martes, 31 de enero de 2012

No ven, ni oyen, ni huelen

Foto de Todd Winters
Todos los días me repito que no lo volveré a hacer, pero vuelvo a caer. Incluso Canela ha desarrollado un buen olfato para localizar a las parejas más ardientes. Y eso que el número de amantes sin techo no hace más que crecer –otra consecuencia de la crisis, seguro-. Salgo con ella a última hora de la tarde y se va parando tras aquellos árboles desde donde puede divisarlos con cierta claridad, pero solo es capaz de evacuar cuando topa con amadores que ya tienen las serotoninas en ebullición. Entonces me apuro a recoger su deposición, la tiro en la primera papelera que encuentro y vuelvo rápidamente a casa para dejar a Canela. Y bajo solo. Siempre vuelvo a bajar, por más que me digo a mí mismo que debo parar. Y aun tengo la sangre fría de cambiarme de chaqueta a sabiendas de que con la negra logro camuflarme mejor. Vuelvo al árbol que Canela ha preseleccionado para mí. Ya el sol se ha puesto. La noche les vuelve desinhibidos. Los observo. Permanecen en el banco; ella se coloca sobre él y pasados unos minutos dejan de ver, de oír, de oler; son puro sentido del tacto. Ya me puedo acercar sin peligro de ser descubierto; me apodero del bolso que se halla a tan solo unos centímetros de sus cuerpos. Solo me quedo con el dinero; el resto lo dejo en la misma papelera donde deposité los excrementos de mi perra. Rara vez me hago con más de veinte euros. ¡Puta crisis!

sábado, 28 de enero de 2012

No respires


Foto de Todd Winters
Recuerdo bien el día que recibí esta foto por correo. La envió un americano pelirrojo que un mes antes había pasado por La Habana. Yo andaba distraída cuando me retrató. Mi mamá estaba sentada en el alféizar de la puerta. El gringo le pidió permiso para fotografiarme y ella, como no habla inglés, asintió con la cabeza. Luego nos preguntó la dirección y un mes después la recibimos. Ya han pasado quince años, pero la sigo llevando conmigo dondequiera que voy. Ahora vivo en España. Me vine aquí con mi esposo hace un año. Él todavía no ha encontrado pincha; yo trabajo para la Comunidad de Madrid. En realidad, para una contrata que se encarga de enviar muchachas a casas de personas que no pueden valerse por sí mismas. Ahora voy en el metro camino del servicio de los miércoles. Me toca el profesor Blanco, en la calle Cadarso, muy cerca de Plaza España. Es, sin duda, mi peor servicio, pero del que saco la mayor tajada. El señor fue un ilustre profesor de biología molecular en la Universidad Complutense. Aún no había cumplido los cincuenta cuando empezó a ganar peso sin explicación aparente; cada kilo que ganaba parecía ir menguando sus facultades mentales. Las múltiples quejas de sus estudiantes consiguieron echarlo de la universidad. Entonces, se encerró en su casa y fue cuando empezó a desarrollar el síndrome de Diógenes. Mientras miro esta foto voy haciendo mis ejercicios respiratorios. ¡Cómo me gustaría poder llevar ese cojín pegado a mi nariz! He aprendido a respirar únicamente por la boca. Luego, cuando acabo el servicio, me voy al bar de enfrente y me pido un whisky con el que hago un lavado bucal. Pero antes tengo que hacer ese pequeño ritual por el que me da treinta euros cada semana (ni mi esposo ni los de servicios sociales saben nada de esto, obviamente). Me pongo a los pies de su cama y empiezo a quitarme lentamente las prendas de ropa que llevo; mientras,  él, recostado en su mugriento colchón, se pone a bailar con los cinco latinos. Casi nunca llego a quitarme las bragas porque para entonces ya ha graznado bien alto. Justo al terminar de desfogarse mueve compulsivamente la pierna izquierda, parece  un conejo. A mí me entra la risa, pero me aguanto para no respirar. Sobre todo, no debo respirar.

miércoles, 25 de enero de 2012

Perdido


Foto de Todd Winters

Intenta tranquilizarse adelantándose a lo peor. Si la nieve cubriera la carretera hasta hacerla desaparecer, siempre estaría el GPS y, si este fallase, tendría esos cables eléctricos como guía. Pero va a llegar, lo sabe bien. Tiene el depósito lleno de  gasolina, los pronósticos del tiempo son favorables a pesar de la espesa nieve y, por encima de todo, están sus deseos de encontrarse con ella. En sus veinticinco años de matrimonio nunca habían pasado tantos días separados. Cuando le ofrecieron este intercambio académico lo dudó mucho. Además de esas cuatro semanas privándose de su tacto, estaba el largo viaje -casi diez horas de vuelo transoceánico más cuatro horas de viaje en carretera por el Illinois profundo-. Ella tuvo que convencerlo con las ventajas laborales que este intercambio le traería. A la ida se sintió más nervioso, pero le elaboraron las instrucciones con tanto cuidado que no tuvo ningún problema en encontrar la pequeña localidad a la que se dirigía. La vuelta debía de ser más fácil, aunque no contó con esta nieve en pleno mes de octubre. Para relajarse, piensa en el momento de la llegada a casa, en el abrazo cálido, en el sabor de su boca, en el olor de su pelo, en sus caderas. ¡Cómo desea llegar! No obstante, decide parar el coche. Empieza a alejarse de él: veinte metros; el aire frío le hace lagrimear; cuarenta; las lágrimas comienzan a solidificarse entre sus pestañas sin tiempo a que la gravedad haga su trabajo; cincuenta; comienza a perder la sensibilidad en los dedos de los pies; sesenta metros. Se detiene, saca la cámara del bolsillo interior de su abrigo, mira por el ocular y coloca el coche en el centro del encuadre del tercio inferior, entonces dispara. Ahora tiene la imagen que ilustra cómo se sintió al alejarse de ella.

domingo, 22 de enero de 2012

Mamá, dame danke


La Güera, 1972 (foto: familia Brito)

Mi padre me pide que mire a la cámara; el sol no me deja ver y me cuesta mantener los ojos abiertos. Además, la arena está caliente y me está quemando las piernas. Pero, bueno, hoy es un día especial. Hemos venido al aeropuerto a recoger unas cajas que trae el avión del ejército que viene de Las Palmas. Llega tarde porque se ha parado a coger gasolina en Villa Cisneros y se han dado cuenta de que las ruedas estaban desinfladas. Así que no llegará a La Güera hasta dentro de una hora. Para 'matar el tiempo' (así dice mi padre; a mí me suena mejor 'vivir el tiempo') hemos comprado un carrete Kodak de 36 y nos hemos puesto a sacar fotos. Hoy tengo muchas ganas de que llegue ese avión porque es mi cumpleaños y sé que en las cajas que manda maye hay regalos para mí. Siempre manda fruta, verduras y huevos –la mitad llegan rotos-, pero seguro que hoy me manda algún coche, o un rompecabezas, o una bolsa de indios y vaqueros. Esta tarde vamos a hacer una fiesta para todos los niños del pueblo. Madame Clós también va a hacer otra fiesta para los grandes en el Casino y así despedir a esos alemanes que llegaron hace quince días en una roulotte. ¡El primer día los mirábamos todos asombrados! Una roulotte es un camión que es como una casa por dentro. La aparcaron justo enfrente de mi casa y mi madre les dejó usar nuestro baño. Esta noche, como es la última, los dos hijos, Markus y Sophie, van a dormir con nosotros. A mi tía Pino le han contado que son muy ricos; tienen una fábrica que pela papas para los restaurantes y, solo con eso, se han hecho riquísimos. Y por eso ahora se recorren África en esa súper roulotte. Hoy todos se han reído cuando he dicho “mamá, dame danke”. Todavía no sé muy bien por qué se han reído; Markus y Sophie siempre dicen 'danke' cuando estiran la mano para coger manises.

viernes, 20 de enero de 2012

Confabulación dominical


Foto de Todd Winters
Intuí que tomar un poco de aire me sentaría bien. Llevaba días alongándome a mis desdichas, dramatizando banalidades; necesitaba salir, oír otras voces que no fueran la mía. Era domingo, uno de esos primeros días de otoño con el verano resistiéndose a la despedida. Los jardines de Luxemburgo iban a estar abarrotados, pero urgía dejarme acariciar por el sol y, además, me quedaban casi a tiro de piedra. Callejeé el Barrio Latino, me compré El País, sorteé como pude las colas frente al Cluny y bajé el Boulevard Saint-Michel hasta la Rué de Médicis. Antes de entrar en los jardines, decidí tomarme un té y saborear una de esas maravillosas tartas de queso que preparan en el salón Thé Cool. Tuve suerte y encontré sitio en una de las coquetas mesas lilas que tienen en la terraza. Con el apetito satisfecho, medio periódico leído y desbebido el té, me adentré en el edén. Busqué un hueco en el concurrido césped y, antes de leer a mi cascarrabias preferido, don Javier Marías, eché una ojeada a mi alrededor: familias modelo, un amartelado clavando alegremente banderillas, niños persiguiendo risas, enamorados compartiendo confidencias y, para rematar, besadores exhibicionistas. ¿Se habían confabulado todos para mostrarme su felicidad? Entonces mi mirada se cruzó con la de él; se escondía tras unas gafas negras, me sonrió y supe que compartíamos la misma idea: "¡Fuerte manía de guillotinar los árboles de esta manera!".



martes, 17 de enero de 2012

Sandesh


Hace apenas unos años los papeles estaban invertidos. Era mi padre quien guiaba a mi hijo Sandesh de la mano para que no tropezara por estas calles a medio asfaltar y mi hijo el que le proporcionaba la alegría de vivir. Pero papá ha envejecido tanto que ahora es Sandesh quien le ofrece ayuda al andar y papá el que le da apoyo psicológico. Desde que nos mudamos a la ciudad hace tres años, el comienzo de curso para Sandesh es siempre una batalla. Le cuesta seguir instrucciones y yo no puedo evitar culparme por ello; en casa seguimos hablando hindi y su inglés no es tan fluido como el de los otros niños de Agra. Yo creo que por eso desconecta con tanta facilidad. Al parecer, su cara de ausente es tan evidente que su maestra suele bromear al respecto. Él solo repara en ello cuando oye las carcajadas de sus compañeros. Papá tiene otra explicación. Le dice que no se apure, que él era igual cuando niño y le cuenta que, aunque nunca fue al colegio, le encantaba soñar despierto cuando se encontraba rodeado de gente, ya fuera en el tren camino a los arrozales o en las fiestas familiares. Entraba en trance y se ponía a inventar los pasados y futuros de los que le rodeaban. Luego le recuerda que su nombre, Sandesh, significa ‘mensaje’ en sánscrito y le asegura que un día esa luz del sol terminará por iluminarlo; entonces, todas esas historias que  hoy ocupan su mente se convertirán en grandes mensajes de ficción que alegrarán el espíritu de mucha gente. Observo ese rayo de luz atravesando su pequeño cuerpo y rezo para que así sea.

sábado, 14 de enero de 2012

El sombrero

 
Foto de Todd Winters
Su puesto de sombreros está justo enfrente de nuestro hotel. Mientras Samuel se ducha, le observo desde la ventana de nuestra habitación. Hoy ha debido de pasarle algo. Anda callado y cabizbajo. Llevaba una semana despertándonos con sus gritos de vendedor ambulante: "¡Proteja sus ideas; no deje que el sol le deslumbre; camine siempre por la sombra; compre un sombrero!". Pero hoy ha enmudecido. Samuel dice que el sombrero no nos cabe en la maleta y que no piensa dejar que yo salga de la terminal de Barajas con él puesto: "Horteradas, las justas". Si no tuviera su inglés tan oxidado, sabría que quiero ese sombrero para interpretarle esa canción de Joe Cocker como debió hacerlo Kim Basinger, con el sombrero puesto. Me quitaría el abrigo muy lentamente; luego, los tacones; levantaría mis brazos y, agitándolos, dejaría que mi nuevo vestido de seda se deslizara por mi cuerpo desnudo hasta mis pies. Ese sombrero sería mi única prenda. Pero nada, Samuel coge una guía de viaje en sus manos y no ve más allá de esas páginas. Como se descuide, me pierdo a consolar al vendedor y lo dejo pintando un Óleo de mujer con sombrero. Que me tenga cuidado el amor, que le puedo cantar una canción.

miércoles, 11 de enero de 2012

Mar de invierno

Foto: María Brito

Me he alejado de él en múltiples ocasiones, pero no siempre necesito el contacto para sentirlo próximo. Por eso, cuando nos volvemos a cruzar, solo nos lleva unos segundos reconocernos. Cuando era niña, y nos separaban casi tres horas de vuelo, lo imaginaba en la línea del horizonte y, si me esforzaba, conseguía incluso convertir el ruido del tráfico en su añorado sonido. Su atractivo es aún mayor en invierno. Era en esta estación cuando, aprovechando las vacaciones de navidad, veníamos a disfrutar de él y, en un abrir y cerrar de ojos, trocábamos la bufanda y el gorro por el bañador y las cholas. Es coqueto, así que entre menos observado se siente, mayor es su encanto. Su susurro me resulta arrebatador, incluso cuando simula estar enojado, y nada me reconforta más que su tacto. El sabor que deja en mis labios después de rozarme durante apenas unas décimas de segundos supera cualquier delicatessen elaborada. Casi siempre lo disfruto a solas, pero reconozco que las evocaciones más recurrentes son en compañía. Aquellos baños pueriles con los primos en el Puerto de Las Nieves, con los amantes en las calas más recónditas, y en Las Canteras, siempre Las Canteras: los paseos matutinos con papá, los  picnics al atardecer con los amigos y, ahora, con el deseo de volverlo a compartir.

domingo, 8 de enero de 2012

Gustificándome

Sé que no necesito explicar la razón de este blog, pero hoy Rosa Montero me ha regalado estas palabras para “gustificarme”: 
 (…) Para eso se escribe, se pinta, se compone una sonata. Para escapar del encierro de nuestra individualidad. Y para eso se lee, se va al cine, se escucha la música. Para unirnos a los demás, para saber que no estamos solos. Aunque después todo desaparezca, como decía Beauvoir. Pero en el entretanto están los amigos y los amados. Está la posibilidad de compartir de cuando en cuando una emoción profunda, y la suerte de poder sentirte acompañado, aunque sólo dure un momento, aunque sólo sea un chispazo, un espejismo, como la incierta luz de ese barco en la negrura.
Rosa Montero (2012). “La Luz de un pequeño barco en la oscuridad”. El País Semanal (Nº 1.841: p. 72)

sábado, 7 de enero de 2012

Los chicos con las chicas


Fotos de Todd Winters.
A nosotras la canción de Los Bravos ya nos pilló entraditas en años. En el 67 yo ya tenía tres churumbeles y cualquiera le decía a mi marido que me iba a la playa con los niños y el Jacinto; por muy amigo de la familia que fuera, Jacinto ni estaba casado ni era gay -esas cosas no se llevaban entonces. Si no salíamos con el marido, tirábamos de las primas, o de las amigas, y Santas Pascuas. Y qué quiere que le diga, yo con mis amigas me siento más a gusto. Si se me sale el michelín del bañador, pues se me sale, pero con un hombre...
Nosotros salíamos con una muchacha solo si la estábamos pretendiendo. Amigas nunca tuvimos. Bueno, las amigas de mi mujer, pero, vamos, que salíamos con ellas si también venía la parienta. La verdad: yo nunca he hablado de tú a tú con otra mujer. Mi hijo, ese sí que aprovechó. ¡Anda que no salió con mujeres! Ahora que, una vez casado, se le acabó lo bueno. Le pilla mi nuera tomando un café con una amiguita y le corta los cataplines. Mi nieto, ese sí que anda con mujeres casadas, pero sus maridos saben que con él no corren peligro. ¡Si te digo yo que algunas cosas no han cambiado tanto, Jacinto!

martes, 3 de enero de 2012

El fotógrafo


Foto: María Brito
Tiene la capacidad de ver la belleza allí donde los demás apenas reposamos la mirada. Se mueve rápido y sigiloso, sin dar tiempo a que el objeto de su fotografía se percate de su presencia. Cuando retrata a una persona desconocida le pide permiso tras realizar un primer disparo, y le vuelve a fotografiar, a sabiendas de que la imagen que busca ya la tiene. Aquí nos encontrábamos en tierras peruanas. Los demás turistas enfocaban a indígenas modelos, a las ruinas y a sí mismos, sobre todo a sí mismos. Decidí perseguir su mirada y empezó a bajarla hasta dejarla a ras de suelo.
Perú cuenta con el mayor número de perros callejeros que yo jamás haya visto. Los conductores circulan atentos a la aparición repentina de estos canes y ellos se mueven como si se dirigieran a un destino concreto. Cruzan calles, entran en mercados, en restaurantes, duermen al calor de sus iguales y el lugar donde defecan es todo un misterio. Quizás fue el color rojizo de su pelaje, que tan oportunamente contrastaba con la piedra y la madera, el que llamó su atención, o tal vez fuera su expresión corporal: la cola caída, la mirada ausente y ese sentirse abandonado. Yo les retraté unos segundos antes. Todd Winters lo hizo en el momento exacto para captar su alma, pero esa es una instantánea que, por esta vez, dejaré que imaginen.