La sentencia fue clara: sincericidio voluntario, con el agravante de reincidencia y de no asumir el delito. Él sigue afirmando que su única intención fue mantenerse fiel a su promesa de no tener secretos con su mujer. Ese fue su único argumento de defensa, pero no le sirvió de nada.
Lo peor no es la pena que le ha caído. El arresto domiciliario con malas caras y ausencia de sexo durante al menos tres o cuatro semanas –dependerá de su comportamiento y de la libido de ella– es un mal menor. El verdadero castigo está en la certeza de que ese delito no prescribirá por más que cumpla su condena. Su relato de los hechos será utilizado como munición en futuros momentos de conflicto. Veintidós años juntos y sigue sin aprender la lección. ¿Qué necesidad tenía de contarle que se había tomado un café con su ex y encima entrar en detalles que no le pedía?
Se habían encontrado de casualidad en el metro. La idea del café no fue ni siquiera suya. Su ex, utilizando ese encanto innato que la caracteriza, le convenció de ir al Café Manuela y ponerse al día con sus vidas –lo tenían a tiro de piedra y siempre estuvo entre sus favoritos–. Para él fue muy fácil resumir sus últimas dos décadas: el mismo trabajo, los gemelos a punto de cumplir su mayoría de edad –los ojos le brillaban de orgullo al mostrar sus fotos en el móvil– y los mismos amigos. Ella se extendió un poco más: cuatro cambios de empresa que le habían llevado a residir en tres países, unas cuantas parejas (no especificó el número), cero hijos y, desde hace tres años, vida rural en un pueblecito costero de su Cádiz natal (el sueño, que una vez fue de los dos, cumplido).
Ella sintió entonces que había hablado demasiado y pasó a hacerle la pregunta del millón: “¿Cómo haces para mantener la llama del amor viva tras tantos años de matrimonio?” Él tiró de su profesión de físico y pasó a explicarle que es muy similar a mantener la llama de una hoguera encendida: se alimenta añadiendo de manera progresiva troncos de mayor tamaño sobre las brasas y manteniendo el flujo de aire adecuado para una combustión constante. Añadió que lo más complicado es encontrar troncos grandes cuando atraviesas tramos del camino que se asimilan a una sabana. Entonces era esencial el trabajo en equipo: entre dos es más sencillo encontrar esos troncos y mantener la llama encendida. En esos momentos ella no pudo evitar sentir algo de celos, pero se esmeró en disimularlo, sonrió y se limitó a felicitarle por ello.
Luego pasaron a repasar su pasado juntos y, aunque eran conscientes de que podían estar cruzando una línea peligrosa, no se frenaron. Afloraron recuerdos que creían prácticamente borrados. No estaban seguros de si algunos de ellos ocurrieron como los recordaban o si el tiempo se había encargado de edulcorarlos. No podían dejar de sonreír e incluso, por momentos, sus ojos se volvieron vidriosos, pero de pronto, y sin previo aviso, los dos se pusieron muy nerviosos. Aquel café (ya reconvertido en tres pacharanes) les estaba llevando por un camino de no retorno y les entró el pánico: él seguía amando a su mujer y en los planes de ella nunca ha entrado convertirse en amante. Al unísono, y de manera abrupta, decidieron dar fin a aquel reencuentro y, tras pagar la cuenta a medias, como siempre habían hecho, se despidieron en la puerta del Café con dos cándidos besos en las mejillas; en el segundo él no pudo evitar dar un pequeño giro de cuello y rozar sus labios. Sabían exactamente igual a como los recordaba.
Al llegar a casa, su mujer le preguntó distraídamente por qué llegaba tan tarde –en la mente de ella solo cabía el nuevo proyecto del laboratorio que últimamente le tenía desbordado de trabajo–. Sin embargo, él se subió al estrado y comenzó a contarle toda la verdad, y nada más que la verdad. La experiencia no le ha enseñado que la discreción es autoprotección.
Bien es cierto que nunca le ha contado que el aroma del gel Tulipán negro que alguna vez compran le sigue trasladando a aquellas maravillosas vacaciones con su ex en Zahara de los Atunes; ni tampoco le ha dicho que evita los paseos por el Parque del Oeste porque, aun en compañía de los gemelos, a él le viene a la mente aquellas primeras caricias clandestinas con las que descubrieron sus cuerpos; aquellas que según subían de temperatura y caía la noche, escondían bajo su plumas azul, talla XXL, para ocultarse de los voyeristas que les espiaban tras los árboles. Aunque en alguna ocasión se enfrentó verbalmente con alguno de ellos, casi siempre el calor del momento les volvía distraídos. No parece entender que al igual que oculta esos pensamientos, bien podía haberse ahorrado la confesión de los hechos de aquella tarde; a fin de cuentas, no habían cruzado ninguna línea roja. Ni se plantea que esos pensamientos no verbalizados también pueden ser otra forma de infidelidad.
Ahora sabe que tras haberle sido leída la sentencia se encuentra en la casilla de salida: una vez más debe convencerla de que es a ella a quien ama, de que es a ella a quien ha elegido como compañera de vida y es así como quiere que siga siendo. La otra, la zorra de la otra (le duele que su mujer la llame así, pero igual se lo merece después del tsunami que les ha provocado) es “sólo pasado, un bonito pasado y nada más”. Efectivamente, este adjetivo también podría haberlo omitido.
El supremo se ratifica: sincericidio voluntario y le advierte que, de repetirse el delito, la próxima vez pisa cárcel.

Qué menos, qué felicitarte!!!
ResponderEliminarMuy bueno María 👌🏽👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼
Y lo tranquilo que se quedó contándoselo a su amorcito…
¡Mejor condenado por sincero que por embustero!!! 😉🤪😂😂😂
Está muy ingenioso y divertido.
Me gusta también el uso ligero y exquisito que haces de las palabras.
P.e la palabra “sabana” sin tilde, me hizo releerla y darme cuenta que no era una falta sino otro sentido de la palabra.
Siempre aprendo y me divierto con tus relatos.
Eres una crack 😍👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼
¡Ja, ja, ja! Me encanta tu lectura, Mónica. Siempre me sorprendo al darme cuenta de que "mis" personajes dejan de ser míos desde el momento que los lee otra persona. Tus palabras me animan mucho. Besitos y mil gracias por acercarte y dejar tu comentario.
ResponderEliminarQué bueno, por favor!! He empatizado mucho con cada personaje porque son diferentes ángulos desde donde contar esta historia tan súper bien escrita. Sobre todo he empatizado con el "condenado", jeje. Coincido con el comentario de Mónica sobre la palabra "sabana". Me ha parecido sublime la forma de expresar la idea. Bravo, María! Me ha encantado.
ResponderEliminar¡Mil gracias, mi Machu querida! Pura generosidad, como siempre.
EliminarNo sabía Yo ese talento tuyo María!
ResponderEliminarMe ha encantado, muy real como la vida misma.
Enhorabuena 👏🏻
Maravilloso, María. Me quedo sin palabras.Enrabuena
ResponderEliminarMaría, gemela querida. Me ha encantado. Ayyyyy, estos encuentros con los exes....
ResponderEliminarMuchas gracias por compartirlo. Estaba yo en una mesica en el café Manuela escuchando.
xx
Gracias a todas (porque, aunque no sé sus nombres, sé que esos "Anónimos" son "-as" (con mi gemela lo tengo mega claro). Son muy amables, chicas. Parecen mis amigas y todo...
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