Ha visto una inmensa pared con unas nubes pintadas y una pequeña ventana y la curiosidad ha podido con ella. Mi ordenador se llena a lo largo del día de ventanas a las que, a priori, no tenía pensado asomarme. La mayoría muestra productos en los que no estoy interesada, pero de vez en cuando me topo con diamantes como los que exhibe este escaparate de Tiffany (no todos son perlas). No deja de sorprenderme la generosidad de los cibernautas. Tanto egoísmo ahí fuera y tanto altruismo por estos lares. Hay quien piensa que se trata de otra forma de narcisismo y que ese afán por compartir no es más que una necesidad de ser visto u oído. No seré yo quien contradiga esta afirmación. Me preocupan más los que opinan que el que escribe no debe ser remunerado porque su actividad no es un trabajo sino una necesidad vital de expresarse. Además, mantienen, si sufre penurias económicas (o amorosas, o políticas) seguro que de ahí sale un mejor poeta. Estos mismos deben pensar que los actores, los músicos, o los maestros que ejercen su trabajo con pasión no deberían recibir un sueldo. Están a favor de las donaciones que reciben por los que encuentran su trabajo gratificante o productivo; piensan que se les debe pagar a posteriori, cuando uno sienta que su obra le ha aportado algo, o cuando el estudiante de filosofía encuentre trabajo en su campo. Los que ejercemos nuestra ocupación con pasión o, simplemente, por sentirnos bien con nosotros mismos, andamos callados. Algunos incluso nos quejamos y mostramos desgana, no vaya a ser que a alguien se le ocurra el sistema de las propinas, como el que siguen los camareros americanos. Ya sabemos lo que ocurre en la Gran Manzana: oyen nuestro acento español y nos incluyen la propina en la cuenta. Te conozco, Mascarita.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada