, a él le viene a la mente aquellas primeras caricias clandestinas con las que descubrieron sus cuerpos; aquellas que según subían de temperatura y caía la noche, escondían bajo su plumas azul, talla XXL, para ocultarse de los voyeristas que les espiaban tras los árboles. Aunque en alguna ocasión se enfrentó verbalmente con alguno de ellos, casi siempre el calor del momento les volvía distraídos. No parece entender que al igual que oculta esos pensamientos, bien podía haberse ahorrado la confesión de los hechos de aquella tarde; a fin de cuentas, no habían cruzado ninguna línea roja. Ni se plantea que esos pensamientos no verbalizados también pueden ser otra forma de infidelidad.

Ahora sabe que tras haberle sido leída la sentencia se encuentra en la casilla de salida: una vez más debe convencerla de que es a ella a quien ama, de que es a ella a quien ha elegido como compañera de vida y es así como quiere que siga siendo. La otra, la zorra de la otra (le duele que su mujer la llame así, pero igual se lo merece después del tsunami que les ha provocado) es “sólo pasado, un bonito pasado y nada más”. Efectivamente, este adjetivo también podría haberlo omitido. 

El supremo se ratifica: sincericidio voluntario y le advierte que, de repetirse el delito, la próxima vez pisa cárcel.